Joyce Carol Oates. El filo que deslumbra, por Dara Scully

Desmembrado, de Joyce Carol Oates (Gatopardo) Traducción de Patricia Antón | por Dara Scully

Joyce Carol Oates | Desmembrado

Hay un aguijón en la palma de mi mano. Un insecto que me amenaza, que me recorre con un temblor, negro y rojo, amenazante y sin embargo de una rara belleza. Quiero desprenderme de su tacto. Quiero arrojarlo lejos, sacudirme las manos, lavármelas, pero no puedo dejar de mirarlo. Lo miro obsesivamente, como quien mira un accidente en la ruta. Un cuerpo tendido, cubierto por una sábana blanca. El rumor del desastre como una nana que nos adormece.

También Jilly tiene ese aguijón en su mano. El ojo redondo de un hombre que la observa. ¿Qué sabemos a los doce años? La adolescencia atraviesa su cuerpo, aniquila su infancia; Jill desea crecer. Desea que la tengan en cuenta. Hay un nombre propio que ella pronuncia, un nombre que significa peligro, que punza su carne hasta hacerla sangrar. Jill pronuncia con un miedo que se le anuda a la garganta, un miedo que ni siente ni reconoce. Pero está ahí cuando pronuncia el nombre, cuando lo ve por fin en la carretera, cuando él le tiende su mano. Nosotros lo reconocemos. Queremos decirle: Jill, ten cuidado. Aléjate de la luz cegadora. Pero seguimos mirando. Miramos cómo ella sortea el peligro, como se asoma a un abismo que se expande bajo sus pies de niña. Miramos incluso cuando la brutalidad hace temblar la tierra y tenemos que apoyarnos para no caer. ¿Por qué? ¿Por qué, después de todo, aún pronunciamos su nombre?

Miri Krim. Otro nombre sobre la lengua. Otro abismo acuático en el que reflejarnos. Pero esta vez, el aguijón está dentro del propio cuerpo. En la soledad que busca a sus iguales. En la muchacha que no encuentra su lugar en el mundo. ¿Quién fue Miri Krim? La estudiante se lo pregunta con una fijación que le abre los ojos con desmesura. Miri Krim podría haber sido ella. Ella, muerta en un tanque de agua en la azotea de un edificio antiguo. Su cuerpo blando y descompuesto contaminando el agua. Diminutas partículas colonizando otros cuerpos a través de la boca, del estómago que se encoge ante la podredumbre. La estudiante ha leído sobre Miri Krim. Conoce el edificio donde encontraron su cuerpo; frente a él, cada día, la rememora. Y mientras el aguijón le inocula su veneno. El veneno dulce de la compañía. No estás sola, le dice. Ven a nadar conmigo. Tiéndete como cuando eras niña en este lecho de agua.

El lago espera nuestro vuelo. Somos un pájaro azul, prehistórico; un depredador. Ahora, el aguijón está dentro de nuestra propia boca. No punza nuestra carne; somos nosotros quienes atravesamos con él la blandura. La inocencia y la depravación. Deseamos destruir con nuestro pico mudo, ajenos a nuestra naturaleza diurna. ¿Es un sueño? Nos preguntamos al despertar. Fuera, el lago se mantiene en calma. No hay rastro de la garza azulada. Los patos se deslizan sobre la superficie metálica; en su interior, los peces nadan sin miedo. ¿Por qué entonces nos tiemblan las manos? Por qué las plumas que se desprenden. En el pico, un sabor afilado: la destrucción. La sangre de un desconocido. Una brutalidad que se desdobla y se venga de aquellos que quieren herirnos. De quienes arrojan piedras a los pájaros. De los que desean someternos a sus intereses. Un pájaro justiciero. Una mujer que de día llora en una casa, ajena a su propio vuelo nocturno, o quizás completamente consciente del peso de sus alas.

Oates nos entrega su aguijón para que juguemos con él. Pero el dolor no se siente como un juego. No hay ficción en sus palabras: hay una realidad que reconocemos, que hemos visto en los diarios, que tiene algo de familiar. Y eso es lo que nos atraviesa. Lo plausible de cada pequeña historia. El cuerpo desmembrado. La mujer en el tanque de agua. La maldad que acecha, oculta tras un rostro sereno, a la espera de abalanzarse sobre nosotros con su pico abierto. La lectura nos perturba, nos hiere, queremos hacerla a un lado; y sin embargo, no podemos apartar la vista. Miramos con una fascinación morbosa, deseamos saber qué ocurrirá al final, hasta dónde se clavará el mal que estamos contemplando. Cuánta brutalidad es posible. Qué evento pavoroso está a punto de desencadenarse. Y eso también nos atemoriza. Nuestra propia fascinación ante la violencia. Como quien mira ese cuerpo desmembrado con horror y ternura, deseando cubrirlo y a la vez fijarlo en la memoria. ¿Por qué?, me pregunto al alcanzar el final de cada relato. ¿Por qué aún sostengo el aguijón en mi mano? ¿Qué sería capaz de hacer con él, si me dejaran?

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Détour

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