El hombre de nieve, de Jörg Fauser (Akal) | por Juan Jiménez García

El hombre de nieve | Jörg Fauser

Jörg Fauser nace en 1944. Vive rápido y muere igual de rápido. En 1987. Fue un poco de todo, también heroinómano y alcohólico.  Recorrió mundo (o el mundo le recorrió a él, no está muy claro). En una grabación, se lo ve caminar vestido con una sobria gabardina gris. Pensamos: es Blum, el protagonista de El hombre de nieve.  Vamos mirando fotografías suyas, incluso un montaje que lo muestra en diversas etapas de su vida, desde que era un niño. Sí, definitivamente es Blum. Esos ojos pequeños que encierran la desconfianza, la tristeza y también el miedo. La fragilidad, después de todo. La fragilidad que debe ser escondida a toda costa, incluso con la violencia o la sinrazón. Murió turbiamente atropellado el día de su cumpleaños.

Sí pensamos, como piensa Takeshi Kitano, que para poder mostrar el dolor primero te tienen que haber golpeado, Fauser vivió la vida correcta y tuvo la muerte justa para escribir El hombre de nieve.

El hombre de nieve es Blum, su protagonista, en una estupenda metáfora que, más allá de su simpleza (léase nieve por cocaína), podríamos complicar: también sería el miedo al deshielo. Pero veamos: Blum es un vendedor de todo. Está en Malta y vende viejas revistas pornográficas danesas. En realidad es un fracasado (esto se puede deducir de todo lo anterior) que se resiste a morir como un perro. Todos esos fracasos y haber sobrevivido a ellos, le han proporcionado una cierta dureza y, lo que es peor, la sensación de saberse buscar la vida. Un día, la vida miserable de Blum se mueve. Sus tiempos codeándose con personajes de otro mundo, todos con algo que esconder, se ven alterados por su encuentro con el señor Rossi, que esconde más que nadie (y de la manera más ridícula). Las revistas dejan lugar a la cocaína. La cocaína a nuestro hombre atravesando Alemania, y luego Europa, empeñado en la tarea de convertir aquella nieve en un futuro, un futuro panameño, de bares, sol y, finalmente, una vida sencilla. Entre medias, cruzará la sociedad de su tiempo, en fiestas nada gloriosas, y se cruzará con los tipos más extraños, todos interesados, por esa nieve de extraordinaria pureza.

Blum no cree en nadie. Seguramente tampoco cree en él mismo, pero tiene un cierto empeño en no negarse. En su monolítico mundo las personas se dividen en dos tipos: él y los demás, estado de las cosas solo alterado por la aparición de Cora, una castigada rubia con cuerpo de ensueño. Cora será el único personaje real de toda esta historia, aun sin estar nunca seguros de esto. Si El hombre de nieve transmite algo en especial, es una sensación de inseguridad permanente, compartida con su protagonista. Hay que dudar de todo en este mundo. Duda y estarás cerca de algo parecido a la verdad. Pero la verdad es simplemente una sensación personal, y Blum no piensa transferírsela a nadie, desde luego. Cora, con su fisicidad, es un ser terrenal, simple, pero él no es de este mundo, de modo que toca huir, en una novela de carretera disparatada, atravesando un mundo en decadencia. Una huida en la que el hombre de nieve se derrite, se hace agua, se descompone, paso a paso, hasta ese final tremendo, en el que hay muchos perdedores pero solo una auténtico: Blum. Blum, que ha perdido toda su vida, desde el nacimiento (e incluso antes), y que seguirá perdiendo todo lo que le quede de ella (e incluso más allá). Porque él es la encarnación del perdedor, de un mundo derrotado eternamente a la defensiva, amenazado por todo, lo real y lo imaginario, siempre huyendo, pero sin lograr jamás esquivar su perseguidor: él mismo.

Jörg Fauser escribió una gran novela sobre el frío, sobre el frío intenso. Y sobre el amor, después de todo. Un amor que no se puede asumir. Una obra despojada y cruel. Triste quizás. Sin esperanza. Una historia de los años ochenta.

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