Jules y Edmond de Goncourt. La vida privada de los escritores en el siglo XIX, por Juan Jiménez García

Diario. Memorias de la vida literaria (1851-1870), de Edmond y Jules Goncourt (Renacimiento) Traducción de José Havel | por Juan Jiménez García

Edmond y Jules Goncourt | Diario. Memorias de la vida literaria (1851-1870)

En la fotografía que sirve de portada a esta edición de Renacimiento de los diarios literarios de los dos hermanos, ambos miran con una expresión entre furiosa y amenazadora, a la cámara fotográfica, bien por un romanticismo llevado al extremo, bien por un odio hacia el mundo que les rodea no muy bien disimulado. Cierto que si leemos las páginas de este diario (parte de un todo mucho más extenso, pero parte significativa, muy significativa), podemos abundar en las dos cosas, pero siempre se nos escapará una cierta ternura y, por qué no decirlo, desamparo. Y tras esa pose fin de siglo (cuando solo andaban por la mitad, aunque ellos realmente vivían en el siglo XIX pero eran más bien del XVIII, por gustos y apetencias), la vida de dos escritores que han pasado a ser conocidos por dar nombre al premio más conocido de las letras francesas, pero poco por su obra. Una obra construida, mientras se pudo, a cuatro manos, con la constancia de dos artesanos de la escritura, que martilleaban hojas en blanco con palabras largamente meditadas.

En ese mundo de paradojas que fue el suyo, lo cierto es que tras ser un premio, son conocidos por sus diarios. Y son conocidos por sus diarios no por ellos mismos, sino porque en ellos están buena parte de la sociedad literaria francesa de su tiempo. Y su tiempo era el de Flaubert (buen amigo, personaje habitual de sus páginas), el de Víctor Hugo, el de Charles Baudelaire, etcétera. Tiempo de salones literarios, comidas, teatro y cafés, que permitían el libre intercambio de las ideas y los temores. El diario lo escribía Jules, el pequeño de los dos, y tras él se encontraba Edmond, el mayor, puntuándolo, puntualizándolo. Eso fue hasta 1870, año en el que el primero abandonó la vida llevado por una enfermedad muy literaria: la sífilis (que también se llevaría, por ser contemporáneos, al autor de Las flores del mal). Todo ello en la más completa de las agonías, que describirá su hermano extensamente, ahogado en el sufrimiento y la desesperación, como fin de ese diario a dos y continuación de aquel otro, solo.

Como sus autores no pensaban publicarlo hasta estar muertos y bien muertos, sus palabras no tienen ninguna compasión con sus compañeros de letras. Cuando Edmond decide publicarlo, tampoco tuvo demasiado cuidado. Las cosas eran como eran y ya está. Eso no les hizo ganar amigos, pero, pese a todo, una buena renta producto de una buena familia, les permitía vivir al margen de los problemas económicos. Lo cual no les hacía menos atormentados, porque ellos buscaban la fama literaria y sufrían con cada nuevo libro, contando los ejemplares vendidos o, en el caso del teatro, las opiniones vertidas. El caso es que ya no es ni tan siquiera una cuestión de ellos: simplemente trasladaban la vida normal y corriente de escritores que hoy nos parecen dioses y de dioses que hoy no recordamos ni como escritores. Así, sus diarios literarios, se convierte en una especie de vida cotidiana de los hombres de letras en el siglo XIX. Y en ella está todo, desde las conversaciones no muy inspiradas a las reveladoras, pasando por simples cuestiones humanas, en las que el sexo tiene incluso un papel importante (que solo nos sorprende por pensar que debían ser asexuados). Y, de paso, podemos asistir al “cómo se hizo” de obras como Madame Bobary y Salambó, con esa Cártago que Flaubert solo recorrió en libros que le dejaban. Y sí, también la de los propios hermanos, pero ya he dicho que, para bien o para mal, los años las sepultaron, las redujeron a poca cosa.

La obra de los Goncourt acabó siendo su vida. Su vida fueron sus diarios, y, entre ellos, estos literarios son seguramente lo más interesante para nosotros, observadores distantes. No todo es literatura, claro. Está esa agonía y muerte de Jules, en unas páginas terribles y conmovedoras, y también la política y sociedad de unos años violentos en adhesiones (si alguien pensaba que Céline era antisemita, que no se pierda esto… conformación de que el bocazas no fue más que eso, en una sociedad en la que no desentonaba). Eso sin contar que nuestros autores no creían precisamente en la igualdad de los hombres, sino más bien en que un pobre es un pobre y está muy bien que así sea. Enseñar a leer no puede traer nada bueno. Como ya he dicho en algún sitio, eran hombres del siglo XVIII atrapados en un siglo XIX que les horrorizaba con sus libertades (y pongo varias comillas, muchas, alrededor de esta palabra). En fin, pasen, vean y lean, este zoológico lleno de escritores.

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Détour

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