Hilos de tiempo, de Peter Brook (Siruela). Traducción de Susana Cantero | por Juan Jiménez García

Peter Brook | Hilos de tiempo

Libro tras libro, lectura tras lectura, la obra escrita de Peter Brook acaba por formar un todo, un conjunto que se alimenta tanto de su vida como de sus experiencias en el teatro, el cine o la ópera. Crear es entendido como una experiencia íntima celebrada en grupo. Algo que puede parecer una contradicción pero que en Brook se está lejos, muy lejos, de ello. Hilos de tiempo es su autobiografía, detenida en un ya lejano 1998, cuando estrenaba El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, basada en Oliver Sacks. Hilos de tiempo. En su propio título está contenida esa vida, llena de hilos que se entrelazan, que entretejen algo, esa misma vida, que nos devuelven una imagen simple, lineal, sino algo complejo, rico en matices. Al final del libro, nos dice que no hay una línea recta para ir desde ese nacimiento a este ahora. Y un poco antes, buscando en un congreso de compañeros de profesión una palabra para su oficio, propone «destilador». En esa palabra, en esos hilos, en esa ausencia de línea recta, está instalada esta narración de su vida…

Brook nos evita en buena manera su infancia. En cuántos libros autobiográficos esta parte coge proporciones elefantiásicas, seguramente más producto de la nostalgia del autor que de su papel en esa vida que nos quiere contar. Hijo de padres rusos, aquellos años no fueron especialmente complicados. Cierto que la guerra le cogió siendo un adolescente y que incluso, cuando podría haber sido llamado a formar parte activa de ella, no pudo por cuestiones médicas. Estudia en Oxford y el caso es que esa guerra aún no había acabado y él ya estaba trabajando en el teatro. Su idea inicial fue el cine pero, para entonces, se requería un largo proceso de aprendizaje, seguir un recorrido limitado, de modo que se decidió por la inmediatez que le proporcionaba el teatro (obviamente, estamos en otros tiempos y estamos en Inglaterra). El caso es que, montaje tras montaje, encuentro tras encuentro, asiste en aquellos primeros años a una renovación de la manera de entender los montajes. Conoce a la actriz Natasha Parry, se casa con ella y su vida va encontrando un cierto acomodo. No tardará en tener alguna crisis creativa, en encontrarse por fin con el cine, y en marcharse a recorrer mundo y a tomar aire. También en encontrar a alguien que cambiará del mismo modo su visión del mundo y, por tanto, de esa creación: Gurdjieff. Firme seguidor de sus enseñanzas, a través de aquellos que lo conocieron en mayor o menor medida, llegará hasta a adaptar al cine su libro más conocido: Encuentros con hombres notables.

Entre todo esto, se va formando la necesidad de búsqueda que nunca le abandonó pero que va tomando una forma. Llega el Teatro de la Crueldad, la compañía que formó con ese nombre en honor de Antonin Artaud (aunque no estuviera muy de acuerdo con la visión del teatro de este). Ese primer encuentro con la experimentación, con la búsqueda de una nueva manera de afrontar el acto teatral, tanto a nivel de actores, obras o público, será solo el comienzo del resto de su vida. Se marcha definitivamente a París, donde esas nuevas formas teatrales tienen mejor acomodo, funda un centro de investigaciones teatrales en el que todo está por ser encontrado, y se lanza, con la mente abierta, a reinventarse. Son años pensándose y pensando el teatro, para luego poner todo lo aprendido a prueba, pero no allí: lejos. Oriente próximo, África, Estados Unidos,… Para acabar de abrirse al público, confrontarse con la realidad del espectador. La rehabilitación de un viejo teatro, el Bouffes du Nord se convertirá en una especie de destino final de su camino y de comienzo de un futuro para el que ha estado preparándose durante muchas décadas. Ahí podrá, en total libertad, desarrollar sus ideas y toda aquello que fue encontrando en esos intensos años.

En Hilos de tiempo, a la vez que vamos encontrando su vida, sus experiencias, viajes, encuentros, leemos buena parte de las reflexiones que ya habíamos encontrados en libros como El espacio vacío. Para alguien que vive de forma tan intensa aquello que hace, una autobiografía tiene que contener, de forma necesaria, todo ese aparato teórico, todas esas reflexiones sobre las que ha ido construyendo su oficio. Los aciertos, los errores, se suceden, en vida y obra. Pero si Tadeusz Kantor consideraba que ser un artista de vanguardia era tomar riesgos y poner todo lo que uno ha conseguido en juego, qué duda cabe que Peter Brook ha sido siempre eso, un artista de vanguardia.

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