Los libros repentinos, de Pablo Gutiérrez (Seix Barral) | por Óscar Brox

Pablo Gutiérrez | Los libros repentinos

Dar nombre a las cosas. Esa era, a juicio de Carlo Emilio Gadda, la tarea del escritor. Más que un gesto creativo, se trataba de arrojar un poco de sentido sobre cada palabra, personaje o narración. Poner en movimiento cada resorte moral, histórico y, fundamentalmente, humano. Si por algo se define nuestro tiempo es por el exceso y el amontonamiento; también, por la fugacidad. Ahora, más que nunca, las ideas corren a la velocidad del mejor plusmarquista y se agotan apenas unos segundos después de formularlas. Los brazos se bajan más rápido, los bancos ofrecen un nutrido surtido de tarjetas para acomodarnos en las bondades del capital y la literatura amplía el sangrado de sus páginas. Facilidades, en suma, que nos permiten señalar esta cosa y aquella otra de más allá, pero que nos lo ponen difícil a la hora de encontrar el sentido de unas y otras; el porqué de cada uno de nuestros resortes. Lo que, dicho de otra manera, viene a subrayar ese progresivo inmovilismo que, en plena vida moderna, nos ha llevado a sacrificar la picardía, la voluntad o la insubordinación política.

En Los libros repentinos, de Pablo Gutiérrez, la ínsula Barataria se encuentra en un barrio de extramuros. Y, como en la novela de Cervantes, tiene las raíces tan hondas que nadie la puede arrancar de tres tirones. En él centra su autor un relato que es hijo de esta época del descontento y nieto de aquella otra que peleó con ganas para conquistar sus logros sociales. En breve, que explora a través de la miseria contemporánea todo ese caldo literario, cultural y moral que tuvimos pero que, generación a generación, no supimos mantener. Para ello, Gutiérrez inventa a una protagonista, Reme, que un buen día decide apropiarse de un paquete de libros destinados a su vecino de escalera. Obsequio editorial compuesto por clásicos de Baroja, Buero Vallejo, Ortega, Valle-Inclán o Unamuno, esto es, por aquellos autores que dieron nombre a las cosas y les concedieron un sentido y una explicación, ya fuese en la ficción o en el ensayo. El hallazgo causa en su protagonista algo parecido a una revelación, la llamada a la insumisión en el corazón de un barrio deprimido marcado por sus nulas aspiraciones vitales.

Para Gutiérrez, ese microcosmos de personajes agotados supone la perfecta alegoría de un país que, simplemente, ha olvidado que, una y otra vez, debe reconquistar sus triunfos sociales. De lo contrario, el panorama solo arroja ideales de saldo, callejones sin salida y existencias desperdiciadas. Da igual si la revolución consiste en tender la ropa interior de cara a la calle, en pugna con las ordenanzas de urbanismo del ayuntamiento. Lo importante es plantar cara y enseñar las raíces que ni tironeando con todas las fuerzas abandonan su lugar entre el cemento de la calle. En forma de cosmogonía, en la que cada parte del libro cede su voz a los diferentes personajes que viven en el barrio, Gutiérrez urde en su novela una vindicación social y, al mismo tiempo, una reivindicación literaria. Porque, una vez abierta la caja de los libros, cada pensamiento de Reme se ve respaldado por las desventuras de Tula, Ángela Carballino, Fortunata o Andrés Hurtado, por la reflexión sobre la masa o por la historia de una escalera.

Más allá de su reflexión social, Los libros repentinos plantea también una reflexión sobre el lugar en el que colocamos a nuestra literatura, el polvo acumulado en los anaqueles y esa sensación de que la urgencia de la actualidad ha erosionado esa otra actualidad del pensamiento de, por ejemplo, Baroja. De ahí que, por momentos, la novela de Gutiérrez se plantee como potaje de herencias literarias y remake, en clave contemporánea, de los clásicos de Buero, Unamuno o Lorca. Como si, en definitiva, nos enseñase no solo que el tiempo no ha pasado, sino que su vigencia invita a imaginar qué sería de Fortunata y Jacinta en un barrio de extramuros del siglo XXI. O cómo hay en las lecciones semiautobiográficas de Baroja el cultivo de un espíritu y de una sensibilidad que, en época de brazos flojos e ideas fugaces, resulta la mejor gasolina para declarar la guerra a la apatía social.

Bajo su esforzada escritura, que insufla en los personajes la picardía, la voluntad y la insumisión de que adolecen, Pablo Gutiérrez ha construido un bello estudio de nuestra literatura. No un homenaje, que es una palabra atrapada en la nostalgia, sino algo parecido a una guía que nos enseña a arrojar un poco de sentido sobre todas aquellas cosas que gobiernan nuestra vida. Una visión contemporánea de una generación de oro que, con la ciudad intramuros en el horizonte, nos recuerda la fuerza que hace falta para arrancar las raíces de nuestras pequeñas ínsulas. Esas mismas que, apretadas entre los párrafos del libro, nos invitan a declarar la guerra a la indolencia y el descontento de nuestro tiempo.


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