Jim Goad. Hijos de la ira, por Óscar Brox

Manifiesto Redneck, de Jim Goad (Dirty Works) Traducción de Javier Lucini | por Óscar Brox

Jim Goad | Manifiesto Redneck

Tras una primera lectura del Manifiesto Redneck de Jim Goad, resulta difícil decidir si es mejor empezar la reflexión con un verso de Fear of a black planet o con unas palabras de Bill Clinton -por aquello de la economía y la idiotez; con el amplísimo material gráfico de aquel Little black Sambo o con alguna recopilación de las apariciones de Cletus, el redneck animado más ilustre, en los capítulos de Los Simpson. O, por qué no, con los vídeos de trailer park girls almacenados bajo una misma etiqueta en webs como Pornhub. Todo ello, en fin, nos proporcionaría una ligera ventaja a la hora de pensar un libro-misil como el de Goad, en tanto que estos son ejemplos de racismo y clasismo absorbidos, normalizados y/o mercantilizados de modo que, a la larga, permanezcan en la Historia como débiles síntomas de un problema algo más grave. De un odio, tal vez. O, aún peor, de una indiferencia que, durante décadas, ha sido el combustible de tantas transformaciones sociales; en especial, si para ejecutar ese complicado cambio hay que orillar a una cuota de la población que, total, tampoco va a hacerse notar cuando se manifiesten sus tempranas consecuencias.

Afortunadamente, Goad es la clase de escritor tocapelotas empeñado en señalar con el dedo el miedo y asco que, para el caso, circula por las venas de Estados Unidos. Y cómo ambos, miedo y asco, en una jugada maestra propia del estadista más espabilado, han acomodado sus culos a lo largo del tiempo en discursos que eluden los componentes racistas/clasistas para abonar una cuestión sin apenas matices: la economía. O la necesidad de encontrar una víctima propiciatoria, un chivo expiatorio, el terreno más grande para almacenar residuos nucleares, que permita a una clase sobrevivir a sus numerosos desmanes. Purgar la mala conciencia como se cura un resfriado o se repara un mueble. Sin pensar en todo aquello que anida en los márgenes, en los parques de caravanas o en las Ozark, prematuramente envejecido por un sistema social que se ha creado, desarrollado y modernizado sin tener en cuenta sus voces. Porque, en definitiva, se trata de la economía, estúpido.

Goad apunta a la religión, las relaciones sociales y el trabajo, se remonta a los orígenes de la eurobasura y desmonta (o remonta) los mitos de la inmigración a América con los tintes lúgubres que solo aquellos viajes atlánticos podían tener. Llenos de muerte y miseria. Pero, a su vez, se encarga de desdramatizar la condición de redneck, de paleto y cuello enrojecido, para no caer en el victimismo que borre su objetivo principal: escupir a la cara de las clases dirigentes. Meterles el dedo en el ojo, o en el culo, obligarles a recorrer toda una galería de personajes marginados o marginales que, como las familias empobrecidas de William Faulkner, penan por los territorios americanos sin brillo ni gloria. Vidas pequeñas, desmadradas, de ratones y hombres que poco o nada pueden aportar a un sistema que estruja los escasos dólares que cotizan. Que, simplemente, se olvida de ellos para llevar a cabo lo que, elocuentemente, Goad describe como caridad telescópica: el hambre en África, las crisis humanitarias en el sudeste asiático… Nada que ver, ni por asomo, con las camadas bastardas de Cletus y su parentela.

Manifiesto Redneck tiene mucho de vómito y de furia, de (paradójica) exhibición de grandeza a cargo de una minoría. En parte, porque Goad echa los restos para enfrentarse a la doble moral de su nación mientras exhibe músculo y cicatrices de sus orígenes. A nadie le importa una mierda, piensa, pero nunca está de más reventar la costra biempensante que con tanto ahínco ha forjado el progresismo blanco. De ahí que, más que programático, este manifiesto sea el resumen de los infinitos agravios sufridos por la gente de los márgenes. Su eterna condición, en un país tan fuertemente racista, de chivos expiatorios para una América que siempre mira adelante. Huelga decir que el estilo de Goad, frontal y directo, sumerge al lector en un acervo cultural fraguado al calor del racismo y el clasismo, entre hillbillies, crackers y otros términos ofensivos que, sin embargo, son motivo de chascarrillo porque a nadie le importa la nación paleta.

La dificultad de trasladar ese acervo cultural, amén del discurso enfurecido de su autor, son detalles que engrandecen la labor de traducción al castellano. También esa visceralidad con la que Goad se tira sobre cada charco, sin importar que sea el más maloliente de todos, si con ello puede destapar las vergüenzas culturales del país. De ahí que leer el Manifiesto Redneck sea como una clase acelerada de economía social, en la que los parias, los descastados y los marginales toman la palabra para dar un poco de lustre a una condición convertida, gracias a los medios, la literatura o la cultura visual, en mercancía. En broma. En algo insignificante. La ferocidad con la que Goad se encomienda a esa aventura es digna de alabar, el resultado es una reflexión sobre todos aquellos elementos que la cultura, cuando no la sociedad misma, sacrifica en aras del progreso. La trastienda del sueño americano.

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Détour

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