La ventana, de Mario Soldati (La fuga) Traducción de Amelia Pérez de Villar | por Óscar Brox

Mario Soldati | La ventana

Mientras escribo estas líneas, me viene a la mente La mano del extranjero, una de las pocas películas de Mario Soldati que conservo frescas en la memoria. En ella también había una desaparición y una búsqueda infructuosa, pero sobre todo esa forma tan íntima de acercarse al drama, de penetrar en la maraña de sentimientos que paralizaban a su protagonista. La ventana, la segunda novela corta de su autor que publica La fuga editores, comienza bajo la apariencia de un melodrama otoñal. Dos viejos amigos se reencuentran en Londres tras una separación que se ha prolongado durante demasiados años. Quedan el afecto y la devoción del pasado; también la pasión atenuada del narrador que, sin embargo, no es correspondida por Twinkle. Para ella, que perdió a su marido durante su juventud, nunca ha habido más que una franca amistad; un apoyo y un sostén en los momentos difíciles. Así que él, con ese poso de amargura que la distancia solo puede disfrazar de resignación, hace lo posible para mantenerse cerca. Con la pizca suficiente de tenacidad como para no olvidar sus sentimientos hacia la mujer. Para decirse que, pese a todo, conserva esa cercanía; comparte su intimidad.

La historia de La ventana es la historia de un cuadro, del paisaje típico del Londres de casas adosadas de ladrillo rojo y patios interiores que sirven de escenario para un kitchen-sink drama. Ese cuadro reclama el pasado de Twinkle, marcado por su relación interrumpida con otro italiano, Gino Petrucci, que un buen día desapareció sin decir nada. Soldati, entonces, posa su mirada sobre ella. Sobre la vieja amiga inglesa a la que tanto adora, pero de la que tan poco conoce. Se deja engullir por el remolino de antiguos recuerdos que despierta el cuadro y por el nombre que los aglutina: Gino. El amante pasajero, el italiano granuja al que, incluso, intentó proporcionarle un trabajo mientras vivía con Twinkle; el pintor dotado, pero poco constante. El último hombre del que se había enamorado su amiga. Su rival, su competidor, su frustrante sensación de que ocupó un lugar al que él nunca podría aspirar.

Soldati narra este relato de tristeza y obsesión con ternura, dividido entre la piedad que siente por la amiga que no puede evitar deslizarse por el precipicio de un amor perdido y la melancolía que le produce no ser el protagonista de sus desvelos. Y, sin embargo, qué cerca están el uno del otro, hasta qué punto las desventuras de Twinkle por el casco más bajo de la ciudad le unen íntimamente, como nunca antes. Cada vez que visitan esa minúscula casa de citas donde Gino pasó algún tiempo y se dejan embaucar por los cuentos chinos de las dos mujeres que no pueden reprimir su devoción por aquel; cada vez que los bocetos de la ventana retrotraen a Twinkle a otro tiempo. Un tiempo de juventud, de eternidad, de amor y despreocupación que, en su vejez, aparece demasiado lejano. Inalcanzable. Marchito. Y es que La ventana es, en el fondo, un relato sobre las expectativas. Sobre ese fondo que todos, en algún que otro momento, construimos como sustento para nuestros sentimientos. Como unas palabras de aliento o una manera de convencernos de las decisiones tomadas. Con la amargura del amigo que sabe que ya no podrá rebasar el límite que la mujer a la que tanto desea colocó años atrás y con la pena de esa mujer que, aun consciente de ello, se empeña en buscar al hombre que desapareció de su vida para siempre.

La ventana refleja algunos de los sentimientos más profundos de la vida en un tono sensible, pero no ligero; transparente, nunca embarullado. Soldati conduce a sus personajes con facilidad por los vericuetos del amor, la pasión y la obsesión. A ratos con dulzura, propia de esos viejos amigos que se reencuentras; a ratos con dureza, a medida que el tenor de la obsesión de Twinkle alcanza unas cotas inaceptables. En el fondo, su caída en el abismo del amor reabre las heridas nunca cicatrizadas de ese otro amor que el narrador se resiste a apartar. El suyo propio, tan seguro de sus sentimientos que podría contarnos toda una historia sobre la vida junto a Twinkle que, sin embargo, nunca tuvo lugar. Que no existió, más allá de la zona de seguridad que marca la amistad. Frente a ese amor real, cercano y fiel, Soldati describe ese otro inconquistable, libresco, herido por un instante fatal que el tiempo ha arrastrado hasta los últimos años de nuestra vida. Tal que si su protagonista se hubiese pinchado con la rueca de La bella durmiente o con la espina envenenada de un rosal. Tan dulce, tan cálida, que no quiere despertar de esa única ensoñación en la que el recuerdo de Gino, de aquel italiano al que ahora ya no podría distinguir entre la multitud, se conserva como si nunca hubiese desaparecido.

En muchos aspectos, La ventana es una novela sobre la devoción del corazón, la subordinación a los pequeños grandes desórdenes sentimentales que respiran por nosotros. Que viven por nosotros, mientras soñamos con un destino mejor. La obsesión, la dulzura, la tristeza y, finalmente, la resignación. El breve encuentro entre dos amigos que, más que nunca, son conscientes de la distancia que los separará para siempre; que nada podrá vadear. Un melodrama otoñal, narrado con la calidez de una escritura sensible e íntima, sobre dos almas que caminan por lugares separados. Sobre dos amores de naturaleza distinta que, paradójicamente, coinciden en su imposibilidad. Sobre la melancolía y el dolor (un dolor que toleramos, que acogemos como otra parte más de nosotros mismos) compartidos. Sobre el amor y la herida que deja en el tiempo.

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