Cuentos completos, de Mario Levrero (Literatura Random House). | por Juan Jiménez García

Mario Levrero | Cuentos completos

Los relatos de Mario Levrero empiezan con su propia narrativa. Cierto que la tradición del cuento en Latinoamérica es larga. Que los más grandes narradores de allá, lo fueron también en esta distancia. Tal vez es solo una cuestión de tiempos. Un tiempo de revistas literarias que se va perdiendo. Entonces tenían otro sentido y los libros de relatos acaban por ser no un propósito en sí mismo sino la reunión de una obra dispersa. Conjetura (seguramente llena de errores). En todo caso, nada cambia la importancia del relato para un buen número de escritores. Levrero podía tener un extraordinario referente en su compatriota, Juan Carlos Onetti. Luego se marchó a Argentina, por cuestiones de supervivencia. El país de tantos extraordinarios maestros de la brevedad. Y allí hacía crucigramas, como los hacía Georges Perec en Francia. Me gustan esas extrañas relaciones, que uno podría pensar causadas por el azar, pero que quizá son cosa del destino. Ahora se reúnen los cuentos completos de Levrero. Algo necesario. Y en ellos confluye toda su obra, todas sus inquietudes y géneros, que fueron muchas y muchos. Relatos que se extienden desde su nacimiento literario, a principios de los setenta, hasta su muerte.

Tomé algunas notas y escribí: Lo extraño. Mejor, lo raro. Es complicado encontrar un solo hilo que enlace toda esta obra breve. Fabián Casas, en su prólogo, encuentra dos: Kafka y los cuentos infantiles y el realismo. Cómo dudarlo. Sin ninguna dificultad podríamos tener dos cestos y lanzar en ellos, con indudable precisión, cada uno de ellos. También sus libros. Pero en cada uno de esos dos cestos se encuentra un poco del otro, un aire. Cierto es que estos territorios quedan delimitados a su manera. Pienso en el humor. El humor está terriblemente presente en sus relatos realistas. No sé por cuál extraño motivo me viene ahora a la cabeza Osvaldo Soriano. Es su manera de dislocar el mundo, de dejar un lugar a eso, a lo raro, lo enrarecido. Cuando se acerca a Kafka, cuando se acerca a esos cuentos infantiles, lo hace a través de algo próximo a la ciencia ficción, a lo sobrenatural. Voy a decirlo: a lo ajeno. Siguen atravesados por esa misma extrañeza, pero de otro modo. El mundo real frente al mundo soñado. Lo palpable, aún con sus dudas, frente a lo intangible.

En Todo el tiempo, traza involuntariamente una frontera: cuando creíamos que todo había terminado, todo estaba recién por comenzar. Me parece una bonita línea divisoria. Pero esta línea que atraviesa sus relatos, también está en sus novelas. Nada se va descubrir que no estuviera ya, y la diferencia entre novelas y relatos es tan escasa como innecesaria. El movimiento que impulsa su escritura es el mismo. Por eso me resulta tan complicado entrar en cada uno de los relatos, en unos pocos, en apenas alguno. Leídos así, uno tras otro, se convierten en una sola cosa llena de infinidad de matices y cada uno va encontrando se acomodo en universo levreriano, engranajes (pienso en la portada del libro) de una maquinaria, de esa máquina de pensar. En los cuentos de Levrero hay que sumergirse con el menor número de advertencias posible. Con el menor número de advertencias imposibles. Podríamos hablar de descubrir a Mario Levrero, ese escritor olvidado y sin boom. Nuestras posibilidades se han multiplicado como sus ediciones. Pero sigue siendo una feliz cuestión íntima. Una iniciación personal a una secta inexistente pero de la que nos sentimos parte. Cada relato, cada libro, es otra parte de su trayecto, de sus múltiples trayectos. Y solo a nosotros nos corresponde establecer nuestra relación con él y con ellos. Del encuentro con su escritura solo se puede salir radiante, porque tiene la energía de las causas perdidas.

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