Miguel Bonnefoy. La voz de los nadies, por Juan Jiménez García

El viaje de Octavio, de Miguel Bonnefoy (Armaenia) Traducción de Amelia Hernández Muiño | por Juan Jiménez García

Miguel Bonnefoy | El viaje de Octavio

Cuánto tiempo… Hay todo un trópico que parte del imaginario de Gabriel García Márquez, que después de todo, es el imaginario de toda una región, quién sabe si de un continente. Eso ha hecho que la etiqueta realismo mágico sea utilizada aquí y allá, aunque los trópicos queden lejos de Yugoslavia, por decir algo. Si hemos de ser justos, este realismo no es más que la realidad de unas historias orales contadas por gentes anónimas y tan deformadas y mágicas como sus propias vidas. En El viaje de Octavio, primera novela de Miguel Bonnefoy, un francés de padre chileno y madre venezolana, encontramos algo de esto. Se podría decir que del escritor colombiano, pero intuimos mucho más el imaginario colectivo de unos pueblos ahora lejanos para él pero con unas historias tal vez no tanto.

Octavio es analfabeto. Eso, en según qué sitios y épocas, no debe ser extraordinario, pero ahí, en San Pablo del Limón, todos saben leer y escribir. Octavio es analfabeto, pero no reconocido. Recurre a una herida en la mano para no tener que escribir y a contar cualquier cosa para no haber entendido bien lo escrito. Con todo, en su oficio, que es robar, se necesita lo que se necesita. Forma parte de la banda del Guerra, un tipo refinado pese a todo, que ha ocupado una iglesia y que roba las cosas más extrañas, rara vez dinero. Un día, la vida nada complicada de Octavio (la simplicidad como identidad, que dice su autor), se cruza con su vida delictiva, y eso le lleva a emprender un viaje, que solo es largo porque a pie todo está lejos e incluso muy lejos. El viaje le resultará revelador por muchas razones, pero yo ya no pienso revelar ninguna más.

Miguel Bonnefoy construye su novela como una vida sin milagros que milagrosamente tendrá el suyo. Retrato de unos parajes remotos en los que la vida discurre con una extremada lógica, tan lógica que parece mágica. Las cosas son así y por qué deberían serlo de otro modo. Octavio se enfrenta a la vida como alguien que puede no entender nada pero sí saber de todo y lo suficiente para que las cosas ocurran. Y allí, en los aquellos remotos lugares, las cosas ocurren.

Seguramente aquel realismo mágico de García Márquez (como este libro de Bonnefoy) no tenían de revelador el lenguaje con el que estaban escritos ni sacar del silencio a aquellos seres que siempre eran los extras de la historia de algún otro, el telón de fondo pintoresco que valía más ocultar. Eran los que empujaban el barco de Fitzcarraldo. Es decir, nadie. La verdadera revolución fue escucharles. Detenerse un momento y escuchar todo aquello que tenían que contarnos. Porque durante tantos años, la historia del mundo fue oral. Una historia de deformada, que de tan deformada acabó por ser sobrenatural.

Y eso es también El viaje de Octavio. Un libro que escucha, que cuenta aquello que ha escuchado, que se enreda en los mitos, en las leyendas populares, en la gente común, que siempre tiene algo de excepcional. Que como la hiedra va adhiriéndose a la realidad existente para construir otra, más bella, más justa, más apasionante.

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Détour

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