Michel Leiris. Soñarse, por Juan Jiménez García

Noches sin noche y algunos días sin día, de Michel Leiris (Sexto Piso) Traducción de David M. Copé | por Juan Jiménez García

Michel Leiris | Noches sin noche y algunos días sin día

Como una persona incapaz de recordar sus sueños, más allá de algunos apuntes perezosos, de restos del naufragio-noche, no dejan de fascinarme los libros de sueños, en los que uno es capaz de recordar hasta los más pequeños detalles. A menudo, estos libros se convierten en una mera sucesión de escenas que esperan de nosotros, lectores, que les demos un sentido (en el caso de que estos tuvieran alguno, que seguramente se le escapa al propio escritor-soñador). O eso pensaba. Hasta que ahora está aquí este Noches sin noche y algunos días sin día (título bellísimo, arrebatador). Un libro que es un misterio. O un libro que está atravesado por un misterio. Por la poesía, por la vida, por el reverso de la vida.

Michel Leiris siempre, de algún modo, escribió sobre él mismo. Ya fuera cruzando África o hablando de la pintura de  Francis Bacon. Escribir es un acto personal que uno comparte, pero ese acto personal no puede sustraerse a aquello que somos. Dado que no puede sustraerse, mejor quedarse ahí, enfrentado al otro, al otro que lee. O a nadie. Buscando las vanguardias, Leiris encontró el surrealismo. Como Robert Desnos, era un soñador. Como Desnos acabó saliendo del grupo. Aquel a empujones, este sin demasiados traumas. En aquellos años veinte, empieza a anotar sus sueños. Su intención es escribir una novela con ellos. Pero, como le ocurrió con la etnografía y El África fantasmal, acabó por escribir sobre sí mismo.

El libro no se publicó hasta pasar la ocupación alemana, aunque era anterior. Al contrario que otros tantos, se negó a publicar entonces. Años después, añadió algún sueño más y volvió sobre aquellos otros. Como uno no sueña cualquier cosa, los sueños acaban por ser una autobiografía inconsciente, que discurre paralela a su vida, habitados por los mismos personajes, los mismos miedos, las mismas esperanzas. Está el día y está la noche. Eso es todo. Leiris piensa en el sueño como telaraña. Es inestable, es velado. Los años veinte, los años del surrealismo, de la poesía, serán años de sueños perturbadores. Los años treinta traerán la movilización y la guerra. Los cuarenta la ocupación. El resto, sueños que serán relatos. El hombre convertido en literatura. La literatura del hombre.

Estas noches sin noche, estos días sin día, están cruzados por la poesía. A veces son solo unas líneas. Otras unas páginas. Siempre late en ellos algo más que una anécdota y mucho más que una imagen automática, como esos sueños en los que los surrealistas no dejaban de ser surrealistas, como si fuera un trabajo a tiempo completo, conscientes o inconscientes. Si alguna vez fuera capaz de recordar mis sueños, me gustaría que fueran como los sueños de Michel Leiris. Bellos, justos, atrevidos, vividos alguna vez, llenos de todas aquellas personas que significan algo para mí, y también de los miedos íntimos, que lejos de ser abstractos son concretos, y siguen ahí, al despertarnos, desprovistos de su inmaterialidad y llenos de huesos y columnas vertebrales.

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Détour

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