Cuentos, de Kjell Askildsen (Lengua de trapo) Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo | por Raquel Delgado

Kjell Askildsen | Cuentos

Entre los solo cinco millones de habitantes de Noruega debe de existir, en algún punto del territorio, una fábrica de Literatura en la que el frío nunca ha paralizado la producción. En ella nació en 1963 El palacio de hielo de Tarjei Vesaas, una historia sobre la amistad intensa de dos niñas que, de no haber desaparecido de las librerías en España, podría estar descongelando cualquier corazón. Otros títulos con la misma procedencia son los seis volúmenes de Mi lucha, la batalla de Karl Ove Knausgård contra las leyes de la autobiografía: 3.600 páginas en crudo sobre paternidad, escritura, matrimonio y vida día a día. Únicamente una industria así explicaría por qué la raíz de un número tan alto de autores excelentes es el país más norte de Europa.

Kjell Askildsen es también uno de ellos aunque, como le ha sucedido a Vesaas, las ediciones en castellano de sus obras, siempre colecciones de relatos breves, ya han sido olvidadas o no están a la venta. Lengua de Trapo las publicó una a una (Un vasto y desierto paisajeÚltimas notas de Thomas F. para la humanidad, Los perros de Tesalónica y Desde ahora de acompañaré a casa), entre 2003 y 2008, pero solo Cuentos, la compilación de todas ellas, ha sobrevivido. Por el momento, Askildsen podrá continuar alcanzando con ella y a través de nosotros la meta que determinó su vocación y que ha expresado sin embarazo en entrevistas cuando ha sido preguntado por la razón detrás de sus textos: “Yo deseo crear desasosiego”.

Es inequívoco que la lectura de las 35 piezas que conviven en Cuentos produce, sin excepción, un resultado incómodo. No es posible experimentar ninguna compasión por la existencia desgraciada de los individuos que las protagonizan porque son a la vez víctimas y estatuas: para ellos, el vacío, la escasez de acontecimientos o la desconexión de los miembros de la familia (padres, hermanos y maridos interactúan como desconocidos) son estados válidos ante los que la posición más razonable es la dureza. La mayoría de los personajes son despiadados y contemplan con burla y envueltos en humo de tabaco la proximidad de la muerte y el deterioro del cuerpo, pero lo hacen dentro de una estructura narrativa tan precisa y limpia que desplaza el exceso de miseria del núcleo del relato. Askildsen, que está convencido de que sus retratos concentran “el espíritu de nuestra época”, es consciente de esta fortaleza: «Lo que yo he cultivado como autor es la forma».

Quizá es cierto que vivimos en el tiempo de la indiferencia o quizá Kjell Askildsen, en sequía literaria desde hace años, haya abusado del desencanto. No es más correcta una perspectiva que otra. En contraposición a las dos y sobresaliendo como un oasis, Cuentos incluye, aislados entre sus páginas, destellos capaces de deshacer el blindaje que previamente ha construido:

Entonces. La ventana estaba abierta, la cortina se movía ligeramente hacia el pálido cielo de la tarde, no podían dejar de acariciarse, el edredón se había caído al suelo, la piel desnuda, el canto de las cigarras a través de la ventana, el suave crujido de las hojas, las respiraciones tranquilas –tienes frío, no, y tú, no– la tenue oscuridad, la manos de él moviéndose tranquilamente ahora que nada corría prisa, pero había que guardar muchas cosas, todas las palabras pronunciadas en voz baja, el contenido subordinado al buen sonido –escucha los árboles, escucha las cigarras, qué silencio–, pensamientos largos en nuevos e inusuales caminos, palabras grandes, felices, que no buscaban respuesta, solo eco, la cabeza rubia sobre la almohada, los olores, la noche de julio y ella –podría llorar, me siento tan feliz–.

Estos instantes demuestran que no todo en el mundo de Askildsen ha sido siempre oscuro ni tiene la necesidad de serlo y recompensan a los lectores que han entrado en él. La calidez irrumpiendo en el invierno nórdico.

[…]

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