Lady Macbeth de Mtsensk, de Nikolái Leskov (Nórdica) Traducción de Marta Sánchez-Nieves. Ilustraciones de Ignasi Blanch | por Almudena Muñoz

Nikolái Leskov | Lady Macbeth de Mtsensk

Cuando autores de menor popularidad, pasado lo menos un siglo, empiezan a salir de la sombra de los grandes —sombra que, en muchos casos, es faldón del abrigo protector de alguno de esos grandes—, se convierte en deporte de moda ir levantando piedras. A veces no hay más que huellas a menor escala de las conocidas; el vellocino dorado es un microcosmos nuevo, que requiera la lupa y la atención delicada. En el riquísimo bosque de la literatura rusa, leer a Leskov después de remover con la punta del pie un montoncillo de rocas equivale a encontrarse una serpiente minúscula y enroscada, que sisea el pecado de siempre con una ira inmortal y desmedida. ¿Adónde van a parar los cantos que se lanzan por desahogo? El hoyo que dejan esas piedras, como el tremor después de una patada de frustración o una hilera de ondas acuáticas, es la marca que estudia Leskov en su obra.

Pocos hasta la época de Leskov habían mostrado coraje para interesarse por la naturaleza de esas marcas; en palabras de Tólstoi, quien admiraba a su colega, Leskov sólo sería apreciado en el futuro. Pero, como exclamaba un personaje de Nathaniel Hawthorne al conocer a la Posteridad en persona, «¡menudo disparate desperdiciar tanto pensamiento en algo que por ahora no es nada!». El por ahora es lo fundamental, esa sensación transitoria que conduce a una esperanza; y, no obstante, no hay salones más vacíos de ilusión que los que hace habitar Leskov. Un logro difícil en medio de una tradición de narradores rusos, equilibristas del escepticismo y el pathos, que tiene su explicación en algo que confirma la creencia de Tólstoi: Leskov escribe como si hubiese sido dotado por azar del mayor poder de observación, tal que si los sucesos que recoge le fuesen indiferentes y apuntase el más oscuro de los poemas de boca de algún loco con quien debe compartir celda u hoguera. De la misma manera en que explicaría el mundo un dios lovecraftiano, no sólo ajeno al destino y sufrimiento de las criaturas terrestres, sino dotado de percepciones muy distintas al hombre.

Los hechos de esta Lady Macbeth refuerzan desde sus comienzos la profecía terrible de una leyenda que podría pasar por uno de esos episodios de gaceta que alimentan el escándalo social por unos días. Mediante un desarrollo despiadado y una crudeza más próxima a la honestidad que al golpe de efecto, Leskov observa la tragedia de Katerina Lvovna, típica, tópica, repugnante y excelsa como esa comunión entre la baja y la alta cultura que es la ópera. Mira, detalla aquello en lo que nos fijaríamos, como los seres curiosos e insensibles que también somos; se ausenta la objetividad fría que dicen reclamar los medios de actualidad al abordar temas semejantes, viendo el crimen como si fuese una piedra que sólo hay que lanzar, sin fijarse en su impacto ni su huella. Leskov es indiferente, pero a su vez resalta el poder de su subjetividad. Libre del enjuiciamiento y las dudas morales para ser testigo de cómo esos impulsos matan de pasión a los personajes. Contemplando el microuniverso en el musgo, bajo la piedra, no es necesario que haya un crimen más y que el autor también mate sus palabras por un exceso de ornato y pasión.

Las ilustraciones de Ignasi Blanch para esta edición siguen la guía de esa cuerda, que conduce al desastre a través de imágenes limpias pero inquietas, sencillas y directas, sin más pauta de color que el blanquinegro de todas las rutinas y el carmesí de esa larga tradición de antiheroínas que, nacidas en la nieve y acosadas por sueños de locomotoras o gatos parlantes, desean expulsar toda su bilis. El larguísimo periodo de esta Lady Macbeth siberiana dormitando entre otras famas es ejemplo de los tesoros que, por suerte, transmiten la alegría de ser restaurados y, por desgracia, evidencian la corriente oculta, a fuerza de injusta tradición, de voces femeninas y auténticos deseos de empatizar con ellas. Lvovna se rebela como hiciera Artemisia Gentileschi en la pintura del tenebrismo, catando el relato y la realidad al mismo tiempo, el sabor de una gloria que se transformaría en olvido. Preguntándose por qué victoria y castigo poseen las mismas texturas para la mujer; mientras la noche se incendia de promesas, la sangre se ve negra en la oscuridad.

[…]

Si no quieres perderte ninguna reseña de las que publicamos, puedes suscribirte a nuestra lista de correo. Es semanal y en ella recordaremos todo lo publicado durante los últimos días.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.