Cómo llegué a conocer a los peces, de Ota Pavel (Sajalín) Traducción de Patricia Gonzalo de Jesús | por Juan Jiménez García

Ota Pavel | Cómo llegué a conocer a los peces

Ota Pavel amaba a los peces. Los amaba profundamente, tanto como llegó a amar a su padre, que, a su vez, también amaba ferozmente a los peces (y a él dedicó su Carpas para la Wehrmacht, un libro de una belleza brutal, hasta el último aliento). Su relación con los peces siempre fue muy especial y tenía algo de búsqueda de la soledad, de un silencio, de un encuentro con la naturaleza que no podía ser compartido. La pesca era un ritual, un acto de comunión, un instante en el que la vida quedaba suspendida. Cómo compartir eso. Incluso cuando iba con más gente, incluso cuando iba con su familia, cada uno se alejaba lo suficiente del otro y ¡nada de hablar! Cómo llegué a conocer a los peces podría haberse llamado cómo llegué a conocer el misterio de la vida o su belleza singular. Es lo mismo. Tal vez no todos tengamos peces y cada uno tendrá sus cosas, sus momentos. O los estamos buscando eternamente, como Ulises extraviados que no consiguen regresar a esa patria. Porque desde hace tanto tiempo, uno tiene la sensación de que la felicidad es algo que se quedó atrás. Y recuerdo a Cioran y cuando, con diez años, abandonó la escuela de Sibiu, y supo, mientras el coche de caballos se alejaba, que el paraíso se había acabado. Y lloraba.

Las historias de Ota Pavel son pequeños retablos llenos de una emoción contenida. No hay en ellos nada triste, aunque se puedan contar cosas que lo son, sino que están atravesados por una alegría de vivir, de vivir no en un baile continuo, sino en una contemplación siempre maravillada (y maravillosa) del mundo. Aunque los días no fueran siempre brillantes, aunque los estanques alguna vez estuvieron rodeados de alemanes, aunque no estuviera bien ser judío en tiempos de rubios de ojos azules, el escritor checo tenía esa confianza en la naturaleza y en el hombre como un pequeño fragmento de ella. Su conocimiento de los peces no es más que el conocimiento de él mismo y de aquello que le rodea. Un conocimiento imperfecto, poblado de esa inocencia y picaresca que nunca llegó a abandonar y que hacen de sus libros algo tan especial.

Nada dura eternamente. Ni la belleza, ni la alegría, ni el dolor, escribirá. Y esa fugacidad está en todo lo que escribe. Pavel perseguirá todas esas emociones como perseguirá las doradas anguilas que quiere ofrecer a su padre, como tributo a una vida, y que solo mágicamente pueden ser pescadas. Cada línea tiembla con el peso del pez atrapado, cada línea se agita como esos cuerpos mojados. Cada relato es un milagro, en el que Pavel es capaz de convertirnos a su pasión por los ríos y sus habitantes. No hay nada alimenticio, sino que se trata de un proceso alquímico del hombre con el pez. Y cada pez debe ser cocinado y servir de alimento, tratado con respeto. Ninguno debe ser atrapado por mero capricho.

Cómo llegué a conocer a los peces, sí, es un libro sobre la pesca. Pero siendo eso, es un libro sobre la vida y como vivir. Una búsqueda de ese silencio, de esa comunión con la naturaleza que después de todo no es más que intentar estar alineado con todo lo que nos rodea y vale la pena. Saber distinguir entre estar y ser. Buscar la belleza en todas las cosas, aunque algunas sean irremediablemente tristes. Cuando uno termina de leer a Ota Pavel no puede más que pensar que todo está bien. Como en esa película checa, en aquel jardín, con aquella chica levitando. Sí, todo está bien.

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