Orfeo en el infierno del siglo XX, de Józef Wittlin (Libros de Trapisonda)  Traducción de Amelia Serraller Calvo | por Juan Jiménez García

Józef Wittlin | Orfeo en el infierno del siglo XX

¿Quién de nosotros, oyendo en el silencio de la noche el grito de las personas asesinadas, puede conciliar el sueño?, se pregunta Józef Wittlin. Como atravesar el siglo XX, desde sus primeros instantes, y sobrevivir. Sobrevivir siendo polaco, de un rincón de esa Polonia atravesada por unos y otros. Una guerra y otra. Y luego escribir, como una necesidad, como si la literatura pudiera salvarnos de algo, de morir, de vivir. Hay una cosa desconcertante en la edición de Libros de Trapisonda que acaba por convertirse en algo maravilloso, incluso necesario. Reunión de textos, no están fechados. En algunos intuimos la fecha. En otros la intuye Amelia Serraller Calvo, traductora. Entonces, llegamos al final y tenemos la sensación de que todo forma parte de una misma cosa y que poco importa si es antes o después o durante. El tiempo se convierte en nada, la nada en tiempo. Es bello. Solo eso.

De todo esto es emblemático Guerra y paz en el alma del poeta. En el ensayo que abre el libro una pregunta inquietante para un centroeuropeo, pero no solo. ¿Cómo podían algunos escritores, muchos, defender la guerra? Sí, cierto. Muchos de ellos lo hacían sin haber estado ahí y, aquellos que la atacaban, por el contrario, se encontraban en ella. Pero aún así… Años de civilización, de historia, para seguir siendo incapaces de no responder a la llamada a la aniquilación de unos sobre otros. De ahí a escribir sobre la barbarie hay nada, unas páginas. Y como las guerras, es contradicción. Es decir, como la destrucción se convierte en el primer paso de algo nuevo, de una renovación. Y entre toda esto, una reivindicación, de los escritores alemanes, desde la posición de un país amenazado, y como nos ponemos en la posición del contrario al rechazar aquello mismo que rechaza este. Ay, las patrias, las banderas, las naciones. Qué texto Brillo y miseria del exilio. Ahora necesario. Para entender, para entendernos entre todo ese ruido artificial y artificioso. Józef Wittlin sabía de qué hablaba. No todos los exiliados fueron desterrados, pero sigue siendo igual de terrible, otro lugar, otro tiempo.

El escritor polaco (antes austrohúngaro, después ucraniano, sin cambiar de lugar) llega a París, escapando de una guerra inminente. Sale de París perseguido por esa guerra. Llega a Londres, y la guerra sigue ahí. Pasa a Nueva York. En Lvov queda el lugar en el que nació, al que pertenece. En Francia aquel por elección. Escribe sobre el Sena, sobre los sitios, sobre los escritores, de nuevo, sobre las contradicciones. Cómo no escribir sobre fronteras, como una fascinación. Las conocía tan bien… Ansioso de descubrir el mundo, le acompañaba siempre su conciencia intranquila. Y entre todos los desastres, la escritura, los escritores. Escribe sobre el viaje de Döblin a Polinia. Escribe sobre la necesidad de los libros de su amigo, Joseph Roth, anticipador de Apocalipsis. Escribe sobre los libros que tratan de la persecución de los judíos (como él). Las injusticias perpetradas en nombre de Estados, Naciones, Razas, Clases, cualquier cosa vale. Defiende a Gombrowicz, otro habitante del exilio, malentendido. Y sobre Gogol y su pesimismo existencial, que no pudo nunca abandonar, hasta que lo atrapó la locura, quién sabe si la locura de no poder escapar a toda esa oscuridad dentro de él. También sobre Hemingway y ese generación perdida, perdidos sus ideales.

La obra de Józef Wittlin es póstuma desde que decidió, entre el desánimo y la amargura, no volver a publicar en vida. No lo cumplió, afortunadamente. Y así, contra todo, contra él mismo también, siguió contándonos y contándose, como en este Orfeo en el infierno del siglo XX, un recorrido por todas nuestras dudas y todas nuestras calamidades. Su siglo, dice en su prólogo José Manuel Bonet. Es cierto. Todo es demasiado cierto.