Pasión silenciosa, de Inés Martínez García (Liberoamérica) | por Óscar Brox

Inés Martínez García | Pasión silenciosa

Dar nombre a las cosas. Conocerse a uno mismo. Bucear en lo íntimo, en lo propio, mientras se perfilan esas formas mediante las que nos relacionamos con lo otro; con lo que permanece fuera, en el exterior, ya sea la naturaleza o el deseo de otro cuerpo. De otra voz. En este primer libro, Inés Martínez aborda las líneas anteriores con esa mezcla de calidez y misterio con la que la cuestión de la identidad se hace poesía. O, dicho de otra manera, con la que la poesía desvela su búsqueda de una voz interior. Calidez, pasión. Ese primer momento en el que la autora nos acerca los sentimientos más frágiles a través de la naturaleza: del grito de los árboles, el jadeo del suelo verde, el canto de los pájaros y el océano, las caricias del mar o el rugido de la noche. Nos movemos, casi, por impresiones. Por eso que queda, que permanece antes de que se desvanezca para siempre, pegado a las cosas, a los lugares, a los demás. La vida interior, con su iluminación íntima, desperdigada en el exterior. Los rasgos, los atributos, de una existencia emocional convertidos en imágenes que no dejan de apelar a nuestra naturaleza humana. A ese temblor que no tiene nombre, a esas palabras que se quedan en la punta de la lengua.

Calidez, cercanía. Poesía escrita en la piel. En la boca del estómago y en la punta de los dedos. Poesía como indicio –algo en mi interior late, dirá en El nacimiento– y como constatación de una continuación. Eso que no queda, que se ha perdido, eso que se desconoce, que se escribe con mala letra o se lee con la voz quebrada, se transforma en la posibilidad de una continuación. En la exigencia de arrojar un poco de luz en nuestro interior y encontrar ese hilo desde el cual retomar el contacto con nuestra existencia emocional. Con cada latido un nuevo nombre.

Inés Martínez convoca a Chantal Maillard y a Alejandra Pizarnik, a Anne Sexton y a esa Emily Dickinson que está en el nombre (Pasión silenciosa) y en las imágenes. También aquí la autora parece ser uno de esos pájaros que se quedan, a los que Dickinson cantaba en El viento comenzó a mecer la hierba. Sin embargo, se trata, más que de citas, de bocanadas de aire, de un gesto estético que su autora quiere prolongar en cada verso. Así, del exterior pasamos al retrato interior, y de aquí a la frontera con el territorio del sueño. A la evocación, el deseo y el trance por volver a poseer un corazón. Unos sentimientos escurridizos (soy un corazón desposeído, solo quedan mis huesos y una cama vacía).

Es esta tercera parte un ejercicio de reconocimiento. En ella, la autora combina ese gusto por unas imágenes arrancadas de la naturaleza, de lo sensorial, con unas sensaciones que se amontonan en los versos. Que empujan, que señalan y conducen, que hablan de penas y heridas, de la existencia y de la necesidad de liberar ese lastre contraído. ¿Cómo? Con las palabras, con esa especie de conjuro a través del cual nos acercan los motivos del corazón, nos descubren esas partes de nuestra intimidad que permanecen resguardadas y que, de alguna manera, iluminan esa voz, ese Yo, firme en su individualidad, reconocible en sus rasgos propios. Emancipado. Así, una imagen se pliega tras otra, Martínez cambia el paso y olvida lo grande para quedarse con lo pequeño, con eso tan insignificante que, sin embargo, es parte fundamental de cada uno. No quiero la eternidad, como dice en El cuerpo padece, se retuerce, rumia. Quiere lo pequeño.

Al ser la última parte la más abiertamente onírica, la poesía nunca deja de convocar imágenes, momentos, sensaciones, que sitúan al lector en un entorno más visual y sensible. En un relato, prácticamente, más que un poema. Un relato construido detrás de ese mundo en descomposición, justo cuando comenzamos a atisbar el renacer de esa voz, de esa identidad, de ese Yo libre de cualquier atadura. Mientras, como dice su autora, los latidos deshacen las raíces y encontramos nuevas palabras para explorar el vasto contenido de nuestro interior. El mapa del sentimiento humano.

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