Dragón, de Ray Bradbury (Libros del zorro rojo) Ilustraciones de Svetlin Vassiliev  Traducción de Marcial Souto | por Almudena Muñoz

Ray Bradbury | Dragón

Aunque al hablar de dragones es mucho más famosa y citada una frase de Chesterton, hay una idea de Rilke que se ajusta al desdoblamiento de la criatura como metáfora y amenaza real, a la vez que de paso nos serviría como definición de todo álbum ilustrado que no acaba de encajar en la estantería infantil ni en la de adultos.

“Quizá todos los dragones de nuestras vidas son en realidad princesas esperando a que seamos, por una vez, hermosos y valientes.”

El dragón siempre ha sido símbolo de algo transitorio, de un obstáculo que debe superarse, una ideología opuesta o una barrera mitad pétrea mitad palpitante que puede hacer brillar el valor de quien la echa abajo. Sólo recientemente toda una literatura de fantasía abierta a otras aliteraciones y, sobre todo, al humor y la parodia, ha podido reivindicar el papel aislado del dragón como un ser (lo de ‘monstruo’ es cosa del uso original) no destinado a resaltar el destino de un hombre, sino a cobrar sentido por sí mismo.

No parece casualidad que parte del movimiento pro-dragón se haya acompañado de personajes también apaleados en la narrativa tradicional, sujetos al papel secundario, al prejuicio y al uso como meros detonantes de una historia ‘mayor’: personas con diferencias físicas, gays o mujeres (antes de la Madre de Dragones, recordemos a Lady Sybil Ramkin de Terry Pratchett). Con un conocimiento de cientos de pasillos de librerías más profundo que cualquier bibliotecario, Ray Bradbury también encontraba las cosquillas de cualquier argumento o tropo que podría revertirse como un carrusel de feria.

Al contrario que otros cuentos de final efectista que sólo encierran la sorpresa, la lengua de matasuegras (Roald Dahl escribiría a menudo finales de este tipo en sus relatos para adultos), los impactos de Bradbury parecen naturales, la única respuesta obvia a nuestra prepotencia de creer saber cómo acaban todas las historias y cuál es el lugar que merecen todos los personajes. En Dragón el efecto de cierre es poderoso, a pesar de ser tan breve, y nos invita a reflexionar sobre lo que damos siempre por sentado y qué podemos creer con certeza en la ficción y en la realidad.

Recuerdo con mayor nitidez los libros ilustrados que hojeaba en mi infancia con cierto recelo que aquellos que estaban entre mis favoritos. Como un venado de astas gigantescas que creíste distinguir una vez desde el coche, o un cuadro perturbador del museo, hay libros y cuentos muy breves que se quedan alojados en un rincón neblinoso. No estás seguro de que quieras visitarlos de nuevo, pero vuelves a su memoria de vez en cuando, y si pudieras inspeccionarlos en detalle, como un álbum de ilustraciones a toda página, lo harías una y otra vez.

El estilo de Svetlin Vassilev para Dragón es sin duda sombrío y melancólico, en la linde de las láminas que acompañarían a un tomo de Shakespeare o Tolkien. Eso, que parece hacerlo tan inaccesible para los niños, puede en el fondo ser su mayor poder de atracción: como los contundentes, quizá insatisfactorios, cuentecillos de Bradbury, este dragón está esperando que el lector de cualquier edad se atreva a asomarse a un futuro o a un pasado (el temor de convertirse en adulto, el terror de no volver a sentirse niño) en el que ser, por una vez de nuevo, hermosos y valientes.

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