Musketaquid, de Henry David Thoreau (Errata naturae) Traducción de Miguel Ros González | por Juan Jiménez García

Musketaquid | Henry David Thoreau

Antes de recluirse en una cabaña en medio del bosque, para que de aquella experiencia saliera su obra más conocida, Walden, Henry David Thoreau tuvo tiempo de viajar. Podemos decir que sin viaje difícilmente podría haber recogimiento, porque el viaje, como uno bien sabe o intuye, tiene algo que nos remite al origen de todo pensamiento, y seguramente fue de montaña en montaña, de río en río, como se construyó su visión de la existencia. Lo importante no es de dónde a dónde vamos, sino aquello que está entre, en medio, durante ese recorrido. Eso es también la vida, cierto, y claro, este Musketaquid que ahora edita Errata naturae y que, como su título original indica, es una semana en los ríos Concord y Merrimack.

Musketaquid es el nombre que Thoreau y su hermano John dieron a la embarcación con la que ambos recorrerían, ida y vuelta, aquellos dos ríos. John será una presencia abstracta, que intuimos pero de la que no acabamos de tener ninguna certeza, y el escritor se dedicará a escribir el primero de sus grandes libros, que contiene seguramente el germen de todo su pensamiento y obra por venir, entre lo humano y lo divino, siempre bajo el signo de la naturaleza.

Esa naturaleza será la que atravesarán los dos hermanos en su viaje, una naturaleza que para Thoureau es lo mismo que la existencia. No hay nada más inmenso que ella, nada que la supere. No es que haya que renunciar a todo lo demás, pero… «Un día pasado en compañía de aquellos sabios griegos, como los descritos en el Banquete de Jenofonte, no podría compararse con la mordacidad de las vides de arándanos en descomposición y la fresca sal ática del musgo.» Siendo conscientes de aquello que tiene de insuperable, el arte podrá alcanzar las cotas más altas, aun sin llegar a igualarla. Y entre todo el arte, la poesía, que irá punteando a menudo, ya sea en sus propios versos o no, las páginas de este libro-viaje.

Así, en el curso de los días, la naturaleza se entrecruzará con el pensamiento como una sola cosa. A las descripciones exaltadas de todo lo que le rodea, vegetal, animal o humano, a su conocimiento profundo de aquello, nuestro hombre hilará sus ideas, sus reflexiones, igual de profundas, igual de apasionadas. La religión, la escritura, el estado, la amistad, van atravesando las páginas y el río.

Dios no ha creado a los hombres a su imagen y semejanza: son los hombres los que lo han creado a él según su necesidad. El verdadero interés de las religiones no está en esas escrituras que con mayor o menor imaginación recogen su pensamiento, sino en la construcción de mitos que nos ayudan a entender aquello que nos rodea y explicarnos nuestras muchas preguntas. Mucho más interesado por oriente que por occidente, Thoreau le dedica su espacio al hinduismo. Paradójicamente, frente a su recorrido por estas religiones, deja a un lado las creencias de los indios americanos, por mucho que se nos antojen (intuición) próximas a su visión del mundo (y del espíritu). Los indios quedan así relegados a las historias de las guerras indias, de los desencuentros de lo hombre blanco con aquellos, todo aquello que va desde la anécdota a la historia, en aquellos lugares que habitaron y en los que aún se puede sentir su presencia.

«Hacen falta dos personas para expresar la verdad –una que hable, otra que escuche». Seguramente esta frase resume perfectamente la idea del escritor de su escritura. La búsqueda de la verdad (y hay que estar ciertamente dotado para ello… más que para la palabra, para asumir nuestro papel), en un diálogo con otros hombres, a los que podemos llamar lectores. Y la búsqueda de esa verdad también a través del viaje, que como decíamos tiene siempre algo de iniciático con respecto al conocimiento. Dice: «El viajero tiene que renacer en el camino, y ganarse el pasaporte de los elementos, que son los principales poderes que existen para él.»

Thoreau irá naciendo en estas páginas al mundo: la Amistad (con mayúscula), lo que nos rodea, el trabajo, lo justo (aparecerá brevemente el episodio que luego dará origen a Desobediencia civil, al negarse a pagar unos impuestos que sufragan guerras y esclavitud), el arte, el espíritu, la vida. Lanzarse a los caminos, a los bosques, al espacio. Leyéndolo se nos antoja como una necesidad, aquí, trescientos años después. Aquí, en nuestras ciudades, atravesadas por ríos de asfalto y riberas de piedras grises surcadas por el rojo de los carriles bici. Ya no quedan estrellas ni planetas, tan solo el intercambio luminoso de colores de los semáforos, únicos árboles y ramas que veremos junto a esas tristes luciérnagas metálicas de las farolas. No nos cruzaremos con ningún barco, ningún marinero, solo vehículos con gente atrapada en ellos. Los indios hace tiempo que dejaron de habitar estas tierras y ahora quedamos tan solo nosotros, últimos habitantes del universo. ¿Qué hubiera sido de Thoreau en este mundo? ¿Qué hubiera pensado de nosotros y de las esperanzas que depositaba en nosotros? Nosotros, que necesitamos que nos pongan etiquetas en las cosas para saber que son reales, ecológicas dicen. Triste porvenir. El nuestro. De Thoreau al menos quedaron sus libros, sus sueños.

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