Sin visado, de Jean Malaquais (Sajalín) Traducción de Gabriel Hormaechea | por Óscar Brox

Jean Malaquais | Sin visado

A menudo, la literatura francesa se ha acercado a la época de la ocupación con la mirada puesta en la corrupción intelectual del mal y la deriva moral que precipitó la creación de un gobierno como el de Vichy. Sin embargo, antes de que Pétain y sus huestes se encerrasen en la fortaleza de Sigmaringen en espera de su agonía final, la Francia ocupada cobijó en su seno numerosos gestos de resistencia, pensamiento y acción. Intentos de conquistar otra realidad que se escurría entre repatriaciones, evacuaciones forzosas y trenes que se dirigían hacia campos de concentración. Intentos, también, de no ceder en las convicciones propias, que en tiempos de servidumbre y pobreza era lo único, junto a la misma vida, que faltaba por usurpar. Sin visado, la monumental obra de Jean Malaquais, explora en profundidad aquel microcosmos humano de vencederos y resistentes (que no vencidos), en el que la mera subsistencia, no digamos ya la labor contrarrevolucionaria, exigía dejarse la piel hasta el último aliento.

En 1942 el gobierno títere de Pétain funciona a toda potencia. La RAF y las fuerzas aliadas todavía no han comido el suficiente terreno como para arrinconar a su rival; la herida de la contienda entre nazis y soviéticos aún no ha empezado a cobrar su factura. Así, es tiempo de sucio orgullo, de colaboracionismo y privaciones, donde unos exhiben orgullosos sus relucientes guerreras y otros sobreviven con churruscos de pan. Malaquais, que era de este último grupo, posa su mirada en Marsella, puerto de Europa. En esa ciudad convertida en potaje de culturas, un pequeño grupo se dedica a resistir las embestidas de la Francia conquistada. Resistir implica conseguir certificados y sellos falsificados que distraigan a los que buscan raíces judías en los árboles genealógicos y facilitar un plan de fuga a los que viven con el agua al cuello; significa editar pasquines en busca de la cooperación de los franceses de pura cepa que caminan sonámbulos a las órdenes de Alemania; expresa ese asco profundo ante los lerdos que se han dejado engatusar con un cargo de alcalde, intendente o jefe de planta. En definitiva, resistir no es más que conservar la vida, íntegra, y la coherencia; trabajar en todas direcciones para encontrar la manera (política, laboral o, sencillamente, humanista) de asegurarla frente a quienes intentan acabar con ella.

Malaquais se mueve por terreno escarpado con una mezcla de sensibilidad y aplomo. Por el bando enemigo, nos enseña su idiocia y su vulnerabilidad con ironía, a través de esa galería de personajes siniestros y pueriles que bañan su impotencia con mujeres rotas y ansias de poder. Pontillac, Futeau, Mathieu, … tontos o, peor aún, esclavos convencidos de que la débil alianza entre Vichy y Alemania no se resquebrajará. En cambio, la resistencia es un hervidero en movimiento, siempre alerta. Lo que parece una red sostenida por varios personajes y un trabajo como tapadera, una fábrica de dulces, no aguanta el ímpetu destructor del tiempo. A Malaquais, no obstante, no parece interesarle tanto el éxito de la empresa como el triunfo de la actitud: las tragaderas de sus personajes, la fuerza que sacan de sus flaquezas para, a pesar de todo, abrir camino. Esa tensión que se traduce en larguísimos diálogos y monólogos en los que el presente y el pretérito del socialismo se argumenta, discute, rebate y vuelve a argumentarse. Como si a los protagonistas, a Laverne o a Stepanov, les fuera la vida en ello. Como si seguir confiando en las palabras, con un espíritu inquebrantable, fuese el mejor golpe contra las fuerzas ocupantes.

Ironía, sí, pero también humanismo. Sin visado invierte su extenso trayecto en presentar los dramas, individuales y compartidos, de un amplio grupo de personajes a los que Malaquais debe respeto. Unos y otros se sacrifican sin tener del todo claro si sacarán algo de ese gesto. Lo hace un tal Smith mientras falsifica visados que permitan la salida a judíos señalados por las leyes raciales; lo hace el viejo Coronel estafando con las ventas de arte para frenar la sangría de gastos; lo hace Gervaise intimando con un jerifalte al que sonsacar información; lo hace Laverne al precio de renunciar al amor porque esos son sentimientos tan imprescindibles que cuesta mantenerlos a salvo en un entorno que tritura todo lo bueno. A todos ellos, a la mujer maltratada, a la secretaria con chepa, al héroe por convicción y al héroe por accidente, Malaquais les inyecta ternura y conciencia. Valor. Y también sentido, porque es precisamente esto último el bien material más preciado: la vergüenza, el pensamiento y la acción. La sensación de que no llegará el día en que desfilen las fuerzas aliadas y haya que bajar la cabeza, quemar guerreras y quepis y falsificar biografías.

Dice Norman Mailer en la presentación del libro que Malaquais pertenecía a esa estirpe de escritores a los que el ejercicio de escribir les resultaba una obligación, casi tortuosa, capaz de mantenerlos frente al papel durante horas en busca de un puñado de palabras. Cuando se leen las páginas tremendas que dan forma a Sin visado, se entiende que su autor dejase cada gota de sangre, sudor y humanidad en ellas. A veces de manera esforzada, otras locuaz, siempre auténtica. En un combate a puñetazos en el que el premio para el vencedor era conservar su moral y su identidad. Malaquais fue emigrante y aprendió el oficio de escribir por puro empeño. Esa voz rotunda de innegociable franqueza se observa en la fidelidad a unos ideales que, pese a todo, resistían. En personajes como el de ese científico polaco que rechaza el visado porque le necesitan en los campos o en la fuerza retórica que las palabras de Marc Laverne transmiten durante su apasionada huida de Breuil a París. Historia y vida, sin más, en tiempos donde la fascinación por el poder y el ejercicio del mal engatusaba a los débiles de mente, que no de voluntad. Historia a la que Malaquais rinde justicia en este relato sobre algunos hombres ejemplares que en la Francia ocupada se empeñaron en mantenerse fieles a sí mismos. A eso a lo que, en tiempos en los que no quedaba nada por triturar, merecía la pena agarrarse. Hasta el último aliento.

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