Lewis Carroll. La poesía maleta, por Almudena Muñoz

La caza del Carualo, de Lewis Carroll (Nórdica) Traducción de Jordi Doce. Ilustraciones de Tove Jansson | por Almudena Muñoz

Lewis Carroll | La caza del Carualo

El Jabberwocky era un poema que Alicia leía del derecho al colocarlo frente a un espejo, aunque su significado continuase resultando igual de abstruso que apartado del espejo y leído del revés. Esta disociación entre la manera tradicional de entender el lenguaje y el lenguaje mismo se aplicaría a la obra total de Lewis Carroll: ¿cuál es la forma correcta de entender algo que cuestiona las reglas de la comprensión sometida a consenso? Sus manifestaciones más descaradas, como aquel Jabberwocky o The Hunting of the Snark, que Nórdica presenta como La caza del Carualo, podrían recibir el trato paternalista que merecen las ensoñaciones románticas de un matemático hecho y derecho. Pero también es muy probable que sea el matemático quien revele esa rama de su ciencia que comprende que el mundo es sólo un caos sometido a sistemas temporales, deshechos y del revés. Es totalmente legítimo, por tanto, que la poesía esté haciendo continuamente las maletas.

Con equipaje desconocido parten diez tripulantes a la busca del Snark, o Carualo, y tan inútil es intentar definir a la bestia como a sus cazadores, procedentes de los gremios más variopintos. Su viaje será retratado en ocho episodios, aunque Carroll haga referencia a todo ello como una agonía, en su sentido cómico y literal (recordemos que la maleta se ha hecho deprisa, introduciendo al azar cualquier prenda útil). Podríamos sentarnos en un murete de jardín para ir abriendo los compartimentos y las bolas de calcetines de uno en uno, debatiendo acerca de qué estampados casan mejor los unos con los otros y por qué motivo otros no pueden estar nunca juntos, y por qué para ciertas sensaciones no hay una palabra, sino muchas, y por qué no está permitido mezclarlas todas. Pero esa no es tarea nuestra, a lo sumo del traductor, y Jordi Doce emprende la travesía como un documentalista riguroso que prefiere tener el diccionario cerca y la acción a lo lejos, vista por un telescopio. Eso ofrece una versión inevitablemente personal, pero rigurosa, en sintonía con el poema original (que también se incluye en esta edición) y con las demás traducciones realizadas en castellano, aunque la referencia principal sea la de Ramón Buckley (disponible en Cátedra).

Estas prácticas serían completamente razonables en el mundo carrolliano, pues si la asociación entre una palabra y la realidad a la que apela es una invención humana derogable, también el vínculo entre las palabras de distintos idiomas, y más allá aún hacia las imágenes que sugieran. La anarquía semántica que late de fondo en los razonamientos del mundo de Alicia daría validez a cualquier propuesta formal sobre su obra, pero finalmente el académico termina agitando sus patitas en lo alto del murete y blandiendo un manual de conducta. A fin de preservar la locura de los libros de Carroll, necesitamos un sistema y unas referencias que de manera unánime consideremos dignas y respetables. ¿Acaso no serían más acordes al mundo de las maravillas los dibujos realizados por un niño, o las propias ilustraciones de Carroll en el primer manuscrito, torpes y de estética poco amistosa? No: nuestra razón ya le ha cedido la corona a Tenniel, o a cualquier ilustrador que recupere en alguna medida el hálito de aquel artista eduardiano. Por eso resulta tan refrescante que, en medio del paseo por un universo demasiado familiar, caigamos en el hoyo de una historia paralela y alternativa.

El origen de La caza del Carualo se halla en una edición facsímil de la Tate Gallery, que recuperaba las láminas diseñadas por la ilustradora finlandesa Tove Jansson en 1959. Por entonces, Jansson ya había asentado su fama como creadora de la familia Mumin, los archifamosos troles blancos que mostraban una recurrente tendencia a entremezclar malentendidos y vaivenes emocionales. Ese dualismo que tiene de base un carácter naíf casaba a la perfección con los tripulantes que persiguen al Carualo, movidos por el ansia o el terror, o sin ser conscientes de otro motivo que la búsqueda en sí misma. El cariz que toma el poema en ciertos momentos, casi un Moby Dick en miniatura (de formato y apto para niños), ha inspirado no pocas interpretaciones existencialistas y psicológicas acerca de lo que representa el Carualo. Sin embargo, para Jansson la criatura es lo de menos. En las ocho ilustraciones, inventa con su estilo reconocible y ligeramente abstracto a los caballeros de la expedición, hombres de anatomías extrañísimas y complementos agigantados, inmersos en un paisaje a veces racional, a veces onírico, que comparte el espíritu amenazador y divertido de la prosa y poesía de Carroll.

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Détour

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