Cuánto azul, de Percival Everett (Deconatus)  Traducción de Javier Calvo | por Óscar Brox

Percival Everett | Cuánto azul

La búsqueda de sentido (para las cosas, para las personas o los sentimientos) ha quedado establecida como uno de esos objetivos cuando alcanzamos la zona de confort de nuestra madurez; es decir, cuando empezamos a contar con el tiempo suficiente para echar la vista atrás y dejar que los fantasmas de nuestro pasado evalúen la estabilidad de nuestro presente. O la inestabilidad, si tenemos en cuenta las numerosas debilidades que atenazan a la moral de esa burguesía acomodada en el corazón de los Estados Unidos. Burguesía de residencia suburbial, culturalmente activa y socialmente integrada, que convierte la narración de sus cuitas personales en un carrusel de pequeñas miserias y buenas intenciones en el que, al final, lo que queda es el sentimiento de un dolor reprimido durante años.

A Kevin Pace, el protagonista de Cuánto azul, le persiguen demasiadas cosas: una experiencia traumática de juventud en El Salvador, una convivencia marcada por la fragilidad con su familia y una infidelidad fugaz durante una breve estancia en París. Quizá por ello, la voz de Kevin se ha acostumbrado al detalle, a la habilidad para distinguir entre colores y pigmentos, entre gamas de amarillo y mezclas; o lo que es lo mismo, a distinguir entre esas cuitas menores, sin importancia, y aquello que ya ha hecho costra en su intimidad. Percival Everett se las apaña para explicar a su personaje, casi, a la carrera, entre saltos temporales y de escenario, uniendo épocas y realidades sin que, en cierto modo, notemos la amplia brecha temporal que las separa. Tal vez porque, en el interior de Kevin, apenas ha pasado el tiempo entre aquellos acontecimientos. A Everett le basta con señalar la perspicacia de su criatura, su facilidad para la ironía sin por ello eludir la carga moral de las decisiones tomadas; algo que, de alguna manera, apunta una y otra vez hacia ese dolor secreto que encierra el único cuadro que solo han visto sus ojos.

Como sucede con algunas novelas de Dave Eggers, uno tiene la sensación de que Everett construye su obra desde la narración, enganchando episodios y vivencias sin permitir al lector detenerse en el meollo del asunto; es preferible acompañar a sus personajes por un periplo de amor y muerte, de deseo y peligro. En un El Salvador al borde de la guerra civil, lugar de muerte y horror, o en ese París zurcido desde los clichés en el que su protagonista redescubre un deseo casi olvidado. Everett, a diferencia de otros, nunca elude su habilidad para la ironía, a ratos la carcajada, evidenciando el catálogo de vicios insignificantes que se ha adueñado de su criatura; el engaño mayúsculo en el que se ha convertido su madurez, absolutamente devota de una condición burguesa que todo tiene y nada disfruta. Y que, precisamente por eso, le han conducido a ese callejón en el que pretende buscar una salida de emergencia para recuperar el sentido perdido de las cosas. De sus sentimientos. De su vida.

Más que moralista, la novela de Everett versa sobre la importancia que concedemos a las cosas, a lo vivido y a cómo nos habría gustado que sucediese. La odisea de Kevin y Richard en busca del hermano perdido de este último se convierte en una extraña aventura a través de los campos de horror; aventura que Everett contrasta con ese romance efímero entre un Kevin empantanado en su madurez y una joven estudiante francesa, y que de una manera o de otra terminan con su protagonista tratando de recuperar ese rumbo que lo oriente en dirección a su hogar. A un hogar sobre el que a veces pasa de puntillas o al que apenas presta atención sumergido en sus tormentas creativas. En el alcohol o en las pesadillas de un pasado demasiado presente. En esos secretos tan fáciles de compartir con el lector, pero que resultan impermeables para su familia.

Cuánto azul podría leerse, asimismo, como el proceso creativo que da lugar a una pintura. A partir de todos esos detalles que la mirada de Kevin confía al lector de tanto en tanto, cuando algo en mitad de la aparente normalidad despierta su adormecida conciencia. Como esas pinturas en las que la intensidad de un mismo color, repetido impulsivamente sobre el lienzo, revela más de lo que parece; en la novela de Everett, ese azul de tristeza (ni de Prusia ni ultramarino) que atenaza la madurez de un Kevin que no ha encontrado la forma de alejar de su mente los fantasmas del pasado. Para alguien como el autor, más que una confesión, se trata de una necesidad. De encontrar un lugar, un punto desde el que mirar las cosas, una orientación hacia la que dirigir la mirada. Pero también de hacer efectiva una instancia crítica que, creemos, lastra como el mayor de los males a esa condición burguesa ensimismada en su atractivo social. Para la que la clave del éxito parece radicar, simplemente, en alcanzar la meta, no tanto en saber cómo desarrollarla una vez cruzada la línea.

La catarsis final de Kevin, narrada elocuentemente a través de su última pintura, describe el final de un viaje atropellado repleto de muchos principios (en El Salvador, en Francia, en Rhode Island, en el mundo de la pintura o en el de la familia) y demasiados intentos fallidos por reconciliarse con todos y cada uno de ellos. De ahí que Everett, atento a las circunstancias, prefiera dejarnos con un personaje amargo e imperfecto, acostumbrado a elegir la peor opción moral aunque nunca deje de buscar el bien. Una criatura herida por el pasado, atemorizada por el presente, que descubre en el interior de su obra toda esa tristeza que le ha acompañado desde su juventud, como esa otra voz que ha narrado desde el primer párrafo su triste historia de amor y melancolía. O lo que es lo mismo, cada pequeño esfuerzo por recomponer las piezas dañadas de su vida.

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