La Cripta de los Capuchinos, de Joseph Roth (Acantilado) Traducción de Jesús Pardo | por Juan Jiménez García

Joseph Roth | La Cripta de los Capuchinos

Programa de una lectura poco razonada (aunque provista de alguna lógica) de la obra de Joseph Roth: La marcha Radetzky, La leyenda del Santo Bebedor, La tela de araña, La Cripta de los Capuchinos. Hay algo de círculo que se cierra (alrededor de la familia Trotta) y también de vida que comienza y acaba (la del propio Roth, desde una novela primeriza hasta una novela terminada poco antes de su muerte). La extraña certeza de que aunque La marcha Radetzky es un extraordinario relato de un mundo que acaba, es tal vez La Cripta de los Capuchinos, escrita seis años después, aquella en la que mejor logra atrapar no la caída de todo eso, sino el derrumbe personal de aquellos que se quedaron atrapados entre los escombros, entre el dolor y la tristeza. O, como escribe de la madre de su protagonista, la de  aquellos que no percibían ya los ruidos del presente: solo los del pasado.

El joven Trotta, al que su padre llamó Francisco Fernando, no es un hijo de su tiempo, como él mismo dice. Su padre se marcho a América, volvió rico y rico dejó al hijo y a su esposa con una cierta posición, a pesar de su muerte. Austro-Hungría sigue ahí, la guerra solo es una promesa de futuro y los días pasan en compañía de otros, igual de entregados a una vida social inmutable. Pero, un día, llega desde la remota Eslovenia un desconocido primo, el castañero Jospeh Branco. Y, más tarde, el cochero Manes, judío. Y la llegada de ese mundo más pobre pero más real provoca en él un vuelco, otra manera de entender lo que le rodea y sus cambios y también de entenderse. Un mundo inmutable que, como su madre, responde a unas pocas certezas, raras incertidumbres y la ausencia de fronteras. Un mundo del pasado sin las dudas del presente y las nubes negras del futuro. Un matrimonio apresurado y desafortunado ante una guerra que ya está ahí, su elección de compartir el destino con su primo y el cochero en el frente, el regreso, la derrota, la quiebra: financiera, moral. El nuevo mundo en tránsito hacia una nueva pérdida, esta vez definitiva.

Tal vez La Cripta de los Capuchinos solo sea el testamento vital, sentimental, emocional, de Joseph Roth. Su despedida de un lugar que nunca dejó de habitar. Su salida del escenario ante la certeza de males mayores (ahí tenemos La tela de araña). Cómo no verle tras el joven Trotta en viaje hacia el fin del mundo. Si aquella fue una generación elegida para la muerte, sobrevivir solo fue la primera de las derrotas. Tras ella quedaba una sucesión de pérdidas. Una tras otra. Pero sobrevivir seguramente es decir demasiado, porque muchos, como Roth, como este Francisco Fernando, murieron de otra forma. Si en una obra como La marcha Radetzky encontramos el hundimiento de Austro-Hungría, tras una larga agonía, y con ello la muerte de unos ideales entre enfermedades y agotamiento, La Cripta de los Capuchinos es su reverso íntimo, una hermosa declaración de amor por aquello que valía la pena, por un ideal, un mundo sin fronteras conformado por distintos pueblos y culturas capaces de convivir en armonía. Tal vez el retrato del algo que nunca existió, pero de algo en lo que algunos, como Joseph Roth necesitaban creer. Más desde los oscuros nubarrones de su presente. En mayo de 1939 murió el escritor (un año después de haber escrito la novela). Austria había sido anexionada por la Alemania hitleriana. Unos meses después empezaría una nueva guerra. Cómo no sentir nostalgia…


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