Un detective en Babilonia, de Richard Brautigan (Blackie Books) Traducción de Kosián Masoliver | por Óscar Brox

Richard Brautigan | Un detective en Babilonia

Neil Gaiman decía que leer a James Thurber hace feliz a cualquiera. A mí me sucede eso mismo cuando leo a Richard Brautigan (que soy feliz, un cualquiera lo soy siempre), y debo reconocer que todavía más después de leer esta novela. Lo que más me gusta de Brautigan es que cada página, que es como decir cada capítulo (así de breves son), es diferente a la anterior. Si fuera mago, su espectáculo tendría más de mil trucos. Por suerte, era escritor y se dedicaba a contar, con toda la normalidad del mundo, eso que nunca vemos. A los perdedores graciosos o los graciosos que están perdidos. Y quizá no pretendía nada más. Solo eso. La diversión de contar historias recostado en la silla de un bar, de golpear las teclas de la máquina de escribir imaginando a cocodrilos que bailan y la liga de béisbol profesional en la Babilonia de Nabucodonosor (Nab, para los amigos). Un detective en Babilonia empieza como tantas otras novelas de investigadores, con su protagonista a la espera de que le caiga un caso con el que poder pagar las deudas contraídas con unos y con otros. La diferencia, acaso de tono, es que C. Card siempre parece estar en Babia, con un pie puesto en las fantasías que empezó a tener tras golpearle una pelota en plena cabeza. Allí, en Babilonia, todo es maravilloso. Tiene una secretaria perfecta, Nana-Dirat, la gente le reconoce, y hasta existe la posibilidad de crear un serial de aventuras protagonizado por un alter ego con un nombre tan llamativo como Smith Smith.

Para Brautigan, aquella Babilonia no deja de ser el recuerdo nostálgico de un mundo convertido en un lugar gris y antipático. De habitaciones de mala muerte, morgues repletas de cadáveres desconocidos y pistolas a las que les faltan las balas. En fin, básicamente la diferencia es como la de proyectar una imagen multicolor frente a otro monocromática. Así que también nosotros, lentamente, nos dejamos acariciar por las ensoñaciones de Card, como si de alguna manera nos permitiesen creer en otro mundo que late tras las cortinas del nuestro. La épica de los perdedores contra el desastre de la realidad. En ocasiones se nos da mejor soñar que actuar, y quién puede negar que cualquier fantasía puede resolver el caso más complejo. Al fin y al cabo, en Un detective en Babilonia casi todo se resuelve por acumulación o capricho, como en los slapstick del Hollywood dorado. A golpes, meteduras de pata o situaciones fortuitas e inesperadas que libran a su protagonista del peso con el que cargaba a cuestas. Tanto da si es el alquiler atrasado de su apartamento o un cuerpo que unos vampiros han decidido secuestrar en su última muestra de fetichismo.

Es posible que Brautigan se hubiese llevado bien con Osvaldo Soriano, con esa literatura siempre modesta que, sin embargo, daba en la diana a la hora de retratar a su tiempo. Las pequeñas hazañas y esa tristeza que no dejaba de acompañarse con la sonrisa; incluso, con la risa. Y probablemente esa América consumida por sus utopías no era menos hostil que la Argentina de finales de los 70. Por eso, porque la realidad se pintaba a cara de perro, Brautigan moldeó otro universo. Propio y desenfadado, sincero y rotundamente sensato. Un mundo en el que los detectives nunca dan ni con la pista más fácil y los casos llegan al final como por arte de magia. En el que se accede a la puerta de la fantasía con un abrir y cerrar de ojos. Tan pequeño, tan familiar, que hasta la cosa más loca tiene ese deje de intimidad, de lugar recorrido de arriba abajo, de pariente chiflado a cuya presencia nos hemos acostumbrado. Porque, a buen seguro, también nuestra tristeza nos ha llevado a imaginar esos disparates; a habitarlos para intentar no pensar en las cosas importantes. O, por el contrario, a convertirlos en las cosas más importantes de la vida porque, al menos, no nos sentiríamos abandonados a nuestra suerte. Quedaría, pues, ese mundo onírico, ideal, en el que se puede jugar al béisbol con Nabucodonosor y protagonizar un serial contra un sosias del Emperador Ming. En el que, después de todo, se puede ser alguien. De verdad.

Pocas veces me suelo reír leyendo un libro, y este año me ha pasado con los de Brautigan y Ring Lardner. Como no me gusta recomendar lecturas, lo único que puedo es señalar lo conmovedor que es leer a Brautigan. O pensar que, después de todo, era uno de esos pocos escritores que creía en el candor, en una ironía casi infantil (si es que un niño puede saber qué es la ironía); que se dejaba llevar por cada historia y cada personaje, en un viaje sin final de sorpresa en sorpresa. Eso es lo bonito de sus libros, precisamente. Que cada hoja se lee sin saber qué sucederá en la siguiente. Con el mismo entusiasmo con el que sigues un truco de manos o con el que fantaseas al sintonizar la frecuencia de tu imaginación. Ni más ni menos. Porque hasta la chaladura más grande tiene un punto de verdad. De autenticidad. De sincero reconocimiento. Y eso es lo que nos hace sentir menos solos, más acompañados. Más comprendidos. Felices, después de todo.

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