La religión de mi tiempo, de Pier Paolo Pasolini (Nórdica). Traducción de Martín López-Vega | por Juan Jiménez García

Pier Paolo Pasolini | La religión de mi tiempo

Decía Alberto Moravia a todo aquel que quisiera escucharle que Pier Paolo Pasolini era, por encima de todo, un poeta. Un poeta de difícil traducción, un escritor de difícil traducción y, por tanto, más conocido como cineasta, aquello que de él podía resultar más accesible para nosotros, extranjeros de un país llamado Italia. Así pues, el primer reto es traducirle. Encontrarse con sus palabras, devolverlo en otras. Nórdica encomienda la tarea a otro poeta, Martín López-Vega, y además nos ofrece los poemas originales. La religión de mi tiempo no debe ser confundido con el poemario de este nombre. Se trata de una selección de su obra, para ser exactos, de cuatro de sus libros: el que da título a la recopilación, Las cenizas de Gramsci, Poesía en forma de rosa y Transhumanar y organizar.

Pese a que un mismo aliento recorre su poesía (pero no solo su poesía, sino toda su obra), los poemarios no dejan de ser muy diferentes entre sí, y quizás podrían ser divididos en dos bloques: en los dos primeros libros Pasolini piensa en el pasado, lo confronta al presente y la belleza de sus tercetos brota de las páginas en blanco como algún fruto en maduración, expuesto al sol intenso de un nacimiento-renacimiento; en los dos últimos libros, nos encontramos con el poeta civil (suya es la expresión), que utiliza la poesía para dar testimonio no ya solo de su persona sino de aquello que le rodea, le preocupa, le intimida y ocupa sus días y su pensamiento. El terceto deja paso a una libertad formal y la belleza a la justeza, sin que acabe de desaparecer aquella, porque, como le pasaba a Godard, su mirada, en este caso su escritura, acababa siempre encontrándola, aun sin buscarla, aun huyendo de ella.

Las cenizas de Gramsci es de 1957. Dos años posterior a su primera novela, cuatro años anterior a su primera película, todo está en él. La vida, su vida, pero también el mundo que le rodea, siempre en tiempo presente, porque, como dice en El llanto de la excavadora, solo amar, solo conocer cuenta; no haber amado ni haber conocido. Pasolini, tan a menudo llevado por el pasado, no puede olvidar su condición de ahora. Como dirá en algún lado, de algunos otros, no llora por lo que no ha tenido, sino por lo que no tendrá. Y mientras tanto piensa, habla. La religión de mi tiempo seguirá instalada en ese lirismo, pero para hablar de la derrota. De la derrota de la revolución y de la atracción fatal del capitalismo (quizás debería haberlo escrito en el orden inverso, y sin embargo…). El poeta quiere entenderlo todo (así lo dice también) y ese será el plan de toda una vida. Preguntarse, pero también buscar las respuestas, porque de nada valen, en esta sociedad ensombrecida, derrotada en sus sueños e ideales, esperar estas de otros. Pero no habrá desesperación sin un poco de esperanza.

Tres años después llegará Poesía en forma de rosa, pero esos tres años serán muchos más, porque muchas más cosas han cambiado. Pasolini dirá de él que es un libro de «Temas, trenes y profecías, diarios, entrevistas, reportajes y proyectos en verso». Y eso es. La forma se pliega ante el contenido, la poesía a la historia, la belleza a la vida, el canto al discurso, sin que nada logre ser apagado, como decía, como un fuego inextinguible. Todo está tremendamente lejano, todo ha pasado. Y como un mensaje encontrado en una botella, un terceto: La muerte no está / en la imposibilidad de comunicar / sino en la incapacidad de ser comprendidos. Esa es la búsqueda, la lucha, el sentido y también la pérdida, la derrota y el sinsentido. De nuevo, la única elección posible es insistir, insistir con su desesperada vitalidad.

Cerrará el libro Transhumanar y organizar, que es de 1971, un año en el que todo queda muy lejos, excepto su propia muerte. Seguirá los versos en forma de rosa, llenos de espinas. Seguirá el tiempo presente, la sociedad y el amor. O el amor por la sociedad. Aun enferma, aun derrotada. Pasolini podría haber dicho como Bohumil Hrabal que anunciaba una casa donde ya no quería vivir, pero de la que no podía marcharse. El poeta civil sería el último en abandonar el barco. El barco que ya no existía. Y mientras tanto nosotros seguimos pensando en él, como un misterio. Porque el misterio no fue su muerte, fue su vida. No fue su vida, fue su obra. Ese misterio está en todos los lados y no está en ninguno. Es solo una cuestión de vivir de pie. En pie. Tercera acepción: Con permanencia y duración, sin destruirse, derogarse ni acabarse.


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