El hielo en el fin del mundo, de Mark Richard (Dirty Works) Traducción de Tomás Cobos | por Óscar Brox

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En Trabajo sucio, de Larry Brown, quedaba patente la sensación de contemplar a dos criaturas abandonadas, náufragos en el fin del mundo, cuya única posesión era la palabra, la memoria y sus confesiones, con la que dejar constancia de que todavía seguían con vida. Ante tan devastador sentimiento, la prosa de Brown se replegaba sobre sus personajes en forma de manto protector, de aliento y misericordia. Como si, en definitiva, se tratase de la única persona dispuesta a escuchar ese relato de heridas, dolor y cicatrices. Frente a esa sensación, Mark Richard plantea en El hielo en el fin del mundo una suerte de contraplano. En vez de asumir el papel de narrador que escucha las voces de los desarraigados, su talante le invita a prestarles la palabra. A escribir sobre todos aquellos rostros que le han sido cercanos, con los que ha vivido alguna experiencia o con los que se ha cruzado en algún momento. Quizá, tal vez, es posible, fantaseando qué clase de vida interior se escondía en sus cuerpos devastados.

Al tratarse de una colección de relatos, El hielo en el fin del mundo adquiere los rasgos de una cosmogonía larvada al calor de los pantanos, las marismas, las playas de piedra y las pequeñas comunidades de casas prefabricadas. Territorio white trash que, sin embargo, Richard describe con una sensibilidad parecida a la que cultivasen los Faulkner y O’Connor de turno. Consciente de que muchas de esas historias se habrán perdido, consumidas en su fugacidad, una vez el libro llegue a publicarse. De ahí, pues, que su escritura rocosa, poética a base de martillazos y golpes, resulte tan exigente para un lector acostumbrado a las frases cortas, los pensamientos vacíos y las vidas mínimas que apenas dan para unos pocos adjetivos. Precarias. Pobres. Agotadas. Y ya está. En la obra de Richard, en cambio, uno detecta una serie de constantes que sintonizan con esa sensibilidad del Sur. Pequeños gestos, tal vez, pero gestos que narran una forma concreta de vivir. Propia. De aliento salvaje. Acostumbrada a la supervivencia en los ambientes más míseros. Tal y como le sucede a los protagonistas de Abandonados, el relato que abre el libro, un cuento infantil duro, árbol de raíces podridas al que su autor se enfrenta dejando que sean las sensaciones más primarias las que expliquen esa infancia imposible que hace lo que puede para salir adelante.

En El hielo en el fin del mundo se escuchan muchas voces, ruidos de máquinas y sonidos de lugares que intuimos demasiado lejanos. Los perros salvajes curiosean bajo los tablones del suelo, a tan poca distancia que se les puede acariciar el lomo sin que salgan disparados en busca de un lugar seguro. El tren de mercancías aúlla en la medianoche para recordarnos en qué zona viven sus protagonistas, por si acaso el temblor que provoca a su paso no fuese suficiente. Y todos, sin excepción, no paran de moverse en círculos quién sabe si para evitar un final que, a todas luces, parece inminente. Y es que en cada relato, da igual el género al que se adscriba, flota ese sentimiento fatal de conclusión que, entre otras cosas, empuja a sus personajes hacia el abismo. O a la nada. O a ese lugar más allá de la nada, en el que fluye tal sentimiento de indefensión que apenas alberga respuesta posible. Richard escribe sobre vagos y vagabundos, los últimos hombres salvajes, los hundidos y los vencidos. En resumen, sobre cuya única posesión es la palabra, que administran en pequeñas cantidades para contar la historia de sus vidas.

Probablemente, la estela que dejan tras de sí los relatos de Mark Richard es la de un universo acalambrado, incapaz de reaccionar al paso del tiempo, que muchas veces se consume en el fuego (como la casa de Abandonados o el complejo de La teoría del hombre) o en sus aspiraciones de elevar a la categoría de poesía una vida absolutamente miserable, tal y como deja patente Niño pez. Testimonio y testamento. Paisaje sembrado de esqueletos, playa a la que los caballos van a morir, hundidos en sus aguas profundas, a la espera de que alguien, quizá, los empiece a echar de menos. Y es que son esos amarres emocionales, por utilizar las palabras de Richard, los que tocan la fibra lectora; los que estrechan el cerco sobre unas criaturas literarias que bracean torpemente intentando no ahogarse en la profundidad de su tristeza. Evitar el naufragio de sus vidas a toda costa.

Richard busca ese punto de belleza en las vidas marginadas. La sinceridad con la que los personajes más estrambóticos comparten sus memorias. El triste, solitario y final desenlace con el que se dirimen sus historias. El sentimiento de caminar de derrota en derrota, ante un mundo indiferente que, simplemente, deja que todo ocurra sin filtrar lo bueno y lo malo. Lo amargo y lo terrible. Por eso, los relatos que componen El hielo en el fin del mundo son, en su brevedad, un intenso recorrido por ese universo abandonado que, en la mayoría de los casos, ocupa un espacio microscópico en la hoja del periódico. Todas esas historias que nos llegan de oídas, a las que Richard presta su voz para dejar testimonio de su existencia. De ese otro Sur, más físico que mental, que muere en la orilla de la playa, en el barro del pantano o bajo el calor de los techos prefabricados. Agotado ya de nacimiento, marginado por vocación. El lugar de los náufragos que viven a la deriva, sin ni siquiera preguntarse qué sentido tiene todo esto.

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