Kazumi Yumoto. Cuando alguien muere, por Óscar Brox

La casa del álamo, de Kazumi Yumoto (Nocturna) Traducción de Rumi Sato | por Óscar Brox

Kazumi Yumoto | La casa del álamo

Poco a poco, la obra de autoras como Kazumi Yumoto o Hiromi Kawakami ha encontrado acomodo dentro del mercado editorial en castellano. Algo que, con el paso del tiempo, se nos antoja casi fundamental para comprender un poco más, un poco mejor, el delicado mapa sentimental de ese Japón contemporáneo que, pese a todo, nunca logramos rozar más allá de su superficie. Por eso, en el caso de Yumoto, resulta tan interesante ese arco abierto con la publicación de Los amigos y Viaje a la costa, de las que La casa del álamo, que se situaría en un punto intermedio entre ambas, recoge temas, sensaciones y reflexiones. La más importante de todas, la serena convivencia con nuestra mortalidad, quizá uno de los sentimientos más difíciles de armonizar con la vida, entre otros motivos, por la sacudida que produce a nuestro alrededor cuando se produce, que Yumoto trata con delicadeza y sencillez. En parte, porque lo superpone a esa otra gran transición vital como es el fin de la infancia, convirtiendo ambos tránsitos en una suerte de aprendizaje emocional; en un camino de ida y vuelta para llegar a definir quiénes somos realmente.

La casa del álamo abarca, precisamente, ese instante de la infancia que visa los primeros momentos importantes de la vida de su protagonista. No es casualidad, pues, que sea la muerte de la casera del antiguo piso de la protagonista, Chiaki, la que abra la puerta de la memoria y nos enseñe el complejo entramado emocional que dibujan la niñez y la adolescencia, pero sobre todo ese carácter de preparación para la vida que se deja notar en cada pequeño gesto. En el miedo a un cambio radical, cada vez que el traslado del hogar familiar borra (casi) permanentemente el recuerdo de aquel hogar anterior que tal vez habite otra familia. En la inquietud que provoca la erupción de una vida interior a la que le faltan las palabras justas y le sobran las emociones bruscas, volcánicas, que anuncian un salto de longitud inminente hacia otra vida. En la preocupación por la muerte, por ese final sin continuación que nos obliga a buscar nuevas maneras para recordar a quienes ya no volverán a estar. Que supone, tal vez, uno de los ejercicios de madurez más significativos; también, más arduos.

En la escritura de Yumoto uno encuentra siempre ese trabajo de acercamiento a un universo, el juvenil, que halla su punto fuerte en la sencillez. En la falta de subrayado de sus gestos, en el impacto con el que procesan cada cambio, cada movimiento insignificante de la vida. Y es interesante cómo la autora de La casa del álamo es capaz de trasladar a sus historias esas sensaciones sin apenas estridencias, de forma natural. Con unas palabras que cualquiera podría imaginar que le pertenecieron, que fueron suyas en la más tierna juventud, que le han acompañado desde entonces obligándole a reflexionar sobre el peso de esa preparación para la muerte. Esa que, en el fondo, no es más que una invitación a profundizar en los vínculos y las ligazones que desarrollamos no solo con la vida, sino con todo aquello que encontramos a nuestro alrededor. Si en su novela son las cartas escritas las que sirven como leitmotiv para referirse a aquellos que ya no están, a la prematura muerte del padre de Chiaki, a la mirada curiosa a un lugar en el que emerge el gran álamo del jardín; en la escritura de Yumoto es la tenacidad con la que no deja pasar un solo detalle la que despierta nuestra atención por ese lento proceso de armonización del dolor con la vida.

Probablemente, la serenidad con la que Yumoto trata la muerte sea una de las divisas de su obra literaria, incluso cuando tantea territorios algo más genéricos como el fantástico (véase Viaje a la costa). Esa sensación de calma con la que sus personajes se explican, se acercan a sus sentimientos y exploran sus avatares vitales. Sin que, aparentemente, nada logre perturbar su travesía hacia una madurez completa, a la que parece unida la reflexión sobre la muerte como otro camino alternativo para entender los diferentes pasos de la vida. De ahí, pues, que una novela como La casa del álamo nos invite a pensar qué es lo que sucede, qué batalla tiene lugar en nuestro interior, cuando alguien muere. Cuáles son esas palabras que nos vienen a la cabeza, esos nervios que se agarran al estómago, ese entorno que, de pronto, cobra un relieve especial. Qué fuimos y en qué nos convertimos. Y, en especial, qué es aquello que nunca cae en el olvido. Que siempre se recuerda. Y es que, pese a que Yumoto nos plantee una suerte de viaje al pasado para reseñar la evolución vital de su personaje, la sensación al acabar libro es una bien diferente. Más que un retorno, La casa del álamo supone una invitación a acompañar a su protagonista a través de aquello que, más que nunca, le ha servido para aprender a entender lo que significa estar vivo. Estar en el mundo. Ese sentimiento de pertenencia a un lugar, a unas personas, a un ambiente, que las palabras de Yumoto reflejan en las páginas de su novela.

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Détour

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