La posada de Manhuiol, de Ion Luca Caragiale (Traspiés) Traducción de Elena Borrás y Enrique Nogueras | por Juan Jiménez García

Ion Luca Caragiale | La posada de Manhuiol

Ion Luca Caragiale está considerado como uno de los escritores más importantes de la literatura rumana. Eso así, sin más, no sirve para mucho, y este La posada de Manhuiol es su primer libro (no teatral) traducido en nuestro país, de la mano de Traspies. Nacido en 1852, sus sesenta años de vida (y los tiempos que le tocaron vivir, tan pródigos en movimientos que afirmaban o negaban distintas escrituras) le dieron para mucho, para estar en todos los lados, pero, fundamentalmente, para escribir una obra que descansaba sobre un cierto humor. Eso sí, en la Academia entró una vez muerto (sería una última ironía). Más conocido como dramaturgo, no dejó de de prodigarse en la prosa e incluso en la poesía, y La posada de Manhuiol es precisamente una recopilación de una docena de relatos.

Unos relatos que nunca abandonan ese humor, aunque tampoco dejan de jugar con otros géneros, como el fantástico. Por ejemplo en el que da título al libro, un relato de extravíos circulares a caballo de un oficial por culpa de una posadera de mala fama por sus artes mágicas, cuyo único objetivo es que este comparta su noche con ella. O en El cirio de Pascua, uno de los más extensos de la antología, verdadera obra de terror íntimo y personal que juega con lo fantástico aunque no sea tal. El miedo es capaz de provocar las imágenes más febriles aun sin salir de la propia realidad de su protagonista.

La mala leche de un relato como Búbico, en el que un perrito del mismo nombre no deja de hacerse ver (y escuchar) para importunar a todo el que se cruza en el camino de su ama, nos abre otra línea en su escritura. La drástica solución del compañero de vagón nos muestra un Caragiale más divertido, no exento de una cierta crueldad. Como en Historia de un contrabando, un relato juguetón (como la mayoría, por otra parte), en el que un hombre no dudará en meter en un considerable aprieto a su (también) compañera de viaje para, simplemente, aprovecharse él mismo de la situación. De una simple anécdota, el escritor rumano sabrá entregarnos algo así como un breve pero bien definido esbozo de la naturaleza humana. Y eso será algo que también encontraremos en relatos como ¡El fuebloo!, una revolución minúscula, circunscrita a un pueblecito, dará lugar a un jocosa narración en primera persona sobre la levedad de los sueños (y más los políticos), perdida en gustos etílicos y somnolientos, y como es más fácil fracasar que triunfar, claro.

La cadena de debilidades, un relato sobre una carta de en la que se pide un favor para aprobar a un alumno, será un ejemplo brillante del humor de Caragiale, una ironía sutil, festiva, de un marco social lleno de los vicios del sistema, que, todo sea dicho, persisten en nuestro días. Nada nos es ajeno. Todo ello tomará cuerpo, más concreto y extenso, en Kir Ianuela, la historia de un diablillo enviado a la tierra para confundirse con los hombres e investigar para el diablo jefe cómo la mujer puede ser la causa de perdición tan frecuente de muchos de sus clientes. Nada más cierto. Tras una alocada lucha con el género femenino, el diablillo se ganará unos siglos de descanso (o recuperación).

Entre todos estos momentos de gran, alta ironía, también habrá lugar pequeños divertimientos como High-life, juego de equívocos con algo de vodevil para escenario pequeño, Ion o Qué calor, una obrita de teatro a costa de una confusión persistente y surrealista. Y también para lo terrible. Sin duda (paradójicamente) el relato más conseguido es Inspección. La llegada de un inspector para vigilar las cuentas de las administraciones públicas del lugar, tras encontrarse un desfalco, provoca en el señor Anghelache, cajero, una rotunda reacción, compartida con sus noctámbulos compañeros. Anghelache es seguramente el más irreprochable de los funcionarios, luego es difícil entender lo que le ocurre, toda esa inquietud. Caragiale nos ofrecerá, a través de una vana persecución (de la persona, de sus motivos) un relato desasosegante, lleno de tintes absurdos cuando este aún no existía, anticipándose alguna que otra década.

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