Los fantasmas favoritos de Roald Dahl, de VV.AA. (Blackie Books)  Traducción de Regina López Muñoz | por Almudena Muñoz

Roald Dahl| Los fantasmas favoritos de Roald Dahl

Cuando un escritor de renombre se encarga de la selección de una antología de cuentos, enseguida nos interesa saber cuál es el motivo de esa invitación (si es honesto, como amante del género, o si es interesado, como parte de una cláusula editorial), y, por supuesto, qué criterio ha aplicado a la hora de compilar los relatos. Roald Dahl desde luego fue un editor temporal pero honesto al leerse 749 cuentos de fantasmas para un proyecto de serie televisiva que, como muchos entusiasmos, se fue al garete.

Sin embargo, quedaba la posibilidad de transformar la propuesta en un libro, cosa que raramente pasa hoy en día con los vasos comunicantes televisivos. Era necesario acotar aún más el índice de historias, y aquí es donde Roald Dahl expone su criterio: sin más regodeos, los relatos que le parecieron mejores. Ese requisito es tan subjetivo y genérico que el propio autor/compilador termina yéndose en su prólogo hacia una defensa de la literatura para niños y de los libros escritos por mujeres (de quienes al final sólo hay cinco cuentos de catorce).

Escribir historias de fantasmas es efectivamente muchísimo más difícil que leerlas, y entre ambos mundos los comentarios sobre el terror suelen irse por las ramas. Es más sencillo intentar definir la luz de luna que se cuela entre ellas y los recuerdos que nos inspira que apresar uno de los muchos cuervos posados en el árbol pelado del horror: hacerlo siempre significa exponer algo demasiado personal acerca de uno mismo. Por eso es mucho más interesante descubrir cuál es el verdadero criterio de Roald Dahl al escoger sus fantasmas favoritos y qué se esconde detrás de ese olfato de calidad que acaba siendo cuestionable para cada lector.

Y, en parte, podrían ser las mujeres. Dejando al margen el capítulo biográfico de Dahl sobre el apego infantil hacia su madre y su debatida faceta misógina, que realmente no tiene mucha prueba en sus famosos libros para niños, Dahl expresa en la introducción que la escritura más terrorífica suele llevar firma femenina. Aunque esa afirmación no tiene peso por sí sola, es cierto que el género de fantasmas tiene una asociación fortísima con lo femenino: tanto en novelas y cuentos como en series y películas, los fantasmas más memorables suelen ser espectros de mujeres (o de hombres travestidos, véase Insidious). Cuerpos escuálidos o rebosantes, siluetas de vestidos vaporosos o camisones embarrados, melenas larguísimas y oscuras, moños de otra época, lamentos de vieja avara, de mujer abandonada, de madre.

¿Por qué el fantasma es una aparición esencialmente femenina? Podríamos invocar a la escuela psicoanalista, hablar del útero, de los vínculos inasibles ligados a dos cuerpos que estuvieron unidos durante un breve tiempo, o sencillamente del enclaustramiento de las mujeres y la mala conciencia de algunos hombres. Pero nada de eso es realmente interesante en estas catorce historias, algunas más risibles que otras, con menor o mayor poderío ambiental y descriptivo (esto siempre según el criterio del lector). Al final, el verdadero vínculo que une a Los fantasmas favoritos de Roald Dahl es el sentimiento de culpa y cierto exceso de imaginación creativa, problemas típicos de un autor y que posiblemente acosaran a Dahl (no en balde el primer relato trata de un escritor).

Los espectros son como las historias: pueden aparecerse en cualquier parte, desde el metro hasta los anticuarios, y lo mejor es no saber de antemano cuál de todas, sin previo aviso, nos recordará que nuestros favoritos suelen revelar lo que menos nos gusta reconocer de nosotros mismos.