Crónicas de la Mafia, de Íñigo Domínguez (Libros del K.O.) | por Juan Jiménez García

Crónicas de la Mafia | Íñigo Domínguez

Contar la historia moderna de Italia (digamos del final de la Segunda Guerra Mundial aquí) es imposible sin el concurso de la Mafia. Sería incomprensible. Algo significativo: si la Primera República estuvo marcada por Giulio Andreotti, su hombre en la política, la Segunda lo ha estado por Silvio Berlusconi, quien fue, seguramente, aquel por quien apostaron tras las desafecciones y el hundimiento de la Democracia Cristiana y los partidos tradicionales. Hablar de Crónicas de la Mafia es hablar, pues, de la historia de un país tan próximo que todo lo que suena allí tiene un extraño e inquietante eco aquí.

Ese es, buscado o no, el primer logro del libro de Íñigo Domínguez: conforme avanzamos en sus historias, en todo ese mundo de complicidades y líos inauditos sin final, algo en ello nos es conocido. Conforme se nos llenan los ojos de mafiosos, sangre, dinero, políticos corruptos, banqueros podridos, tibias complicidades, héroes anónimos, sombras de servicios secretos, jueces abandonados o perseguidos por el mismo Estado al que sirven, etcétera, etcétera. Si acaso, en este país hemos perfeccionado el método: estamos llegando al mismo nivel de corrupción sin necesidad de ser corrompidos por los oscuros tentáculos de una organización delictiva. Es decir, aspiramos a ser una Italia sin mafia. Con nuestras especificidades, pero…

La historia de la Mafia, después de todo, es la historia del saqueo a un país. Se habla en estas páginas del saqueo de Palermo, por el que la ciudad fue destruida para levantar una mucho más horrenda, edificada a precios increíbles, en la más pura complicidad política (recordemos Las manos sobre la ciudad, de Francesco Rosi), pero en realidad esto fue solo una prueba para entender que el modelo era aplicable a todo y a todos. A partir de ese momento nada les sería ajeno, mientras los intentos de acabar con el crimen organizado se topaban una y otra vez con el propio estado, la corrupción e incluso los tribunales de justicia. Después de todo, si nos queda un regusto amargo, muy amargo, tras la lectura de estas páginas es por el sentimiento que nos invade de permanente derrota, la sensación de que nunca pasará nada aunque siempre parezca que se está llegando a algo, y que el problema va más allá de las personas y del tiempo, que tiene más que ver con el ser humano. Es decir, la misma sensación que nos produce leer el periódico estos días.

Decía Fellini que nada se sabía, que todo se imaginaba. Y sí, hay algo de eso también aplicado a este mundo que nos rodea. Esa sensación de que no conocemos nada, entre breves señales, destellos de todo lo que de oscuro nos rodea. Frente a eso, siempre quedará la ingenuidad de gente como Falcone o Borsellino, que se sabían muertos, a los que seguramente mataron aquellos para los que trabajaban. Las páginas dedicadas a ellos son las más terribles, aquellas en las que más claramente sentimos la derrota del hombre de la calle frente a la historia, esa cosa que siempre nos pasa por encima o que nos deja a un lado, en la cuneta.

Podemos pensar que tras aquellos años de plomo, llenos de muerte, de confusión, de traiciones y turbiedades, tras su caída por el extremo nivel de degeneración al que había llegado la Primera República, todo iba a cambiar. Pero no, ahí es donde Íñigo Domínguez nos sumerge en la parte triste del libro: la vida y milagros de Silvio Berlusconi. Página a página vemos cómo surgió desde la nada, con un dinero nunca explicado, cómo la mafia estaba por todos lados, incluso en el jardín de su casa, y cómo sus triunfos políticos conllevaban misteriosas concesiones, mientras su número dos aparecía una y otra vez implicado en todos los escándalos que implicaban a esta (y aún sigue el interminable proceso para juzgadlo). Nada de lo cual le impedía ganar elecciones. Nada de lo cual le impide seguir ahí, ante nuestra impotencia, la de aquellos que aún creemos de algún modo en alguna clase de justicia. Y mientras la Segunda República se hunde a su vez.

Crónicas de la Mafia es un magnífico retrato de nuestra época, un tiempo que parece haberse vuelto circular, triste, gris y chapucero, desde hace décadas. Lo mismos héroes derrotados, los mismos villanos invencibles, reemplazables y reemplazados, los mismos viejos males frente a lo que solo nos queda, parece, asistir resignados, entre perplejos e impotentes. Alberto Savinio decía que “el hombre piensa mal porque piensa circularmente”. Y podríamos añadir: vive mal porque vive circularmente. La historia da vueltas en círculo y nosotros con ella, incapaces de escapar a esa figura geométrica.

Este libro debe ser leído como una novela negra, llena de víctimas y en la que los buenos nunca ganan, aun cuando parecen hacerlo. Quizás la película que mejor nos explicó y explicó esa Italia fue Excelentísimos cadáveres, de Francesco Rosi, en la que, como cualquier obra de Sciascia, la verdad siempre se escapaba, inaprensible. Aquí, como allí, siempre había una fuerza que nos arrollaba, sordamente, quedamente.

A esta crónicas, Íñigo Domínguez añade una completa aproximación al cine sobre la Mafia, en especial la Cosa Nostra siciliana y su derivación norteamericana (que son en las que se detiene el libro en su integridad). Esta aproximación se convierte en una historia de Mafia vista por las personas y los gobiernos, y como el cine tomaba conciencia (cuando le dejaban) de un fenómeno que algunos incluso negaban hasta hace bien poco. Así, este recorrido película a película tiene algo de reflejo de todo lo contado anteriormente, ya no porque los protagonistas son los mismos, sino porque las dificultades y los tabús a los que se enfrentaba el cine eran las mismas.

Quizás Íñigo Domínguez no conozca la saga japonesa Zatoichi, que protagonizada por Shintaro Katsu logró llegar a las veintiséis películas. En ellas, Zatoichi, un personaje ciego, solitario y armado, recorre Japón de un extremo a otro enfrentándose a las injusticias del mundo, generalmente representadas por yakuzas locales entregados a explotar a la población. La yakuza, mafia japonesa. En la última entrega, tras haber liquidado a todos los delincuentes de un modo expeditivo, Zatoichi, como hace final tras final, abandona el pueblo, alejándose por el camino. Pero  entonces, la cámara nos traslada al otro extremo, y vemos cómo otra banda, alegremente, está entrando para ocupar el lugar de aquella. Una brillante escena que resume todo este libro, ahora estupendamente editado por Libros de K.O.

Decía Wisława Szymborska: “Es una gran suerte no saber con exactitud en qué mundo vivimos.” Pero nos gustaría pensar que solo el conocimiento nos hará libres.

 

 

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