Buenas noches, dulces sueños, de Jiří Kratochvil (Impedimenta) Traducción de Elena Buixaderas | por Juan Jiménez García

Jiří Kratochvil | Buenas noches, dulces sueños

En Brno nació Milan Kundera, pero también Jiří Kratochvil. No es una asociación al azar (la casualidad es otro nombre para el destino, dice en algún momento de Buenas noches, dulces sueños). Y no es una asociación al azar porque sus obras resultan extrañamente divergentes, respondiendo cada una a las causas del otro. Más joven que Kundera, Kratochvil se pregunta a menudo por el pasado, ya sea con su familia presente o ausente (aunque entonces, como ahora, esté ahí… en alguna parte), mientras que Kundera, más viejo, se pregunta (o se preguntaba, allá en sus años checos) sobre el presente. Su presente. Por lo demás… Cristian Vázquez escribía, en un artículo aparecido en Letras libres, sobre el realismo mágico. Su título era: Si García Márquez hubiera nacido en Praga habría escrito realismo mágico. En él venía a decir algo tan cierto como que, para los colombianos, Cien años de soledad no es realismo mágico, sino su realidad, y que mágica será para los praguenses (aquí entendidos como cualquier otro). Y lo mismo, pero a la inversa, nos serviría para esos checos a los que tan a menudo se les coloca esa etiqueta (precisamente a ellos, que tuvieron a Rodolfo II, emperador alquimista, y su corte de los milagros): la realidad de Kratochvil no es mágica, sino suya y de otros tantos habitantes de aquella Checoslovaquia, tan cómicamente absurda (hasta la tragedia) como parecer sobrenatural. O suprarrealista. Entonces…

Estamos al final de la guerra. Es 1945. La primavera acaba de empezar, Hitler acaba de morir, y Jidrich regresa a casa. A casa de sus padres. Pero esa casa ha sido ocupada. Brno está a medio liberar, con grupos de alemanes resistiendo, soviéticos avanzando, americanos intentando llegar antes que los soviéticos y comunistas autóctonos intentando establecerse. Ese establecimiento incluye quedarse con las casas de los demás y una cierta prepotencia de vencedores (como si guerras así tuvieran ese tipo de cosas y no estuvieran todos derrotados). Y eso encuentra Jidrich, cuando sus padres no fueron precisamente aliados de los nazis, sino unos muertos más por ellos. Jidrich se encuentra eso y una vieja de otro mundo en este. La vieja de otro mundo en este le entrega un gato y le invita a disfrutar de extraños poderes durante un día. Un día en el que todo se cambiará siempre que no atraviese una línea que separa la ciudad.

Mientras tanto, Kost´a y Kuba, atraídos por la pintura, recorren los escombros, físicos y espirituales, para encontrar a un americano. El americano es Mr. Penicilin y, como su nombre indica, tiene la clave para salvar y sanar a no pocos conciudadanos. Pero nadie sabe muy bien dónde está ni cómo es y eso solo puede servir para encontrarse con todo tipo de personajes, habitantes de un mundo hecho papilla que no alcanza a imaginarse en un futuro, por muy inmediato que este futuro sea.

Cada uno por su cuenta vivirán ese día exacto en el que algo tiene que ocurrir, algo especial. Pero lo especial es que el mundo sigue. Y sigue y sigue. Y ahí están. Brno, ellos, los disparos de los que no se acaban de ir y de los que no acaban de llegar. Y también esa gata palabrista. Un día inolvidable para ellos y olvidable para muchos otros. El azar, la casualidad, el destino. La delirante realidad de los días. ¿Cómo se puede ser irreal en un mundo que estaba saliendo del nazismo? Un nazismo que había hecho cierto lo inimaginable. ¿Qué es más probable? ¿Qué un gato hable o que unos exterminen a millones por una cuestión de raza? Jiří Kratochvil encuentra en sus obras ese humor praguense tras el que se esconde lo terrible, como el polvo bajo las alfombras. Ese humor tras el que solo nos queda preguntar. Y ahora, ¿qué?

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