Qué hacer, de Pablo Katchadjian (Hurtado y Ortega). | por Óscar Brox

Pablo Katchadjian | Qué hacer

Juro que nada más ponerme a redactar esta reseña en el procesador de textos las primeras palabras se borraron con no poco misterio. Y el caso es que pensaba empezar hablando del OuLiPo y de su escritura con trabas y constricciones (hoy quito una letra, como Perec, mañana escribo con la cadencia de los semáforos y los pasos de cebra, como Queneau), de César Aira y esa forma tan peculiar de concebir la novela como una fuga hacia delante o de algunos posmodernistas yanquis, como Barth, Gass o Coover, y su capacidad para convertirse en fundamento verbal del texto. De todo ese aire de familia que envuelve a una obrita como Qué hacer, ese juguete literario para adultos de Pablo Katchadjian. Esto último también es de Aira, ejem.

Todo empieza con Alberto y yo, con Alberto y el narrador, con la seguridad de que esas tres palabras nos van a conducir por los numerosos vericuetos de una novela que vive de la permutación continua. Ahora sale el estudiante gigante, luego la escoba, la mujer desnuda, el decorado de trapo, una juguetería, una vieja, Lawrence de Arabia… Estábamos Alberto y yo, y Katchadjian lo mezcla, remezcla y ordena con la facilidad con la que se aspira a escribir una novela infinita. O a cuestionar el fundamento de la novela, aquí convertida en artilugio, en artefacto, en tentativa de agotar todas las combinaciones posibles con las que se construye un texto. En parodia y juego, en desafío a un lector que, por una vez, no puede intentar ir por delante de lo que sucede; tal vez, ni siquiera detenerse en el bello ejercicio de estilo de su autor. Porque tan pronto pase a la siguiente página volverá a Alberto, a ese momento indeterminado en el que todo y nada está a punto de suceder, a los cruces, desvíos, entrecruzamientos, divergencias y convergencias a las que agarrarse como flotador en un parque acuático. Porque, y volvamos al OuLiPo, Katchadjian tiene en común con el Taller de Literatura Potencial ese sentimiento de felicidad escritora que pasa volando por encima de las fórmulas y los esquemas; que disfruta con la parodia y la chapuza, con la historia que se interrumpe y la anécdota que se estira hasta el infinito, hasta que dejar de resultar insignificante para convertirse en un bello juego: sutil, casi transparente, encantado con que cada lector posible se pierda en sus vericuetos.

Alberto devorado (aunque sea de broma), convertido en muñeco de trapo, con y sin escoba, en la Universidad inglesa o en una juguetería, observado por una vieja u observando a una mujer desnuda, pedante o pedestre… Katchadjian nos muestra la cara, la cruz y el canto, la moneda girando antes de caer y la soltura con la que se hacen cosas con las palabras. Si todo fuese un ejercicio de escritura automática, probablemente la Filosofía del lenguaje estaría embelesada; si se tratara de un ejercicio de estilo, pues hablaríamos de sacar músculo y exhibir vigorexia. Y, sin embargo, hay algo diferente. Algo más sencillo de explicar: la gracia, el divertimento, el juego o ese sentido lúdico con el que Katchadjian nos ofrece las piezas de su historia para observar cómo las ensambla y hasta dónde puede llegar para encajarlas. O para desencajarlas, desmenuzando hasta tal punto una historia sencilla que solo puede caer en el auténtico absurdo.

Qué hacer habla de imperativos y quizá el primero de todos, cuando las manos presionan las teclas del ordenador, no sea tanto el de escribir como el de buscar sentido para lo que se escribe. Para esas palabras que caen alegremente sobre el blanco del procesador de textos. En ese caso, me inclino a pensar que Katchadjian se ha tomado la molestia de jugar con esas convenciones, con la asquerosa confianza del punto y final y la obligatoriedad de llegar a decir algo. Así, uno lee su novela como un ejercicio de malabarismo en el que las pelotitas siempre permanecen en el aire. Cualquiera sabe que en algún momento caerán, pero lo verdaderamente hermoso consiste en observar la energía con la que se mantienen ahí. O lo que es lo mismo: cuando el lector está deseando que a Alberto no se lo vuelva a tragar el alumno gigante, Katchadjian nos ofrece el vértigo de todos esos giros posibles, desvíos y contradirecciones, en los que lo que menos importa es lo que va a pasar. Solo que pueda pasar. Que pueda narrarse. Explicarse. Estirarse. Parodiarse. Y así hasta el absurdo. Si alguna vez alguien plantea rebautizar un test de resistencia, solo espero que lo llamen Test Katchadjian. Si algún lector busca la gratificación de la escritura en su forma más lúdica, frenética como un cartoon de la Warner, Qué hacer se la proporcionará. Si un erudito o estudioso se pregunta por esa habilidad para dinamitar lo conocido, para parapetarse tras lo extraño, y cambiar lo uno por lo otro, creo que encontrará en Katchadjian a uno de sus cultivadores más logrados. En esta novela, que es juguete literario, artefacto meta y dinamita para las convenciones de estilo, cada página es una nueva aventura, cada episodio una muestra del arte de la combinatoria. Y ahí, en verdad, es donde se fundamenta todo. Ahora, pues eso, vamos con Alberto…

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