Paletos salvajes. Crónicas de la mafia II, de Íñigo Domínguez (Libros del K.O.) | por Juan Jiménez García

Íñigo Domínguez | Paletos salvajes

Cuando terminé mi crónica sobre la primera entrega de Crónicas de la mafia, lo hice hablando de la última entrega de la saga japonesa de películas Zatoichi, de Shintaro Katsu. En ella, Zatoichi, espadachín ciego, había acabado con todos los yakuzas del pueblo y se marchaba. Y mientras él abandonaba el pueblo por un camino, por otro veíamos entrar nuevos yakuzas. Por si teníamos alguna duda, Paletos salvajes. Crónicas de la mafia II, es un poco aquello. Nada se acaba, todo continua. Tal vez porque nunca se ha ido o porque forma parte de algo más profundo. Íñigo Domínguez vuelve a escribir sobre las mafias italianas. Si en aquel primer libro hablaba fundamentalmente de la Cosa Nostra siciliana, ahora nos pone al día de esta y añade a la Camorra napolitana, a la ‘Ndrangheta calabresa y a Roma criminal. Todo para ofrecer otro relato de Italia, con resonancias que nos son cercanas. Tan cercanas. Porque si escribió ya sobre todo aquello, también lo hizo sobre la mafia española. Porque qué otra cosa podría ser Mediterráneo en descapotable, sobre la corrupción en nuestro país, más que la demostración de que tenemos algo bien parecido y que ni tan siquiera han necesitado la violencia para imponerlo…

Paletos salvajes, como decía, es una puesta al día de las cosas mafiosas en Italia. Lo interesante de la obra de Íñigo Domínguez es su capacidad para trazar un retrato que va más allá de la mera historia de la delincuencia, de las peleas entre clanes, sus protagonistas o sus aventuras. Traza el retrato sociológico de un cuerpo enfermo, Italia, de la connivencia de la delincuencia con la corrupción, y de como el propio carácter de los italianos puede llegar a alimentar ese cuerpo enfermo (como el de los españoles alimenta nuestras enfermedades). Que Giulio Andreotti dominara la política italiana durante medio siglo siendo una pieza fundamental en el engranaje de mafia, políticos corruptos, masonería, ultraderecha y servicios secretos desviados, y que le sucediera Silvio Berlusconi, cuando cayó la Democracia Cristiana, no es ya ni tan siquiera algo asombroso sino como dos estatuas en el centro del pueblo que recuerdan porque nunca acabará nada, porque siempre seguirá todo igual. Y ni tan siquiera es pesimismo.

Con buena parte de la vieja mafia en la cárcel, con los misterios italianos siempre presentes, con esos juicios interminables, con sentencias provisionales, el panorama sigue sin haber cambiado mucho desde el libro anterior. La vida sigue y la muerte también. Seguramente Italia hace años que perdió su capacidad de asombrarse y las cosas, cuando finalmente salen a la luz, hace ya demasiado que se intuían, dan igual. Ya no hablamos de cuando logran que alguien acabe en la cárcel. Nos quedan las historias de los viejos capos, recientemente muertos, como Riina o Provenzano, que se llevaron con ellos muchas respuestas y todo un mundo antiguo de violencia convertida en forma de razonamiento (los Corleoneses), y nos dejan otras maneras que entroncan como aquellas, de formas diversas. Si el cine creó una especie de mito a través de aquellos, ahora son los otros los que imitan al cine y a esa imagen que se espera de ellos. Pero entre toda esa frivolidad no dejan de esconderse unas organizaciones criminales que poco tienen de asunto particular y si de problema global. Hasta qué punto su conversión en series de televisión para consumo masivo va a banalizar (aún más) el mal, es difícil decirlo, pero menos intuirlo. Entre todo, la vida sigue y la lucha también. Algunos hombre buenos, que diríamos. Y todos aquellos que sufren esa violencia y esa degradación (porque las organizaciones mafiosas pueden ser más o menos invisibles, pero el resultado de sus acciones, no).

Nos gustaría pensar que los tiempos cambian, que algo habrá ido a mejor, que todo será diferente, pero solo cambian las formas. El viejo cambiar todo para que todo siga igual. En Italia saben mucho de esto. Y en qué lugar no. A las mafias, lejos de irles peor, les va mejor que nunca, seguramente porque su manera de entender los negocios está logrando una estupenda conversión con el mundo «legal». Mientras tanto nuestras vidas siguen esperando una nueva temporada, nuevos episodios. Mirando los caminos por los que se irán unos y entrarán otros. Y esperando que periodistas como Íñigo Domínguez al menos nos permitan colocar, por un instante, las cosas en su sitio y la vergüenza por todos lados.