El buen soldado Švejk antes de la guerra, de Jaroslav Hašek (La fuga) Traducción de Montse Tututsaus. Ilustraciones de Karel Stroff | por Juan Jiménez García

Jaroslav Hašek | El buen soldado Švejk antes de la guerra

Švejk debería ser una lectura obligatoria en las escuelas, como un Quijote más. Debería ser una lectura obligatoria (en las escuelas o fuera de ellas) simplemente porque Hašek creó probablemente el personaje que mejor entendió la complejidad del mundo en que vivía. Bueno, no es que él entendiera mucho, sino simplemente que sus acciones eran ese disparadero necesario para que toda la hipocresía que le rodeaba (y nos rodea), toda la estupidez del mundo (que es tanta), quedara al descubierto. Švejk es el niño que ve desnudo al Emperador, pero que no le echará nada en cara. Simplemente mirará con sus ojos azules y le demostrará su pasión, aun sin ropa, para desesperación suya.

Anteriores en mucho a la obra magna de Jaroslav Hašek, El buen soldado Švejk (por otro lado incompleta), fueron los relatos que conforman El buen soldado Švejk antes de la guerra y que ahora edita La fuga. Incluye el que da nombre al libro, escrito en 1912, y El buen soldado Švejk en cautiverio, escrito en 1917. Dos obras muy diferentes en las que cada una aporta un aspecto que luego convergerá en la obra mayor.

En El buen soldado Švejk antes de la guerra nos encontramos por primera vez al personaje, y, sin embargo, ya está completamente definido: un pobre hombre, no muy espabilado, entregado completamente a la monarquía austriaca. Tan asombrosamente entregado que no se puede dejar de pensar que se está burlando del sistema, lo que le causa no pocos problemas. Para Švejk el mundo es sencillo y con tal sencillez contesta y se comporta. Él solo quiere entregarlo todo por su Emperador, pero en los tiempos que corren, con la guerra ya ahí, solo puede ser un loco o un peligroso revolucionario. Este primer libro es una sucesión de escenas, de fragmentos, en los que se celebra esa ceremonia de la confusión (aunque sería más exacto decir de la ingenuidad). Ilustrado (y esas ilustraciones están contenidas en esta edición) por Karel Stroff, fue sin duda Josef Lada, su posterior ilustrador, el que captó toda esa feliz inocencia de nuestro hombre (ver ilustración de portada).

El buen soldado Švejk en cautiverio es una obra más elaborada. Más consciente si se quiere (hay que tener en cuenta que la anterior es también una obra temprana de Hašek). Švejk ya no es solo ese personaje cómico en viñetas, sino que está insertado en un discurso mucho más amplio. Un retrato de su tiempo, en especial de los mecanismos del poder y del absurdo en el que se ahogaba la sociedad de su época, llevada por gobernantes incapaces que convertían en una porquería todo aquello que tocaban, desde gobernantes a oficiales. Ya no es solo Švejk él que se enfrenta a ellos con su simplicidad y su insistencia en que las cosas tienen que ser como tienen que ser. Es el propio escritor quien nos ofrece un tratado sobre aquella Europa, la guerra, sus razones y sus razonamientos, que es un prodigio de la ironía más certera, léase demoledora, con un humor corrosivo (y hay que leer un libro como este para entender la palabra “corrosivo” aplicada a un humor que llega hasta los huesos).

El buen soldado Švejk, como bien señala Albert Lladó en su prólogo, es ya patrimonio de la humanidad. El personaje creado por Jaroslav Hašek ha trascendido sus propias páginas para formar parte de un imaginario colectivo que ha tenido su traslación, fundamentalmente, en el humor inglés. Pero no solo eso, sino que es la piedra angular sobre la que se construye una cierta idea de la literatura checa, de la ironía praguense, aquella que practicaba alguien como Bohumil Hrabal, hombre de taberna como el propio Hašek. Švejk, hombre de la calle.

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