Louis Couperus. El instante decisivo, por Juan Jiménez García

Éxtasis, de Louis Couperus (Ardicia) Traducción de Julio Grande | por Juan Jiménez García

Louis Couperus | Éxtasis

Me pregunto si Éxtasis es un libro sobre la fugacidad. También la palabra éxtasis quiere decir ya para nosotros otra cosa, alejada del significado que tenía que tener en aquellos finales del siglo XIX en el que Louis Couperus escribió su libro. Digamos que la acepción tercera ganó frente a la segunda y, a ratos, modestamente esperamos la primera acepción. En todo caso, la propia palabra nos remite a esa fugacidad de la que hablaba (cómo mantener ese estado indefinidamente) y también al vértigo, no menos presente. Y lo complicado es llegar a todo ello mediante una vida contemplativa, no yendo a su encuentro, sino escapando a lo evidente, echando tierra sobre los sentimientos o mirando hacia otro lado.

Cecile Van Even es una joven viuda con dos hijos pequeños. Su marido era Ministro de Exteriores y le dejó una cómoda posición que le permite aspirar a una silenciosa soledad de paso de días y pocos sueños. La sola idea de llevar un diario se antoja bien extraña, dado que nunca parece pasarle nada (algo que ella niega con vehemencia). Ha transcurrido un año y medio desde aquella muerte pero ella sigue de luto, entre el amor y el respeto, que en determinados medios sociales y en determinadas épocas, tiende a confundirse. En su melancólica existencia, en la que echa de menos todo, aparece Taco Quaerts, que poco parece tener en común con ella. Pero no es cierto. O solo a medias. Quaerts vive una vida torturada por una doble personalidad: en él se encuentran una persona sensible, con alma, y un diablo que carece de tal cosa.

Entonces empezará una relación llena de sutilezas, de matices, como una partida de ajedrez triste, en el que las piezas no buscarán ganar, sino solo moverse por el tablero, temerosas de hacer daño a alguien en cada uno de sus desplazamientos. Una historia de matices, de pequeños gestos llenos de enormes significados. Cecile, que ya no esperaba nada de los años por venir, más allá de dedicarse a sus hijos, entiende que todo eso es imposible, que no se puede ser inmune a los demás ni habitar en un artificioso vacío. Quaerts, por su parte, incapaz de superar su dualidad, solo teme por ella, por todo lo que puede perder y lo poco que encontraría. El tiempo se ha detenido.

Louis Couperus escribe su novela como sus personajes viven su vida. Una novela en cinco actos, en cinco fragmentos de esas existencias atormentadas (aunque sería mejor decir, ocupadas en sus pensamientos). Esperando ese instante decisivo en el que crearán algo entre todas esas vacilaciones, entre todos esos corsés. Como ese personaje al fondo, el del niño Jules, un niño incomprensible porque es demasiado evidente. Un niño que no quiere aprender nada para que ese aprendizaje no condicione su manera de acercarse a la música. Él será la simpleza del pensamiento infantil dentro de ese mundo que parece aspirar siempre a lo sublime de los adultos. Mientras solo espera ese instante en el que algo temblará, los demás buscan un futuro, incapaces de moverse en el presente. Solo él puede aspirar a ese éxtasis. Los demás se tendrán que conformar con las migajas, con el sueño de alguna noche, el pensamiento melancólico y una vida entregada a pensar lo que podría haber sido y no fue.

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Détour

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