Una sombra ya pronto serás, de Osvaldo Soriano (Seix Barral) | por Juan Jiménez García

Osvaldo Soriano | Una sombra ya pronto serás

Aquellos años ochenta y noventa en los que Osvaldo Soriano fue alguien para todos, para muchos. Luego, una sombra. Una sombra más. Siempre fue grande, pero dejó de ser contemporáneo. Las modas pasan y la ropa queda en el armario esperando ese momento en el que todo vuelve, también lo olvidado. Tal vez no será así para Soriano y se quedará ahí, en ese mundo de fantasmas en el que habitan escritores como Mario Levrero (al que ahora se intenta rescatar, sin mucha convicción, me temo). Maravillosos cadáveres. Escritores íntimos, personales, que pasan de mano en mano y nos zarandean para recordarnos lo grandes que son.  Incluso lo necesarios que son. ¿Cómo no caer fulminado ante un libro como Triste, solitario y final? ¿Cómo no sentirse conmovido por esos seres perdidos de Una sombra yo pronto serás? Pero ya no hay espacio para estos perdedores.

El protagonista de Una sombra ya pronto serás ha perdido todo. También el tren en el que iba. Manejaba computadoras, volvió de España. Allí quedó una hija, con la que se escribe cartas. Lo demás es un paisaje perdido y circular en algún lugar de una Argentina que vuelve de algún viaje histórico y va hacia lugares desconocidos. Como su protagonista. Es una cuestión de supervivencia. Cuando el norte es como el sur y el sur como el norte y la brújula se perdió hace tiempo, solo queda vagar. Y este es un libro de vagabundos que no dejan de encontrarse y perderse y volverse a encontrar. Porque la miseria es pegajosa y una vez que la pisas no hay manera de quitársela de la suela del zapato. El caso es que nuestro hombre sin nombre atraviesa pueblos miserables y vidas aún más miserables. Su única elección es con quién perder (además, es un fatalista).

Puede ser con el gordo Coluccini, antigua estrella de circo que busca llegar a Bolivia para poder robar alguna mina de oro a los indígenas. Viaja en un Gordini destartalado, estafando gasolina y todo aquello que puede. Jugándose sus recuerdos contra los recuerdos de otros a las cartas. Está Lem, que viaja en Jaguar y tiene dinero, pero no amante. A esa la acaba de perder. En el coche lleva de todo, hasta un arma, y busca la manera de saltar la banca para luego saltarse él mismo la cabeza. Una última victoria para consumar la derrota total. Está Nadia, con una belleza de la que aún quedan algunos restos, como en un naufragio. Lee el futuro pero no sabe muy bien dónde la llevará el presente. A cambio, puede llenar su Citroën de productos varios, como si fuera un ultramarinos. Porque son los pobres los que esperan un futuro y esos no tienen mucho que dar, más que pena. Ellos caminan en círculo alrededor de la nada. Pero hasta un círculo debe tener un final, aunque solo sea por agotamiento.

Maestro de los diálogos delirantes (pero ciertos), de universos perdidos en galaxias inexistentes (pero reconocibles), Osvaldo Soriano todavía cree en alguna cosa, como sus personajes. Incapaces de detenerse, incapaces de entender la derrota, habitantes de tiempos pasados que buscan incasablemente un día de mañana, en el que volverán a ser como piensan que fueron. La vida está en otra parte, la fortuna en cualquier lado. Solo hay que ponerse en riesgo. Jugarse una y otra vez contra los otros. Hacer trampas, siempre. Esperarlo todo para encontrar un poco.