Historias de fantasmas, por Óscar Brox

Humor fantasmal, de varios autores (La fuga) Traducción de Manuel Manzano | por Óscar Brox

Humor fantasmal

La figura del fantasma ha estado tan presente en la literatura como la vela y el candelabro que arrojan una pizca de luz sobre el pasillo oscuro y la cortina de terciopelo con encajes que engalana la habitación. Son, todos ellos, patrimonio de un mismo género, rasgos de un estilo propio y atributos de un clima, gótico o victoriano, que escrutaba de puertas adentro los entresijos de la condición humana. La fuga, sin embargo, ha rebuscado en el acervo cultural de los relatos de fantasmas con la intención de traer al lector la otra cara de aquellos: la viñeta humorística, la parodia o la hilaridad a costa de los moralismos y complejos de las rígidas convenciones sociales decimonónicas. La risa, acaso sobrenatural, a costa del patetismo (y el paletismo) de esos antepasados de los que tan poco nos diferenciamos. Pequeños o grandes burgueses, borrachines o atildados, vanidosos u holgazanes, que hallan en la figura del fantasma su perfecto contrapunto; ese espejo en el que mirarse, para reconocerse, quizá trastornados por la mediocridad de sus propósitos.

El fantasma, el espectro o la aparición tienen en la comedia, en la farsa o en el enredo, un aliado para mover con soltura sus pesadas cadenas o los vuelos de sus sábanas blancas. No en vano, es el equívoco -la alucinación pasajera, la confusión de los sentidos- el que fomenta sus apariciones fulgurantes. Esa sensación de estar en fuera de juego, a merced de cualquier otra fuerza, que coquetea con nuestros sentidos (el común y los otros cinco) hasta derrotarlos por KO. En esta antología de relatos preparados por Manuel Manzano no son pocos los autores que confían la eficacia de su historia al nublado juicio de sus protagonistas. A la ilusión, cuando no al ferviente deseo, de haber sido visitados por una aparición. Quizá porque un fantasma es algo chic, un toque de distinción para trazar las líneas que demarcan la pertenencia a una determinada clase social. O quizá porque a una vieja mansión sin espectro le falta algo para poder llamarse así; para continuar el legado de años.

Como en toda antología, cada uno de los autores reunidos se acerca al fantasma desde coordenadas bien diferenciadas. En el caso de Jerome K. Jerome, como elefante en cacharrería, a la manera de una peculiar introducción al género que es, en realidad, la acidísima visión de las costumbres e imposturas sociales de su tiempo. En el caso de Saki (junto a Kipling, las dos joyas de la colección), con una miniatura en torno al duelo y el retorno de los muertos que fía toda su efectividad a esa mezcla entre lo sobrenatural y lo real, superando la barrera del terror para dibujar un pequeño retrato familiar en el que los vivos y los muertos conviven a pesar de todo. Poe se abandona a la humorada para narrar, en esa hora muerta de manta, jerez y chimenea, el sueño etílico de un hombre y un diablillo (el ángel de lo singular) que se las hace pasar canutas mientras derriba, una tras otra, sus férreas convicciones. Edward Frederic Benson centra su historia en la moda de las sesiones espiritistas y sus fraudulentos resultados para poner en escena las penas de un recién fallecido que, desde el otro lado, observa el juego de apariencias y cicatería de la sociedad a la que hasta hace nada perteneció.

Mientras Sheridan Le Fanu esboza un cuerpo a cuerpo entre el diablo, más cojuelo que nunca, y un modesto ensalmador que se ve obligado a reparar su maltrecha pierna, Francis Bret Harte organiza una charada con la clase noble venida a menos como telón de fondo y todos los fantasmas que almacenan en las estancias como flamante compañía. Conan Doyle recurre, también, a la borrachera delirante para narrar el capricho de un personaje para el que una mansión no es nada sin un fantasma. Y Twain se fija en la farsa y la leyenda del Gigante de Cardiff para urdir su miniatura fantasmal de terrores nocturnos a los pies de la cama.

Humor fantasmal es, pues, un agradable repaso a las mascaradas, conveniencias e impertinencias sociales de un siglo que abordó con filo su larga lista de imposturas. Pequeños tratados moralistas sobre el comportamiento humano, los egos inflamados y las tiranteces entre clases sociales. Historias en las que sus autores plasmaron, cada uno con sus maneras, ese dulce sentimiento de terror que nos desarma por completo; que desnuda las altas y bajas pasiones y pone al descubierto la materia de la que estamos hechos. Con gracia y perspicacia, con ironía y un ácido sentido del humor. Como un fantasma que entra en casa ajena para atormentar a sus inquilinos, sacarles de quicio y revelar así de qué pie cojean.

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Détour

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