Leonor de Recondo. Las mujeres junco, por Dara Scully

Amores, de Leonor de Recondo (Minúscula) Traducción de Palmira Freixas | por Dara Scully

Leonor de Recondo | Amores

Una mujer burguesa, esbelta, joven, en el centro de una habitación vacía. Observa su cuerpo con los ojos opacos, con una repugnancia adquirida, asimilada desde su infancia. Una mujer que desdeña esa carne, su delgadez, la ausencia absoluta de deseo. Mientras, en ese cuarto, otro cuerpo de una blancura lechosa, carnal, tirante por la preñez. Un cuerpo que sacude la conciencia. Que tiembla de miedo y abre ante sí un abismo peligroso. Victoire y Céleste. Señora y criada: la mano que ordena y la cabeza baja que obedece. Dos clases sociales irreconciliables. Dos vacíos hondos que hieren. Y al borde, levísima, apenas palpable, una promesa.

Un hijo, que nacerá del cuerpo de Céleste para reposar en los brazos de Victoire. El fruto de la vergüenza envuelto en una mantilla de hilo. Un niño que llorará bajo el piano, que se dejará morir ante la ausencia de una mano que acaricia. Ese hijo nacido de la violación, de quien considera a Céleste menos que nada, un objeto inerte del que servirse. Una criada.

Porque Victoire, esposa de Anselme, mujer burguesa, no es realmente nada. Pero Céleste es menos todavía. Una muchacha que salió de una granja donde, incluso allí, era apenas una piedrecita. Musgo al borde del sendero. Una de tantos hijos que crecían ignorantes y desordenados, haciendo del bosque un nido, el único lugar amable. Céleste abandona la granja, encuentra una posición: sigue los pasos de los de su clase. Y en esa casa silenciosa frota la plata hasta que reluce, alisa las arrugas de las sábanas, cede al peso brutal de Anselme cuando la viola por las noches. ¿Qué puede decir? Céleste es una muchacha sin voz. Pertenece al hombre y a la casa: debe doblegarse. Como un junco, Céleste supera el vendaval, y su cuerpo, lejos de quebrarse, se rebela contra ella. Llega el vientre hinchado, el dolor, el hijo. La traición expuesta a la vista.

Y sin embargo, será ese hijo quien enseñe la ternura. ¿Lo imaginan entonces, Victoire y Céleste? ¿Imaginan su carne como un hilo que conecta los cuerpos, los vientres, el sexo? ¿Imaginan el sueño en la cama de hierro de la criada? Ambas pronunciarán sus propios nombres. Ambas se pronunciarán, y durante meses trascenderán lo que el mundo quiso que fueran, nada y menos que nada, dos mujeres plegadas al deseo masculino. La burguesa casada a la fuerza. La criada arrojada sobre la cama como un fardo. El de una sociedad que les impone un corsé y silencio, consagrarse a su casa, al servicio, a la plata que reluce o a las flores de un jardín siniestro. Y con ellas, seguimos el rastro de las demás, de todas aquellas mujeres que, durante siglos, han sido reducidas a la nada. Porque de eso habla ‘Amores’, aunque un amor hermoso y triste bordee sus páginas: del sufrimiento de toda mujer a lo largo de la historia, de cómo fueron y aún somos silenciadas, de cómo trataron de aplastarnos. Y sin embargo, a veces, los juncos levantan sus cabezas tímidas, y de la mano, se aman de espaldas al mundo. Aunque el mundo no lo permita y las señale. Aunque el infierno prenda bajo sus pies descalzos. Y así se encuentran y reviven, se miran con ojos nuevos en el espejo: un reflejo de una claridad total, revelado tras el llanto, la prueba viva de la existencia. Existo a pesar de los hombres, dice Victoire. Existo y deseo aunque me lo hayan prohibido. Y mi deseo es feroz como un rosal que crece y devora con sus tallos el piano, el cuarto, la habitación pequeña donde duerme Céleste. Aunque el desastre aceche, afilado como el colmillo del hombre o de la bestia.

Amores retrata una época, el inicio del siglo XX, que ahora nos resulta lejana. Y a pesar de ello, nos vemos a nosotras mismas en la mirada huidiza de Victoire. Mujeres que rechazan su cuerpo, su sexo, su deseo. Mujeres con un vacío que no llena aquello que, dicen, debería llenarnos. E igual que ella, igual que Céleste, también nosotras nos abrimos paso entre la maleza, arrancamos las zarzas con nuestras propias manos, nos encontramos, al fin, igual que ellas se encuentran. A pesar de todo, estamos vivas. Tenemos voz. Gritamos, y gritaremos hasta que el mundo escuche aquello que tenemos que decirle.

[…]

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Détour

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