Harry Crews. Locos, culebras y majorettes, por Óscar Brox

Festín de serpientes, de Harry Crews (Dirty Works) Traducción de Javier Lucini | por Óscar Brox

Harry Crews | Festín de serpientes

La última vez que dejamos a Harry Crews, nos contaba la historia del mayor espectáculo del mundo, el de un tipo empeñado en merendarse un coche pedazo a pedazo. Aquello, más que de Ballard y su tecnoerotismo, era una desmelanada reflexión en torno al lodazal en el que ciertas clases sociales de América se ahogan sin que nadie les pueda echar una mano. En Festín de serpientes volvemos a un territorio familiar (también, para quien haya leído Salvación en Sand Mountain), pero acaso con más mala baba. Empecemos por lo obvio: su protagonista, Joe Lon, es un fracasado. Antiguo jugador de Fútbol americano juvenil reconvertido en empresario de poca monta; de los que venden alcohol y cualquier brebaje destilado por los negros mientras se pudren en un matrimonio fallido y una vida atroz. Así que todo el tiempo que sus negocios le dejan le sirve a Joe Lon para machacar su memoria a base de recordar a Berenice, majorette majareta que colmó todo su deseo sexual adolescente, y la vida que no pudo tener. Porque la que tiene, en definitiva, solo le remite al entorno de la basura blanca, más o menos aplastado en los márgenes del país.

Más allá de Joe Lon, Crews divisa una galería de personajes inolvidables: una hermana ida, capaz de acicalarse con su propia mierda mientras se mece al ritmo de la estática del televisor; un padre que solo vive para adiestrar a sus perros de presa para las peleas; otros jugadores de fútbol americano tan estropeados como él, borrachos y sátiros, que se pasan el día perdiendo el tiempo o chuleándose en el press de banca; una esposa con la boca hecha polvo que solo sabe responder sí, cielo aunque su mundo interior sea un abismo de rencor y vergüenza; un Sheriff empeñado en enseñarle la serpiente de su bragueta a una negra zumbada y, por supuesta, esta misma, empeñada en que en algún momento tendrá que cortarle la maldita serpiente. Si a eso le sumamos todos los litros de alcohol que surcan las páginas, el ambiente pegajoso que parece apelmazarlas, el sexo desbocado y enloquecido y alusiones absolutamente degradantes y de mal gusto hacia Dachau o Treblinka, definitivamente nos encontramos en el territorio de Harry Crews.

Festín de serpientes podría ser un noir, con sus muertos y sus sospechosos, con la celebración de un Festival y el reencuentro entre viejos conocidos que despierta las altas y, también, las bajas pasiones. Sin embargo, Crews se dedica a deshilachar cada una de esas posibilidades para, por el contrario, dejarnos a merced de sus personajes, sintiéndonos un poco como ese pobre cubano al que torturan en su Porsche hasta provocar que se cague encima. Entre risas y espasmos, entre una borrachera inacabable y esa sensación de infinita tristeza que atraviesa a toda velocidad las páginas de la novela. Cada vez que nos percatamos del fracaso crónico que envuelve a Joe Lon, de su mezquindad y de su idiotez. Corroído por los recuerdos de una juventud malgastada y la realidad de un mundo adulto y familiar que es un auténtico circo. Su circo.

El humor de Crews es tan vitriólico que no deja títere con cabeza. Ahí está el nuevo novio de Berenice, tonto representante de las élites universitarias, o esa Susan Gender (el apellido se las trae) compitiendo con Hard Candy (aquí, más bien, es el apodo) por ver quién mueve mejor los bastones de Majorette. Crews es procaz, sucio e incorrecto. No tiene inconveniente para bajar el listón moral hasta el sótano y dejar que la violencia de sus criaturas invada la novela como elefante en cacharrería. Es la única forma, tal vez, de percibir ese fracaso que las define. Ese rencor. El mismo que, por ejemplo, dibuja a todos los personajes negros de la novela, subordinadas al papel de imbéciles aunque sus planes siempre pasen por el asesinato o, como en el caso de Lottie Mae, la venganza. Porque no queda otra. La locura, quizá, pero eso ya viene de serie.

A Crews habría que reconocerle su habilidad para pergeñar un subgénero, una especie de picaresca del pantano, mediante el cuál retratar en todo su esplendor y vergüenza los vicios y las costumbres de sus paisanos. Por mucho que, en verdad, apenas maquillase un poco la realidad. Quizá añadiendo un trago más de Moonshine a los personajes o un beso de tornillo a una de las múltiples serpientes que coleccionan sus protagonistas. La cuestión es que Festín de serpientes es una novela alocada y febril, donde sus demenciales criaturas tratan de sacudirse el fracaso de sus vidas hasta percatarse de que, en definitiva, no hay nada más allá de eso. La violencia, la locura y la destrucción. Esa catarsis, a medio camino entre lo terrible y lo grotesco, con la que Crews consigue que todo salte por los aires.