De noche, bajo el puente de piedra, de Leo Perutz (Libros del Asteroide) Traducción de Cristina García Ohlrich | por Juan Jiménez García

Leo Perutz | De noche, bajo el puente de piedra

Para todos aquellos que somos misteriosamente praguenses (sin haber estado nunca allí), Praga es esa ciudad que Angelo Maria Ripellino llamó mágica, en un libro memorable que, como dos partes de una misma cosa, se aventuraba en la corte de las maravillas del rey Rodolfo II y, más tarde, en la vida y obra de Franz Kafka. Ripellino solo constataba algo que estuvo siempre ahí, antes que él, después de él. De noche, bajo el puente de piedra, ahora editada por Libros del Asteroide, sería buena prueba de ello, porque no deja de ser el reflejo literario de aquella Praga mágica.

Rodolfo II, más allá de toda la parafernalia real que le rodeaba (de hijo de, hermano de, etcétera), pasó a la historia por ser de lo más excéntrico. El Castillo de Praga se convirtió durante cerca de treinta años en un lugar de peregrinaje para todo tipo de gentes raras (tanto como aquel que los convocaba), desde alquimistas a astrólogos, pasando por todo aquel que tenía algo maravilloso que vender. Pintores como Arcimboldo o Bartholomeus Spranger, el astrónomo y matemático Johannes Kepler y su maestro, el igualmente astrónomo Tycho Brahe (que lucía una nariz de oro para suplir aquella parte que perdió en un duelo), eran solo parte de los habitantes de ese alocado y caprichoso mundo rodeado de alquimistas (los gastos desmesurados de Rodolfo II invitaban a que intentara conseguir el oro por otros procedimientos más abstractos).

Todo ese mundo es el que recrea Leo Perutz a través de catorce relatos y un epílogo. El mundo de ese Castillo de Praga y también, especialmente, el de otro lugar de misterio:  el Barrio Judío. Porque la ciudad fue en aquel tiempo la confrontación de esos dos mundos. Uno entregado a ganar dinero y otro a lanzarlo, condenados a entenderse pese al catolicismo galopante de Rodolfo II. Así, el personaje que atraviesa todos estos relatos es el misterioso Mordejai Meisl, que, por otra parte, también fue parte de su época, verdadero alquimista (cualquier cosa que hacía le reportaba dinero, aun sin pretenderlo). Lo realmente sorprendente es la existencia de todos ellos (empezando por el rabino Loëw… aquel que luego se haría famoso por el golem). El escritor checo construye todo un mundo entregado a lo maravilloso (el Embajador de España señalaba que en Praga lo extraordinario es cotidiano y a nadie le sorprende), pero habitado por seres humanos, cuyas pasiones no dejan de ser también humanas (y sus fracasos).

De noche, bajo el puente de piedra sería la vida cotidiana en un mundo mágico. Esa ciudad que tal vez nunca existió pero en cuya existencia queremos creer. Un mundo ordenado en su desorden (como el Barrio Judío o su cementerio, que todavía sobrevive, con esas tumbas arrojadas sobre la tierra), un mundo que ya hace siglos llegaba a su final, pero que nunca desapareció y tal vez nunca lo hará. Un mundo que Perutz retrata con esa ironía praguense que uno no sabría muy bien decir qué es, pero que atraviesa la literatura checa. Sí, Praga es esa ciudad mágica en la que nunca estuvimos y nunca podremos estar, pero que existe. Es algo íntimo, como una intuición. No importa si nunca se podrá encontrar la piedra filosofal: lo importante será haberla buscado.  Como en aquella biblioteca desordenada de Georges Perec, tal vez no encontremos el libro que buscamos pero encontraremos otros tantos que ya no recordábamos, igualmente fantásticos.

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