Un domingo en el campo, de Pierre Bost (Errata Naturae)  Traducción de Regina López Muñoz | por Juan Jiménez García

Pierre Bost | Un domingo en el campo

Ah, Pierre Bost. Quién se acuerda de él… Una de aquellas víctimas de los jóvenes turcos de la nouvelle vague, aunque le reconocían ser el menos malvado de los dos. Los dos. Jean Aurenche era el otro, la bestia negra, el diablo. Como el Jean Cocteau de los surrealistas. Juntos, como guionistas, fueron una cierta tendencia del cine francés. Una tendencia insoportable para François Truffaut, demasiado católico frente a esos anarquistas, esos matacuras. Me parece estar escribiendo una historia muy tonta, muy frívola. Y, sin embargo, sobre ella se construyó otra manera de entender el cine. Sobre el cadáver de Aurenche. Y también de un escritor como Pierre Bost. Tuvo que llegar Bertrand Tavernier para quitar la tierra sobre ellos, abrir puertas y ventanas, y devolverles el lugar que les correspondía. Y fue el propio Tavernier quien adaptó, precisamente, la obra que ahora publica Errata Naturae: Un domingo en el campo. La novela ha cogido el título de la película, llamada en realidad El señor Ladmiral pronto morirá… El pesimismo convertido en optimismo. Curiosamente, ese pesimismo del que les acusaban.

El señor Ladmiral es un viejo pintor retirado. Sus setenta años se quedaron atrás, y se aleja de ellos como la estación de tren se aleja de él (un día estuvo a ocho minutos). Al señor Ladmiral le cuesta reconocer ese cambio en la duración de las cosas como le cuesta reconocer que es un anciano. Se queja para encontrar ese consuelo que, íntimamente, se niega. Fue un pintor clásico cuando los demás eran modernos. Intentó ser moderno pero entendió que no se puede cambiar tan fácilmente.  Tampoco tenía muchas ganas. Quizás no fuera un genio, pero obtuvo la legión de honor y el dinero suficiente para retirarse al campo y vivir sin demasiadas preocupaciones. Su mujer murió y le queda Mercédès, la criada, y las visitas regulares de su hijo y poco frecuentes de su hija. Su hijo siente verdadera admiración por él. Hubiera querido ser también pintor, pero no pudo ser. Trabaja en una empresa colonial pero las colonias y la aventura le quedan muy lejos. Se ha casado con una buena mujer que solo aspira a ser esa buena mujer y tiene tres hijos: dos pequeños fieras y una niña encantadora. La niña encantadora es lo único que le resulta soportable al abuelo. Perdido en la precisión de su vida, lo demás le resulta desagradable.

Sí, su hijo le adora, pero él no adora el servilismo de su hijo. El señor Ladmiral a quién realmente adora es a su hija, tan opuesta a Gonzague (al que llaman Eduard… cosa que tampoco soporta). Irène es otra cosa, tan diferente. Es la libertad, el riesgo, en todo diferente. Cierto que eso tampoco es precisamente lo que buscó el viejo para su vida, pero, el nunca quiso para los demás esa vida que llevó. Los días soleados frente a los días grises. Tal vez el también sintió siempre esa necesidad de luz. Gonzague-Eduard es consciente de que nada puede hacer frente a eso, y solo vive asustado frente a la muerte del padre, que este domingo siente como tremendamente cercana. De nada sirve querer ser como un padre que no quiere que sean como él. Irène también acudirá, sorpresivamente, ese domingo. Y ya por eso no será una tarde de domingo más.

Cuanta belleza encerrada en las páginas de Un domingo en el campo. Cuanta en ese brevedad. Esas pequeñas vidas (que son todas) recogidas en unos instantes llenos de claroscuros. Como las nubes en un cielo azul, tremendamente azul, que van escondiendo de cuando en cuando el sol. Esas vidas insignificantes para el curso del mundo pero fundamentales para ellos. Y para nosotros. Esos seres que viven su destino en los detalles, en las palabras, en los gestos, en los silencios, en las ausencias, en las presencias. En el relato de Pierre Bost, todo respira. Como aquella Sylvie Bataille que se balanceaba en aquel columpio aquella otra tarde de Jean Renoir. Como no ver la misma luz atravesando vidas parecidas. La belleza de la fugacidad. Del día, de la vida, de los domingos. Y entre todo, el padre. Algo sobre lo que no puedo escribir, porque entonces escribiría de mi. Porque hay libros, como este, que están escritos con fragmentos de nosotros mismos, arrancados de lo más íntimo. De la intimidad de nuestro temores, de nuestros miedos, de nuestras esperanzas, de una vida en común. Libros de arena en nuestras manos.

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