Marek Hłasko. Vida de perdedores, por Juan Jiménez García

Matar a otro perro, de Marek Hłasko (Malpaso) Traducción de Jerzy Slawomirski y Anna Rubió | por Juan Jiménez García

Marek Hłasko | Matar a otro perro

Un catorce de junio de mil novecientos sesenta y nueve moría Marek Hłasko y aún se piensa si fue un suicidio. Murió lejos de todo. También de sí mismo. Había atravesado velozmente treinta y cinco años de existencia, que fueron suficientes para crear toda una mitología, dejar alguna muerte fortuita sobre su conciencia y también un puñado de libros y películas. Ya sabemos cómo funciona esto. Un día eres un escritor. Luego mueres y eres un escritor maldito. Pasan los años y eres un escritor de culto. Y nadie leyó tus libros. Con Marek Hłasko tenemos una oportunidad. Hace unos años Automática publicó los relatos de El octavo día de la semana y, ahora, Malpaso publica este Matar a otro perro, novela. Entre todo, el descubrimiento de un escritor brutal que no necesita ni tan siquiera de esa mitología para serlo.

Jakub es un joven conquistador de mujeres americanas perdidas por las playas israelíes. Un poco de ternura y una aproximación temeraria a la muerte (con un calculado, pero siempre imprevisible, intento de suicidio) deben ser suficientes para conseguir algo de dinero con el que ir tirando, hasta que surge otra oportunidad. Jakub pone su cuerpo, esos alrededor de treinta años, pero el cerebro es cosa de su compañero de aventuras, el viejo Robert. Robert iba para dramaturgo, para director de escena, para actor, para crítico, en fin, para cualquier cosa que tuviera que ver con su desenfrenada pasión por el teatro, pero todo se le quedaba pequeño. De todo eso sobrevive el mundo como escenario, Jakub como actor principal, las americanas como comparsa y un necesario perro para aportar un dramatismo insoportable. Robert creará esas ficciones que se representan al aire libre, será el apuntador de su fiel amigo y escribirá la vida, una vida que es un asco y que ellos viven con ese mismo y profundo asco.

Hłasko parte de su propia vida, que daba para mucho, también para morir de cualquier manera. Con ella, como una palabra escrita capaz de animar a un monstruo, nos conduce en un viaje abismal que ni siquiera atraviesa el infierno, porque no hay nada que atravesar. Todo es una misma cosa y esa misma cosa es una porquería. Atrapados en su peligrosa y deprimente rutina, Jakub y Robert son esos perdedores que nunca ganan, ni cuando todo sale bien (esa es precisamente su mayor derrota). Un poco de dinero para continuar, otro perro, otra americana, otra muerte tentada. Otra obra que representar, ahí, ante todos, frente a un público entregado.

Construida a través de una idea fascinante (escribir la vida de otro, incapaz de vivir la suya propia o necesitado de ese apuntador que le diga cómo hay que hacer, qué hay que decir), el escritor polaco se entrega una melancólica historia llena de la crueldad de quién no tiene nada, lo necesita todo, le da igual ese todo y no espera ningún tipo de justicia. Simplemente los días pasan y hay que estar junto a ellos, como si fueran enfermos cuidados por otros enfermos. Ni tan siquiera es triste, sino más bien una historia llena de veneno, un veneno que recorre todas sus páginas en forma de líquido humor negro, muy negro.  Vidas nada heroicas vividas por dos personajes shakesperianos de segunda fila que reclaman su momento de protagonismo, como aquellos Rosencrantz y Guildenstern o aquel Falstaff que correteaba asustado por los campos de guerra sembrados de muertos. Tierna y brutal.

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Détour

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