Maldita literatura, de Lur Sotuela (Eneida) | por Juan Jiménez García

Lur Sotuela | Maldita literatura

Las vidas imaginadas tienen un amplio pasado literario tras ellas (y seguramente un largo futuro por delante). Cómo no tener presente a Marcel Schwob y sus Vidas imaginarias o, personalmente, Contad, hombres, vuestra historia, de Alberto Savinio, pasando, cómo no, por Jorge Luis Borges y tantos otros. A esas vidas literarias podríamos añadir los heterónimos de Fernando Pessoa, que fue un paso más allá, creando no solo el personaje sino siendo él, dotándole de una corporeidad, de una vida y obra, de una intimidad. Entre todos ellos, se sitúa Lur Sotuela, con este Maldita literatura. Reunión de heterodoxos, malditos y marginales que primero habitaron en las ondas de la radio, a través del programa La hora azul, y que ahora acaban en aquel lugar del que provenían, el papel.

Digo que se sitúa entre todos ellos porque no se abraza a ninguno. En un libro en el que nada es cierto, ni tan siquiera la contraportada (y acabamos dudando hasta de la existencia del propio Lur Sotuela), los mecanismos de esos distintos relojes se cruzan para crear otra maquinaria. Creados aquellos personajes imaginarios que solo ahora habitan la literatura, se les da un cuerpo y una obra, y también todo un aparato crítico y memorialístico que habla de ellos, en un juego de heterónimos y muñecas rusas. En una nueva vuelta de tuerca, unos justificarán a los otros, hasta convertir el mundo entero en una invención. La invención de la realidad.

Los personajes desfilan a través de los tiempos. Cada uno tiene años o siglos y una obra a menudo breve, porque sus ocupaciones eran otras. Ser asesinos, nazis, boxeadores, brujas, jardineros, marineros o licántropos. Viven su obra intensamente, con la permeabilidad que da tener una vida aún más intensa que su literatura. Se escribe porque no se vive, decía Fernando Arrabal, y todos estos escritores parecen tener como misión contradecirle. Las palabras y la sangre, para conformar un cuerpo ajena a todo. A ellos mismos, a la sociedad, a la literatura, a la vida misma. No fueron más extraños como escritores que como hombres o mujeres. Igual de malditos, igual de heterodoxos, sin duda igual de marginales.

No es suficiente con crear cuerpos de barro. No es suficiente con crear al golem. Hay que insuflarle vida. Escribir el nombre secreto de Dios en una hoja y ponerlo en su boca. Cada personaje tiene que recibir algo de cierto para ser creíble. Meter entre las palabras algo de uno mismo para animar ese cuerpo muerto. Lur Sotuela se entrega apasionadamente al miniaturismo, al modelismo. A encajar engranajes y nervios e insuflar ese último aliento para que cada una de estas vidas imaginadas tenga su razón de ser, sus motivos para vivir. Y el conjunto se convierte en una apasionada declaración de amor por otra literatura que crece en los márgenes, que tal vez existió y desapareció entre la noche de los tiempos, que es lo suficiente extensa y lo suficientemente oscura para ello.

Vivir como escribir. Vivir para escribir.

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