Mark Richard. Esta tierra es mía, por Óscar Brox

Casa de oración nº2, de Mark Richard (Dirty Works) Traducción de Tomás Cobos | por Óscar Brox

Mark Richard | Casa de oración nº2

Probablemente, El hielo en el fin del mundo sea la clase de obra que se entienda mejor tras leer Casa de oración nº2, suerte de autobiografía de Mark Richard, su autor. Si en aquella, Richard llevaba al territorio del relato breve una pizca de su paisaje vital, dejando tras de sí el rastro de las experiencias vividas, en esta nos topamos de bruces con el resumen de su vida intensa. Con esa infancia de hospitales para niños enfermos a la que no haría ascos el Thomas Bernhard de El frío, marcada por un hogar turbulento y una figura paterna cuyo amor/odio negociará durante los siguientes años. Con una adolescencia que podría haber escrito un aprendiz de Melville o Lowry, en las tripas de un pesquero, al límite del riesgo y de las sensaciones extremas. Y con una madurez repleta de idas y venidas, de giros y reveses, entre los cuales sobresale el deseo de ser escritor.

Ya desde su inicio, Richard concibe el libro como un combate a varios asaltos con su memoria, tratando de establecer una distancia entre el escritor y el chico sencillo de ascendencia cajún. Un diálogo en el que la información de aquel se transforma en un ejercicio de escritura rocosa, a su manera poético, en el que su autor nunca renuncia a la contundencia. A narrar la vida desde el margen, atravesada por dificultades y penurias, sin cualquier asomo de romanticismo beatnik, con la necesidad de permitir que se escuche su voz, las voces de aquel paisaje. Las de unos personajes a ratos grotescos, a ratos tiernos, violentos y humanos -quizá, demasiado-, con los que desarrolla unos vínculos sentimentales difíciles de desligar. Tal vez porque Richard es hijo de aquella cultura que tan bien describían los O’Connor o Faulkner de la primera mitad de siglo. De aquella cortesía sureña que no por ello ocultaba su lado pendenciero, volátil e itinerante, capaz de malgastar años en trabajos miserables para, con ello, zurcir una primera visión del mundo. De las cosas. De las personas. Una visión, diríamos, a ras de suelo. Anclada en las viejas tradiciones, en la bebida, la religión, el hogar y las figuras de autoridad.

Richards dibuja a su padre como una víctima del perfeccionismo, arrinconado entre insoportables ataques de ira y el tintineo del hielo en su vaso de bourbon. A una madre a la que no acaba de reconocer si teme más a su padre o a la vida misma. O a un entorno de perdedores y balas perdidas que, a excepción del hijo del cura, tratan de abrirse camino como pueden, a codazos y golpes, en aquello que la vida les tiene reservado. De ahí que, ante todo, Casa de oración nº2 sea la clase de libro en el que su autor se dedica a observar cada brizna del paisaje. A anotar los pasajes de su memoria sin eludir los pelos y las señales. La gente que entra y la gente que sale, los que protagonizan un párrafo y los que apenas abarcan una línea -aquel Larry Brown al que descubrió en su casa bebiéndose su bourbon. Pero, sobre todo, lo que la vida le enseña sobre las cosas. El lento proceso de maduración.

Como en El hielo en el fin del mundo, Richards busca ese punto de belleza en los márgenes. En los niños enfermos que serán su paisaje de infancia, con los que jugará a las damas y al ajedrez mientras el tiempo pasa. Con los amigos de quita y pon, las novias fugaces, los compañeros de trabajo y las casas en las que se apalancará lo justo mientras busca cómo reanudar la conquista de sus sueños. Los recuerdos del Sur, el hedonismo tan propio de la Costa Oeste, el frío jodido de Nueva York y el hielo en la calle que hace que sus piernas bailen camino de la redacción de Esquire. La entrevista (casi) imposible a Tom Waits, las historias para Robert Altman, el nacimiento de su primer hijo, la sensación de que la vida se abre camino…

Es difícil no ver en la escritura de Mark Richard, como en la de Larry Brown, la biografía de aquellos náufragos de los márgenes del establishment estadounidense. Criados entre serpientes, borracheras, hierbas altas y familias de tradición. Sin embargo, Richard se las apaña para domar la alta graduación de sus palabras y conducirnos por el relato de una vida accidentada, marcada por la promesa de que a los 30 estaría en silla de ruedas, para llevar a cabo un recuento de vivencias. De rostros, lugares y voces. De palabras que el fuego del tiempo no ha podido extinguir, y que, precisamente por ello, aúllan con tanta fuerza sobre el papel. Tras esa escritura rocosa. Como martillazos empeñados en hacer resonar lo que significa estar vivo y poder contarlo.

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Détour

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