Los europeos, de Rafael Azcona (Pepitas) | por Juan Jiménez García

Rafael Azcona | Los europeos

He entrado en una extraña rayuela. Pensando en qué escribiría sobre Los europeos, última entrega de esa biblioteca Azcona en Pepitas, mi cabeza se ha perdido en divagaciones, búsquedas y encuentros. Pensaba que era bien extraño que Los europeos no se hubiera llevado al cine (quién sabe, tal vez había algún proyecto). Pero que, siendo un libro tan, pero tan español, no podía dejar de pensarlo como una comedia neorrealista italiana de finales de los cincuenta principios de los sesenta (y eso está bien, porque de 1960 es el libro de Azcona). Pensaba que no está muy lejos (y sin embargo, el escritor español se adelantó en dos años) de Il sorpasso, y que esta probable adaptación debería pasar también por Dino Risi, que se le daban mejor las playas que a Monicelli o cualquier otro. Que incluso ahí tenía que estar Vittorio Gassman haciendo de Antonio, aunque no veo a Trintignant, porque le falta mala leche para hacer de Manuel y mucho desencanto. Pienso en Marcello Mastroianni, porque con Nino Manfredi nos pasaríamos de largo, aunque quién sabe (porque Manuel no es más que otro verdugo más). Hubiera sido una película digna del libro, es decir, enorme. Y la demostración de que España e Italia estaban muy cerca y solo les separaba una dictadura y la posibilidad de hacer. Cuando el libro reapareció en 2011, Rafael Azcona lo revisó. Y eso es lo que nos llega ahora, de nuevo.  El retrato no del sueño de una noche de verano, sino del eterno invierno español, que nos gusta pensar franquista pero va a ser que no. Y hasta ahí puedo leer.

Estamos en 1958. Miguel Alonso es un delineante que trabaja para un arquitecto. El arquitecto tiene un hijo que no es ni delineante, ni arquitecto, ni nada. Solo tiene una cosa en la cabeza y son las mujeres, y para él es más que suficiente y a eso consagra su vida y, desde luego, su cuerpo. Ibiza se ha puesto de moda. Y las extranjeras, presas fáciles para el reglamentado y hambriento español. El hijo se llama Antonio. Antonio le propone a Manuel irse para allá a pasar un par de meses con la paga extra y alguna bonificación, mientras el padre anda por ahí, por Estados Unidos. El argumento es estudiar la arquitectura ibicenca pero lo cierto es que solo se quedan con la fauna autóctona y los cuerpos extranjeros. Antonio con más entusiasmo, porque es un libertino español, especie que poco tiene que ver con los libertinos de toda la vida, franceses y todo eso, pero que para el caso vale igual. Manuel es un tipo más serio y, como tipo serio, acaba liado con una valenciana del montón pero que perdió su virginidad en una de esas (lo cual la hace una femme fatale, versión nacional), hasta que se encuentra con Odette, una francesa que lee libros y no quiere líos, lo cual la convierte en una bicho raro, casi sobrenatural, a los ojos de los cazadores de cuerpos.

El retrato de esa España encerrada en ese microcosmos ibicenco que hace Rafael Azcona, es digno de sus mejores obras y tiene la misma piedad: ninguna. La mala leche que destila su retrato es brutal y sin embargo es complicado pensar que podía ser de otro modo. Como en las mejores comedias de aquellos años (de ahí que sean herederas de las tragedias del neorrealismo), el problema (o el espanto) es que son tan reales que nos producen un ligero escalofrío. Sus protagonistas (y sus secundarios, porque siempre fueron obras con una galería de secundarios maravillosa) no solo podrían haber existido, sino que seguramente existieron, porque lo que sí que existía, indudablemente, era ese mundo que habitaban, escondido en milagros económicos que solo eran alfombras bajo las que esconder la miseria. Se puede ser pobre de muchas formas, y lo fuimos de todas. Después, nos preguntamos si todo esto forma parte de algún tipo de pasado o simplemente hemos cambiado de ropa pero no de cuerpo. Y entonces miro por la ventana. El cielo es azul mar, porque el mar no está muy lejos. Es más: está muy cerca. Hasta aquí llega la brisa y también el escándalo de las gaviotas reidoras. Pienso que no me costaría mucho ir a comprobarlo, aunque esto no sea Ibiza (pero ahora Ibiza lo es todo). Y pienso que mejor me quedaré aquí, alimentando una pequeña duda. La duda de si habremos avanzado, porque la certeza es que no.

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