Amor y basura, de Ivan Klíma (Acantilado) Traducción de Judit Romeu Labayen | por Juan Jiménez García

Ivan Klíma | Amor y basura

Pienso en todas las derivas. Propias y ajenas. En el azar y en el destino, palabras que parecen encerrar una contradicción entre lo inesperado y lo inevitable. Ivan Klíma en el exilio. Ivan Klíma volviendo del exilio, porque a veces uno solo tiene un país, pese a ese país, y no puede estar en otra parte. Porque en ocasiones, otra parte es ninguna parte y no hay invernaderos donde puedan crecer las vidas de algunos hombres fuera de su espacio natural. O morir. El protagonista de Amor y basura se confunde con él mismo. No es un juego de equívocos, sino una especie de recorrido común en el que las cosas son como son, con independencia de cómo fueron. Destino, otra vez. Como tantos escritores y artistas, un día se despertaron libres y otro les pasaban por encima los tanques soviéticos (y de países amigos). El sueño de una primavera, que empezó en invierno y acabó un verano. El escritor, que había estado en un campo de concentración nazi, entendió que el mundo podía ser una continuidad de prisiones. Los oficios se sucedieron y los cajones fueron recibiendo sus libros. Es improbable que escriba una historia que no sea la mía, confiesa el protagonista del libro, también escritor, también él.

Las historias se entrelazan como una única narración: el escritor que decide trabajar de basurero como algo provisional; el padre que no acaba de conocer a sus hijos; el disidente que solo espera; el marido incapaz de romper unos vínculos que van más allá del amor; el amante incapaz de entregarse a ese amor más fuerte que la vida. Se entrelazan línea a línea hasta ser una sola cosa y es justo porque es un solo hombre atrapado en una confusión de sentimientos, entre lo que quiere hacer y lo que debe hacer, esa contradicción (de nuevo) que mueve el mundo. El basurero traza un relato de esa Checoslovaquia comunista poblada de fantasmas y personas atrapadas por el paso de los días. Sus compañeros, entre ellos ese muchacho enfermo que aspira a ser músico de jazz cuando todas sus energías se concentran en seguir vivo. Ese vagar por las calles, acabar en las tabernas, esperar el final del día. La relación con su mujer, agotada, esa mujer comprensible que no le comprende y que él cree entender. Esa traición perdonada pero vuelta a cometer. En uno de los momentos más conmovedores del libro, ella duerme, le da la espalda. Y él percibe la distancia que les separa, de montañas y ríos. Dice: años de deseos insatisfechos y de falsas esperanzas. También, en ese momento piensa en su amante, a la que dice haberse arrojado por debilidad, por deseo, por soledad, por un trastorno de los sentidos, por pasión, por vanidad, con la esperanza de olvidar por un momento que soy mortal. Ese momento en el que todo en su cabeza, en ese lío de de ideas, de cobardes motivos, de escusas, acaba por encontrarse. Y ni tan siquiera son trenes chocando, sino más bien barquitos de papel hundiéndose en un mar de dudas.

Si para el escritor la literatura es la esperanza, vivir es la desesperación (o al menos el desencanto). Cómo se podía ser escritor en aquella Checoslovaquia sin tener esperanza. Cómo se puede ser escritor sin tener esperanza, aunque uno niegue esa esperanza una y otra vez, y a sí mismo y a los demás. Cómo no pensar en la libertad aun rodeado de muros invisibles o bien palpables. En la escritura de Ivan Klíma las preguntas están en todas partes, formuladas o no, y rara vez una respuesta que pueda dar por definitivo algo siempre cambiante. Su protagonista, tal vez él, cruzan el mundo buscando un silencio que no encuentran, un equilibrio entre el vértigo de los días que van desapareciendo. Dudar, dudar siempre. Hasta el naufragio. Entre todo esto, entre todo aquello, están esos hilos que buscan la luz, una iluminación íntima. Amor y basura es de una belleza extraordinaria. La voz interior, las voces de dentro, de un hombre embargado por una terrible inquietud que la traducción Judit Romeu Labayen nos entrega intacta en su fragilidad. Un libro que se ha quedado al margen incluso de su propio tiempo, porque el escritor también quedó ahí, en una zona de nadie, propia. Una escritura que huye de ese lenguaje reducido a un puñado de palabras repetidas hasta el agotamiento para convertirse en una lluvia fina, constante, que nos deja empapados, calados hasta los huesos. Dice Ivan Klíma que quién quiere ser escritor, aunque solo sea durante unos segundos, tiene que haber experimentando la caída. Quién no lo entienda, solo necesita atravesar las páginas de este libro o, mejor, dejarse llevar por su corriente.

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