Libros

Los espacios de Marguerite Duras, de Marguerite Duras y Michelle Porte (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo) | por Ferdinand Jacquemort

Hasta qué punto los lugares lo son todo… El lugar donde habitamos, aquel en el que estamos, aquel del que surge todo (o se desvanece), también la creación, los personajes, las palabras. Marguerite Duras habla de sus espacios, transcripción de unas conversaciones para un programa de televisión, con Michelle Porte. De la lavanda puesta cada año sobre la puerta de entrada, de las telarañas imposibles de alcanzar, en fin, de esas cosas que son la vida. Las imágenes se suceden, las fotografías. Las mesas donde escribir, un poco por todos lados. La luz, tanta. El bosque, más allá. Lamentamos no poder escuchar su voz, perdernos en sus pausas, sus silencios, conocidos (es otra cosa). Habla de la salida de los niños del colegio, de sus voces, de sus juegos, y solo quienes hemos vivido junto a una escuela (quizás) podamos entenderlo. Hay espacios en los que uno está, muchos, pero solo habitamos en unos pocos, apenas.
De aquella casa surgieron aquellas otras mujeres. De allí, aunque sus destinos, sus propios lugares, sus paisajes, fueran otros: Lol V. Stein, Nathalie Granger, Anne-Marie Stretter,… Marguerite Duras habla también sobre ellas. Sus imágenes se suceden a las de la casa, su cine a su vida allí. Todo se confunde, porque es una única cosa. También los recuerdos de su vida en Indochina, su madre, el dique (siempre el dique), el hermano. El cine. La imagen, ese espacio en el que todo está escrito, frente a la escritura, donde no es posible “dar cuenta de todo”.

Escenes de batalla i paisatges de guerra, de Herman Melville (Brosquil) | por Óscar Brox

Entrar en la obra poética de Herman Melville recogida en Escenes de batalla i paisatges de guerra implica sumergirse en el corazón de la Guerra Civil estadounidense, desde sus primeros latidos, con los primeros conatos de rebeliones esclavistas y de discrepancias entre las economías de Norte y Sur, hasta su elegíaca conclusión. Entre 1860 y 1865, Melville canta las dificultades que atraviesan al país, los héroes efímeros cuyos nombres se inscriben en las tumbas, la delicada estabilidad que conduce al pueblo entre la apatía y el entusiasmo, o cómo las convicciones morales y religiosas, ante el primer estallido de la contienda, descubren su fragilidad. Así, Melville hace de la poesía otra forma de retratar la crónica de aquel período convulso, dibujando pequeños cuadros familiares (the appealings of the mother / To brother and to brother / Not in hatred so to part— / And the fissure of the heart / Growing momently wide) donde los rostros invocan el dolor de una nación ante sus continuas heridas difíciles de restañar. Así, también, de la transitoriedad de los sentimientos, que abaten cualquier arrebato de gloria, éxtasis o triunfo, presentando a los protagonistas como víctimas de la soberbia de una guerra fraticida que deja tras de sí un reguero de muertos o el amargo sabor de su recuerdo. Porque estas escenas y paisajes están inscritas en el vientre de América con la misma ternura descarnada con que Melville pintaba aquellos pasajes de la vida en los mares. Y América es esa gran madre, en cuyo seno hollar nuestros sueños, a la que Melville dedica una de las más hermosas elegías, la de la pérdida de una inocencia que, tras la batalla, endurece nuestro corazón revelando, como afirma el propio Melville, ese dolor que purifica desde la mácula.

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