Inmersión, de Lidia Chukóvskaia (Errata Naturae) Traducción de Marta Rebón | por Juan Jiménez García

Lidia Chukóvskaia | Inmersión

Una vida reducida a unas pocas líneas, como si eso fuese posible. Además, una vida difícil, una vida soviética, una vida en los tiempos de Stalin, entre muertes de seres queridos y olvido. Escritora sin lectores, decía de sí misma. Una escritora a la que no se podía leer. Recuerdo las lamentaciones de Mijáil Bulgákov en sus cartas… No dejarle ser escritor (y escritor es escribir pero también ser leído) equivalía a condenarle a muerte, una muerte en vida. Lidia Chukóvskaia no debió de estar lejos de ahí. Pero frente a la desesperación, que sin duda existía, eligió la resistencia. Incluso podríamos decir la persistencia. Nacida en 1907, hija del escritor Kornéi Chukovski, su segundo marido, el físico Matvéi Bronstein, es detenido y ejecutado en 1938. Aquello le lleva a escribir Sofia Petrovna, la historia de una mujer que no logra entender la naturaleza de esa época de terror que le rodea. Una historia escrita desde el corazón de esos mismos años de destrucción y muerte del ser humano. La novela no se publicó hasta cincuenta años después y en ella ya está contenida lo que será su destino. Inmersión se publicará en 1972 en Nueva York. Los años habían pasado. Mal.

Febrero de 1949. Nina Sergeievna llega a Kuzmínskoe para pasar un mes de retiro y acabar una traducción. Es una de las afortunadas a las que la Unión de Escritores ha concedido ese privilegio, alejarse de Moscú. Lo que debía ser unos días de trabajo y descanso se convierten en un lento regreso, a través de los paisajes nevados, hasta los años de las persecuciones estalinistas. Ese 1938 en el que su marido fue detenido y torturado. Y luego llego la condena: diez años sin derecho a correspondencia. Y Nina era capaz de soñar con aquellas torturas pero no con el lugar dónde estaría encerrado, porque, como dice, no se puede soñar con algo que no se conoce. En aquel retiro conoce a otros escritores, y entre ellos a Nikolái Aleksándrovich Bilibin, que está acabando una novela sobre un héroe del carbón. Con él entablará una relación muy especial, cuando sepa que también él fue detenido, sufrió las torturas y la devastación. Y por él sabrá que ese sin derecho a correspondencia en realidad es un sin derecho a vivir. Una condena a muerte ya ejecutada. Y que Nina, ya no tiene nada que esperar, pero si algo con lo que soñar, porque finalmente podrá conocer ese espacio vacío.

Así irá realizando inmersiones en su pasado y en el bosque, a través de los caminos nevados. Un intento atrapar algo en el abismo de lo vivido. Iluminaciones íntimas a partir de la propia historia de Bilibin, para entender que el destino íntimo también puede estar ligado a un destino colectivo, como ondas que se expanden en el agua por la caída de una piedra, para acabar desapareciendo. Una desaparición que intentamos evitar, una y otra vez, hasta que el miedo, el temblor, la muerte nos alcanza, y volvemos a la tierra. Y, en uno de los momentos más conmovedores del libro, se convertirían en tierra las manos, los ojos y la boca. La memoria. El sufrimiento. Los pecados. La verdad. La mentira. Cuánto habrá de Lidia en Nina… Tal vez todo y Bilibin solo sean sus dudas, materializadas en ese hombre enfermo y derrotado, pero que se aferra a la vida y a su migajas. Juicios que se pierden en los caminos llenos de curvas y callejones sin salida de la historia, pero la pequeña historia, la de cada día. Inmersión es un libro de una belleza extraordinaria, porque en él está todo lo que es pequeño pero tan grande que con dificultad cabe en una sola vida (y de nuevo viene a mí la palabra destino). La pérdida, las dudas, la búsqueda, las respuestas, vivir, sobrevivir, transitar, transigir, resistir, memoria, olvido, vacío, aprender a estar en silencio. Juntos en silencio.

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