Julien Gracq. La novela como geografía, por Juan Jiménez García

Las tierras del ocaso, de Julien Gracq (Nocturna) Traducción de Julià de Jòdar | por Juan Jiménez García

Julien Gracq | Las tierras del ocaso

Julien Gracq escribió Las tierras del ocaso entre sus dos obras mayores, El mar de las Sirtes y Los ojos del bosque. Escribió: estuvo trabajo en él. Nunca lo dio por acabado y hubo que esperar a su muerte para que este apareciese, aunque, por otro lado, se instala fielmente en su narrativa y también en aquellos años. Prescindiendo de todo podríamos considerarlo un libro acabado. Nada se echa de falta en él. Hay una unidad de tono, de maneras de escribir. Porque Gracq es una manera de entender la literatura. Un escritor único, una isla, un espacio geográfico inexistente, destilado obra a obra, con una rara paciencia. Julien Gracq vivió noventa y siete años y su obra, en extensión, es apenas nada frente a esto. La construcción de un mito. Él.

Leer al escritor francés es una experiencia extraordinaria. Por lo grande y por lo rara. Profesor de geografía e historia, podemos decir que estas fueron la materia con las que estaban hechos sus libros. Una interrogación sobre la historia desde una escritura geográfica. Escritura geográfica puede ser un término confuso hasta que le leemos.  En Gracq está toda la minuciosidad del geógrafo, toda una construcción de un mapa elemento a elemento. Toda acción es un manera de ver, y toda manera de ver es, a su vez, la elaboración de un paisaje. El paisaje lo es todo, también un estado de ánimo. En Las tierras del ocaso nos encontramos en el Reino, un espacio indefinible que carece de época temporal precisa. K. podría haber cruzado las puertas del castillo, pero podría ser cualquier otra cosa. El reino es una abstracción como otra que responde a muchas construcciones posibles. El protagonista viaja acompañado hasta los confines para llegar a una última fortaleza, en la que se espera a los bárbaros, al enemigo, al otro. A diferencia de El desierto de los tártaros, aquí no se espera algo inimaginable (pero no por ello menos temido) sino que está ahí, frente a ellos. Un ejército que espera su momento.

La primera parte de la novela será el viaje. La segunda parte de la novela será la estancia. El movimiento dejará lugar a la espera. Y sin embargo, nada cambia. Pasan tres años. Pasan todas las estaciones que se suceden en esos tres años. Leemos a Gracq y todo es una pieza, todo responde armónicamente a un solo movimiento que puede tener infinitos matices pero que tiene una rara luminosidad de tarde de verano, aunque esté hablando de la nieve. La escritura, en Gracq, sería una cuestión musical si no fuera una cuestión geográfica. Sería una forma más de la poesía, de un extraño canto monocorde lleno de infinitos matices. En él hay un trabajo en cada palabra, en cada signo, y mientras la Historia va a la búsqueda del Mito, su escritura se eleva de lo prosaico a una cierta eternidad.

Julien  Gracq ha corrido una suerte extraña pero es difícil que aspire a otra. Su obra no es sencilla, pero posee un magnetismo esencial que deje unido a ella. Adentrarse en ese territorio minuciosamente construido es una experiencia única, en la que poco importan las preguntas y respuestas, los lugares o el tiempo que rodea a esos lugares. Es un ejercicio literario que busca una conexión esencial, natural, como la que podría darse entre el hombre y la naturaleza. Un primitivismo de la lectura desde un uso del elevado, casi sobrenatural. Es habitar, durante unas horas, el misterio de la creación. De la obra y del mundo.

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Détour

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