Natalia Litvinova. El límite del vuelo, por Francisca Pageo

Siguiente vitalidad, de Natalia Litvinova (La Bella Varsovia) por Francisca Pageo

Natalia Litvinova | Siguiente vitalidad

Natalia Litvinova es poeta y traductora rusa, pero residente desde su infancia en Buenos Aires, Argentina. En este, su séptimo poemario, nos encontramos con un libro en el que, como bien dice Piedad Bonnet en el prólogo, los poemas tienen la consistencia de los sueños; son etéreos, como si vinieran de otro mundo.

Litvinova habla de su infancia y de la infancia. Una infancia a medio camino entre la sed y el hambre. Natalia es una niña salvaje. Una niña que busca en sus palabras lo que ha sido, lo que es y lo que será.  Natalia es una niña salvaje que apenas mira con inocencia, sino con crudeza, de una manera hostil pero que sin embargo es amable hacia y con el mundo.  Natalia mira a su pasado, pero lo hace sin miramientos, sin temor. Se enfrenta a él de una manera tranquila y pausada.

En el poemario observamos la importancia de la familia y de dónde procedemos para nuestra forma de ser, nuestra forma de ver el mundo, de ver las cosas. Es innegable que Natalia bebe su infancia y su mirada para hacernos ver cómo la vida ha hecho su mirada, una mirada atenta y locuaz, que nos estremece y nos inunda de poesía y viveza. Litvinova nos habla de la sensualidad, de la mujer. Nos la muestra viva, con pasión por lo que le acontece. Nos muestra a la mujer como los pájaros nos muestran su vuelo. De manera efímera, veloz, dispar y azarosa.

Así son los poemas de la autora, como pájaros que emigran y van de un lado hacia otro sin mirar atrás, dejando atrás todo lo acontecido para dar paso a lo nuevo, pero algo nuevo con reminiscencias a lo que fue, a lo que, como ya hemos dicho antes, ha sido. Sin embargo, son pájaros que nos alcanzan en vuelo silencioso. Hay un cierto silencio en los poemas de la autora, que nos embauca, nos seducen de una manera cálida, nada fría. La mirada psicoanalítica de Litvinova, como en anteriores libros, es casi una constante. Así como también la constante rusa, pues de ahí viene la infancia de la autora. Son elementos que van variando de libro en libro pero que están ahí, atrapándonos como en sueños, como espíritus que se quedan para recordarnos qué han sido y qué son.

Estamos, sin duda, ante un poemario bello y luminoso, que nos advierte sobre cómo nuestra niñez y nuestra manera de vivirla nos tocan el alma, nos la parten o elevan. Todo rico en detalles, en esbozos. Esbozos de un alma que, aunque no es pura, es plena y está llena del aire que respiramos con aliento, con conciencia y con amor.

Los poemas tristes
son un secreto homenaje a la alegría.
De ser posible, yo pediría nacer barco,
uno que va hacia su naufragio
y sabe que hay un iceberg para él.
Mi vida consistiría en aprender
a nadar tranquila.

Fotografía de cabecera: Marco Zanger.

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Détour

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