Ensayo sobre el día logrado, de Peter Handke (Alianza) Traducción de Eustaquio Barjau | por Juan Jiménez García

Peter Handke | Ensayo sobre el día logrado

Yo también espero el día logrado… Como Handke, empiezo a pensar si ese día ya llegó en algún momento. Incluso si hubo más de uno de esos días. Un día logrado no es lo mismo que un día perfecto, dice, y durante algunas páginas intenta entender aquello que quiere decir y yo también busco con él lo que quiere decir, solo que mientras tanto pienso, a la vez qué él (no antes ni tampoco después) qué sería para mí un día logrado, que igual no tiene nada que ver con lo que sería para él, pero igual sí, porque todo lo que leo me parece justo y de una belleza terrible, y cuando algo te parece justo y de una belleza terrible solo puede ser cierto. Necesitamos que sea cierto, porque lo otro sería vértigo. Me inclino por pensar que un día logrado no es algo premeditado. Ni tan siquiera uno se levanta con un determinado estado de ánimo o hay una intuición que nos diga sí, este va a ser. Finalmente. Es más: tal vez incluso se acabe y no seamos conscientes de que algo ocurrió y que ese algo ocurrió solo habitando. En algún momento, igual que dejamos de medir el tiempo para encontrar la duración, tuvimos que dejar de esperar para tener alguna posibilidad de encontrar. Alguna vez pensé que el día perfecto era un día silencioso, un día en que todo es sentimiento y sensación y nada se materializa. En el que nos sentimos confusos pero no nos hacemos preguntas estériles. Un día en el que dudamos sin sentir el peso histórico de la duda. Digo el día perfecto porque rara vez pensamos en el día logrado. Y eso ya quiere decir algo, porque perfecto suena a ejercicio de gimnasia artística, un día en el que todo te sale bien, en el que no te has salido de las líneas marcadas, no has tropezado con ninguna cosa, los triples saltos mortales son ejecutados con la necesaria precisión. Y alguien, aquellos que te juzgan, te dan su total y unísona aprobación. Pero pienso que de esos días igual si que tuve muchos, pero que, bien pensado, no me sirvieron para nada. Y entonces relaciono un día perfecto con la sociedad en la que vivo y un día logrado con algo más íntimo. Un día perfecto no debe ser explicado: es evidente por sí mismo. Un día logrado es, debe ser, una sensación profunda, un cosquilleo, un soplo, una intuición, un pensamiento fugaz. Como esa infancia que siempre nos parece feliz (porque somos incapaces de recordarla y porque hemos reemplazado todo lo que debía ser reemplazado por falsos recuerdos), mis días logrados están en algún lugar de todos estos años vividos. Alimento esos instantes y les doy la duración necesaria para que sean un día. Sí, así sí que he tenido algún día logrado. Seguro que sí. Aquellos días logrados lo fueron porque ni tan siquiera pensaba en ellos. Y es así porque, como decía Heinrich Böll, la inocencia existe. Solo cuando olvido todo, pero todo, también a mí mismo, cuando vacío se pega a mí todo lo que me rodea, como hojas después de la lluvia, cuando encuentro las cosas de nuevo y ni tan siquiera necesito nombrarlas, porque los nombres no importan, solo cuando las palabras pierden sus sentido y su significado y todo me es extraño pero a la vez querido, solo cuando necesito aquello que va a mi encuentro, cuando mis brazos caen, mi cuerpo cae, mis pensamientos caen, en ese momento en el que el cuerpo ha abandonado al cuerpo y uno a sí mismo (toda esa larga y pesada experiencia, todo el peso del mundo) el día se logrará. Todo lo que quiero está ahí, junto a mí. Nada falta porque en ese vacío todo ha encontrado su acomodo. El viento que viene del mar nos atraviesa, no se detiene, y con él la vida. Se oyen voces lejanas, muy lejanas. Sí. Como en Handke, el día logrado ha sido estos minutos en los que escribí sobre el día logrado. Un día que no tuve, sino que hice.

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