Las madres negras, de Patricia Esteban Erlés (Galaxia Gutenberg) | por Dara Scully

Patricia Esteban Erlés | Las madres negras

Una sombra nos vela los ojos. En la penumbra, un edificio que se recorta, brutal, contra el cielo nublado. Una arquitectura imposible que oculta el rastro de un lamento, un temblor hueco que se filtra a través de las paredes. Es el orfanato: Santa Vela, el hogar de las niñas, la cárcel donde las muchachas con la cabeza pelada frotan las miserias del mundo. Es el rastro, como un canto ancestral, quien nos guía hasta su entrada. Son las niñas, que nos miran con sus ojos opacos, mudos, con las bocas abiertas de hambre. Vemos a Coro y el atisbo de su cabello rubio, la nuca blanca, rapada, la pierna seca que se arrastra por el patio. A Pola, la bella Pola, como una flor inerte que nos espera. A la muchacha que murió y volvió a despertarse, con los labios limpios de púrpura, para volver a morir mil veces. Todas son pálidas y diminutas. Sus huesos se perfilan bajo los vestidos grises. Tienen los párpados azules de las criaturas que pasan frío, los dedos rojos y afilados. Alguien ha atravesado sus cuerpecitos y las ha sacudido hasta la extenuación. Las niñas huérfanas que expían sus pecados. Vigiladas por la mirada atenta de las madres negras. De la hermana Priscia, alta e imperturbable, terrible como las plagas que no pueden nombrarse.

Pero al fondo del lamento se escucha un aullido. Un lobo hermosísimo que no podemos ver y sin embargo imaginamos: Mida. La niña superviviente. La niña que escapó de Santa Vela durante la noche. La hija de la mujer del bosque, la mujer que ardió en una pira, condenada por aquellos temerosos de Dios. La niña que fue marcada en la frente como Invisible y apaleada hasta quebrarle los huesos, sin lograr por ello derrotarla. Mida, que no quiso olvidar su nombre. Que lo pronunció cada día, Mida, Mida, Mida, para que nadie se lo arrebatara, aunque le hubieran arrebatado el cabello rojo, la libertad, la risa. Mida, que aúlla con su voz de niña para que la sigamos, para abrir nuestros ojos al asco y la violencia, a la miseria que esconde Santa Vela. Mira, así son las madres negras, nos dice. Mira, así nos cortaron el cabello. Así las huérfanas pasamos hambre, y pagamos por unos pecados que nunca cometimos, y morimos en nuestras camitas estrechas y nos entierran como a perros, sin cruz que marque nuestros nombres. Porque nos lo han arrebatado todo. No somos nada, nos dice Mida, y señala a Coro, a Moira, a Pola: todas asienten al unísono. Y también nosotros, entonces, deseamos aullar como un lobo. Clavar nuestros dientes afilados en el pecho de la hermana Priscia. Destruir esa casa de relieves imposibles. Que ardan, que ardan todas aquellas que arrasaron la inocencia en nombre de un Dios que es brutal como los hombres.

Porque eso es Dios, a fin de cuentas. Un hombre violento. Un hombre que se aburre y juega, que pone piedras en los senderos y sopla tempestades. Un dios caprichoso del Antiguo Testamento que toma con su mano antigua aquello que desea. El cuerpo verde de una muchacha. La fé de una mujer ultrajada. El espíritu valiente de las huérfanas. Dios maltrata a sus mujeres, a sus muñecas de porcelana; Dios las acuna y las olvida. Las madres negras se entregan como novias que él desmenuzará en la noche, cuando no quiera más de ellas. Quiebra los cuerpos a su paso como si fueran abedules frágiles. Pero hay juncos que se pliegan a las tormentas. Y aunque los arrasen, ellos se yerguen de nuevo, verdes como hiedra luminosa, como una pira que arde eternamente sin que nadie pueda sofocar su fuego.

‘Las madres negras’ es una novela violenta y turbadora. Una novela hilada con cuentos, con la voz de cada pequeña huérfana, la historia del antes de Santa Vela, o de su vida allí, su muerte allí, su transitar por la miseria en ese lugar negro. Hay en cada página una belleza que sobrecoge, una mirada que trasciende la negrura para acariciarnos, para dejar sobre nuestro pecho desnudo un racimo de luz. Lloramos junto a las pequeñas huérfanas. Deseamos su liberación: que alguien las acoja y las haga reír. Que crezcan sus cabellos y se trencen fuertes e inquebrantables. Nos ponemos del lado del lobo y del diablo, de la niña pelirroja que se negó a olvidar su nombre, y como ella enfrentamos a quienes enarbolan a un Dios que sólo comete atrocidades. Rechazamos su hipocresía, su fanatismo enfermo, su entrega hasta las últimas consecuencias. Porque Dios, si existe, no puede ser como describe la hermana Priscia. Y si así lo fuera, entonces cerraremos los ojos, cogeremos fuerte nuestras manos pequeñas, nuestras manos de niñas, y en un aullido interminable, hermoso y voraz, huiremos al bosque, y allí seremos libres y paganas. Nuestra pureza crecerá como el musgo. Nos alimentaremos de savia y helechos. Y ningún hombre volverá a golpearnos. Ningún Dios codiciará nuestros cuerpos. Seremos mujeres libres, valientes: hijas de los lobos que sobrevivieron.

Por mi parte, solo puedo decir: lean esta novela maravillosa. Lean aunque se clave como un aguijón doloroso. Aunque apriete la soga en el cuello. Lean porque su belleza, a pesar de la sombra, es deslumbradora.

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